El Presidente Correa abandonaba el pasado 29 de octubre la Cumbre Iberoamericana mientras hablaba la Vicepresidenta del Banco Mundial, Pamela Cox. Se preguntaba por qué tenÃa que escuchar en una Cumbre de paÃses iberoamericanos la cátedra de una institución que habÃa chantajeado a su paÃs.
En especial a la persona que le dijo: Sé que necesitas el crédito, sé que os lo habÃamos aprobado, sé que habéis cumplido todos los requisitos, pero habéis cambiado la polÃtica, y eso sólo lo decidimos nosotros.
El Banco Mundial lleva décadas (al menos desde mediados de los 70) obligando a los paÃses de América a abrir sus fronteras, vender su patrimonio, encadenarse a la deuda, reducir el gasto social. Pero ahà no queda la cosa: se ha creÃdo con el derecho a nombrar y tumbar presidentes, cerrándole el crédito a los paÃses que no se plegaban a sus designios, presentándolos como “sospechosos” (de manera que se encarecÃa su deuda), haciendo declaraciones el mismo dÃa de las elecciones (al igual que la embajada norteamericana), recordando a los votantes que determinadas opciones podÃan significar el “desastre”.
Las Cumbres Iberoamericanas fueron un invento de Felipe González a mayor gloria de una manera de entender las relaciones internacionales, basada en el intercambio de favores económicos entre las élites. Buena parte de los comilitones de González (igual que luego con Aznar), han terminado juzgados, encarcelados o perseguidos por la justicia en sus paÃses. Qué casualidad, igual que las amistades del Rey Juan Carlos, otro “imprescindible” de las Cumbres Iberoamericanas y también del Foro de Davos en Suiza y de las reuniones de la Trilateral. Menem, Collor de Melo, Zedillo o Salinas de Gortari, Carlos Andrés Pérez, Sanguinetti, todos son responsables de impedir que América Latina creciera. Hoy, con otros dirigentes, el continente avanza. Pero España, torpe, noqueada, encarcelada en las jaulas de los intereses de las transnacionales, sigue sin entender que la relación con América Latina tiene que ser otra. Felipe González, operador económico de Cisneros (Venezuela) y de Slim (México) parece seguir marcando la pauta de esas absurdas reuniones que solamente sirven para facilitar encuentros económicos entre poderosos y para que alguna migaja caiga en los paÃses más necesitados (Haità quiere incorporarse a la Cumbre, desesperado en su desesperación).
¿Por qué no entiende España que su especial relación con América Latina pasa por poner en primer lugar los lazos sociales, el reconocimiento de los errores y la voluntad auténtica (no pongo “real” para evitar confusiones monárquicas) de encuentro, supeditando las dependencias económicas del sistema a este regalo de compartir la lengua, la historia y la voluntad de emancipación de sus pueblos?
Miramos atrás en la historia compartida y nos encontramos con Lázaro Cárdenas y su entrega a los perdedores de la guerra contra Franco, con los exiliados republicanos abriendo editoriales y cátedras por todo el continente, a los abuelos contándole al Che Guevara la guerra de España, a la acogida en España a los exiliados argentinos o chilenos, a los libros de ida y vuelta, a los encuentros literarios y artÃsticos…
Miramos atrás y no aparecen las Cumbres. Tiene razón Chávez: los gobiernos de cumbre en cumbre y los pueblos de valle en valle. Incapaces de reunir a los pueblos, incapaces de organizar foros donde la sociedad hable, incapaces de religar la polÃtica institucional con la polÃtica en curso en el continente, invitan al Banco Mundial y a la OCDE a que baje lÃnea. Pero América Latina ya no se deja dictar. Y Correa, con muchÃsimo respeto, abandona la Cumbre para no escuchar a los responsables de tanto dolor en todo el mundo. Evo Morales le secunda. Igual que los 11 paÃses que decidieron no acudir a Paraguay. ¿Qué les ofrecemos con los planes del Banco Mundial o de la OCDE, nuestras cifras de paro, el aumento de la edad de jubilación, la pérdida de derechos sociales, el deterioro de la educación pública, más privatizaciones? No deja de dar vergüenza que en Asunción, uno de sienta más representado por la dignidad de Correa que por la complacencia de Zapatero. Δ
Juan Carlos Monedero, doctor en Ciencias PolÃticas y SociologÃa en la UCM.
























