Etelberto Cruz Loeza.
El domingo pasado en la ciudad de México y en cerca de cincuenta o más ciudades del país y en algunas del extranjero, entre ellas Washington, se realizaron manifestaciones en defensa del Instituto Nacional Electoral – INE – y del voto.
Esta manifestación ciudadana como la anterior de noviembre incomodó a protagonistas políticos en el poder ejecutivo y en algunos estados de la República; como es natural en el titular del Ejecutivo Federal, lanzó sus calificativos y señalamientos, que, aparte de polarizar, y los usuales – conservadores, fifís – calificó como una manifestación contra él y su administración, su gobierno.
Haya sucedido lo que haya sucedido y haya sido la cantidad que haya sido, en la ciudad de México y en todo el país, están algunas cosas que son irrefutables.
Entre ellas que la sociedad, por segunda ocasión – o tercera, si se cuenta la toma de las calles por los que marcharon el Día de la Mujer, – repito, que otra ocasión más, organismos de la sociedad civil le ganó la calle a Andrés Manuel López Obrador y, además, lo hizo sin acarreados – sin torta, sin cash y sin refresco – y sin violencia. Y esto no es fácil.
Otra, la definición del destino del llamado Plan B – la transformación=disminución y amontonamiento de responsabilidades y disminución de su presupuesto del Instituto Nacional Electoral – está en la cancha de nuestra Suprema Corte de Justicia y debe dar sus resolutivos antes de que inicie el año electoral 2024.
(Si nuestra Suprema Corte de Justicia otorga resolutivos y legaliza el paquete de las leyes electorales que conforman el dichoso Plan B, habrán tenido razón quienes sostuvieron que el titular del Ejecutivo hizo una carambola de cuatro, cinco o más bandas, porque el llamado Plan B, era realmente el Plan B, porque el grupo en el poder hizo sus cálculos y sabiendo que no pasaría su iniciativa de reforma constitucional en materia electoral, jugó mediáticamente y mostró sus cartas, sin embargo, se dio un hecho inesperado que cambió todo la visión y percepción del juego: la nominación, y elección, por mayoría de votos, de la nueva ministra presidenta de la Suprema Corte, Norma Lucía Piña Hernández). Sus determinaciones son esperadas y se confía en que las solicitudes y presentación de casos de inconstitucionalidad sean en el sentido de lo solicitado por los partidos políticos, por el mismo INE y por particulares.
Un adelanto de lo que se desea que sea la confirmación de la Suprema Corte de Justicia fue la resolución del ministro Alberto Pérez Dañan que impide la aplicación del Plan B en los procesos electorales estatales en curso en Coahuila y estado de México, resolutivo que el área jurídica de presidencia de la República anunció que impugnará
Otra más: es indiscutible que vivimos en una democracia, acaso no sea como lo deseamos, pero es la que tenemos; que se manifiestan insatisfacciones, también es cierto, pero eso es responsabilidad nuestra como ciudadanos y de los partidos políticos.
Nuestra, porque no participamos en partidos políticos, porque no leemos, porque votamos simple y llanamente por afecto, por interés individual y X
Y es enorme responsabilidad de los partidos políticos porque, apoyándose en la inercia y pasividad social – como a la sociedad – y partidos políticos, alemana del periodo 1930-1945, que aceptó – incubó el huevo de la serpiente: el arribo de Adolf Hitler a poder -, no cumplen su función social: saben que son indispensables, básicos, insustituibles para la vida política nacional. Que son las escaleras y autopistas, para llegar al poder y servir y de eso se aprovechan para proponer a quienes satisfacen sus intereses partidistas, y no a los intereses de la sociedad.
Los partidos políticos saben que están carentes de líderes, de militantes, de cuadros… porque no los han generado, no los han creado, no los han desarrollado: Son puro membrete, son puro cascarón.
Ante este desgaste=valoración negativa de la democracia como opción más recomendable para que la sociedad dirima sus diferencia y llegue a acuerdos que permitan mayor y mejor convivencia, sin confrontación, sin polarizaciones, sin estigmaciones, sin odios, y sin persecuciones y sí mayor cohesión y convivencia, bastantes analistas, sociólogos, columnistas y docentes han considerado que esto que se está manifestando en todas las sociedades occidentales – muy evidente en Inglaterra, Alemania, España, Portugal, Italia, Estados Unidos, Grecia, Japón, Chile, Argentina, Venezuela, El Salvador, Perú, Guatemala, Haití, Ecuador, Colombia, Venezuela, Brasil, México, y otras naciones – es indicador del cambio no únicamente generacional, sino, también político: todo esto es el heraldo del cambio.
Para mí este heraldo del cambio se dio en 1994. Llevamos casi una generación en proceso de cambio, alternancia y transición, que no se termina de mostrar, porque no se muestra totalmente, es, finalmente, que la sociedad nacional no quiere muchos cambios – si se debe cambiar, pero sin ruptura y sí con rumbo – y sí quiere, tal como lo afirmó el doctor Salvador Nava:
No creo que nuestro país necesite tantos cambios. La gente no pide tanto. Lo que pide es que haya honestidad en el gobierno que los que gobiernen no se enloden con delitos y complicidades; que se cumpla con las leyes y que se hagan las cosas bien. Quiere un buen gobierno, quiere elecciones limpias, que se cumplan las leyes. Pienso que se debe gobernar, no mandar.
Al aprobar el senado de la República el Plan B, seguirán las impugnaciones, que pondrán a nuestra Suprema Corte de Justicia en el centro de las decisiones políticas del país. Los riesgos y amenazas para la consolidación de la democracia son evidentes, mas confiamos en que los ministros de la Suprema Corte actúen con independencia, soberanía, autonomía y libertad, poniendo a la ley, a la nación y al Estado de Derecho por delante.























