Etelberto Cruz Loeza.
CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO, SANCHO. EL QUIJOTE DE LA MANCHA.
En su visión y percepción triunfalistas, el señor presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador topó con institución que ha sobrevivido en el tiempo y cada vez con mayor poder y fuerza: la Iglesia Católica y con la congregación más intelectual: la Jesuita.
En el pasado mes de junio, hecho sangriento en la serranía Tarahumara sensibilizó y tensó aun más las relaciones con la Iglesia católica, particularmente la congregación Jesuita: 2 de sus miembros fueron acribillados, y muertos – en la población de Cerocahui, Chih.
Ese hecho revolvió aun más las aguas y tempestades de la inseguridad; hubo calificativos no agraciados para la administración federal y peticiones de evaluar y cambiar la llamada política de seguridad nacional; en réplica hubo respuestas puntuales del titular del Ejecutivo Federal y de la súper secretaria de Seguridad Pública, Rosa Icela. No habría cambios en la política de Abrazos y no Balazos.
Incluso S S Francisco –sacerdote Jesuita – emitió su juicio, nada positivo para la administración Federal López Obradorista. Se habló de ríos de sangre en nuestro país.
Finalmente, parece ser, que existe coincidencia en un punto: es necesario construir la paz.
Ese punto coincidente, se ha ampliado por parte de la congregación jesuita: la construcción de la paz no es obligación y responsabilidad de un solo, y sólo, hombre.
Por ser un punto de vista objetivo y posicionamiento, transcribo parte de la entrevista – publicada en el diario La Razón, de México, edición del viernes 8 del presente, realizada por la comunicadora Bibiana Belsasso, al sacerdote jesuita, Benjamín Clariond, licenciado en Filosofía y Filosofía Dogmática, por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum; director de la oficina de Comunicación Internacional de la Legión de Cristo – en el Vaticano – hasta 2017; actualmente es profesor y director de Formación Católica del Bachillerato en Guadalajara, Jal.
La Iglesia tiene la misión de ayudar y de promover el Bien Común. Uno de los elementos del Bien Común es, precisamente, la paz. Creo que a raíz de los asesinatos de los padres Javier Campos y Joaquín César Mora y del guía turístico Pedro Palma, allá en Cerocahui, se ha desatado una toma de conciencia del nivel de violencia que se está viviendo en el país y la iglesia, como institución, no tiene la misión de decirle al gobierno qué es lo tiene qué hacer, pero sí de alzar la voz y decir que especialmente las personas más vulnerables, las más pobres, son las que a veces sufren más las secuelas de la violencia y a veces no pueden escapar de ella. Alzar la voz y decir que aquí hay algo que conviene atender y que es urgente atender.
Hay una separación entre Iglesia y Estado y no le va a decir al gobierno cuáles son las cosas que tiene qué hacer; sin embargo, sí tiene que alzar la voz, o sea, todos, autoridades, ciudadanos, de a pie, todos tenemos que participar para construir la paz y hay cosas que, con tantos asesinatos, feminicidios, desapariciones de periodistas, de personas, de asesinatos de estos sacerdotes, y de tantas otras personas comprometidas, en manos de la delincuencia organizada, etcétera, son realidades que hacen alzar la voz. Esto no nos ayuda. Está deshilado el tejido social y necesitamos volverlo a construir.
Cuando se truncan sueños, cuando hay jóvenes que se ven involucrados en el mundo de la violencia, cuando la violencia casi se hace el único modo de poder salir adelante, pues, realmente, eso clama al cielo y a la Iglesia para alzar la voz y decir: reconstruyamos el tejido social.
En las iniciativas que ha sacado la Conferencia del Episcopado Mexicano de tener el 10 de julio la misa por los sacerdotes asesinados y durante todo este mes elevar oraciones por las víctimas de la violencia, porque aquí hay heridas abiertas y necesitamos atenderlas y no fingir que todo está muy bien, sino realmente tomar conciencia de las asignaturas pendientes y de ahí partir para construir la paz.
También el 31 de julio tenemos la misa por los victimarios, porque también hay que rezar por ellos, por su reinserción pacífica en la sociedad. Nosotros como seguidores de cristo creemos profundamente en la conversión de los pecadores, la conversión de las personas que han seguido, que han adoptado un mal camino, también pedimos por ellas.
Esto no quiere decir que no tengan que cumplir con las penas que les imponga la justicia.
Si ésta les impone cárcel o alguna otra pena, pues tendrán que pagarla, pero son seres humanos y deben tener siempre la puerta abierta para la esperanza, para cambiar, pero, insisto, el que se acerquen a la iglesia no quiere decir que no tengan las exigencias de la justicia. Si han hecho mal, pues tienen que preparar ese daño causado.
No es tema de confrontación, sino de colaboración, porque a todos nos toca.
Al gobierno le toca hacer que las instituciones funcionen, tutelar la paz y el Bien Común. Que se haga justicia, de una manera ágil y correcta; al mismo tiempo también, garantizar la protección de los ciudadanos.
A padres y madres de familia les toca educar bien a sus hijos.
A la iglesia promover la ley de oro de la caridad, de tratar a los demás como quieren que nos traten.
A los legisladores les toca pasar leyes justas.
Todos, desde un niño hasta un anciano. Todos debemos trabajar para construir la paz. Está muy fácil decirle al gobierno: gobierno resuélvelo tú. Éste juega un papel muy importante para la solución del problema, pero no lo podemos dejar solo.
Necesitamos trabajar para eliminar la violencia y hacer una cultura por la paz. Solamente con políticas públicas no se arreglan todos los problemas. Hay que ir a la raíz: es el cambio del corazón de las personas: darles educación darles la oportunidad de salir de la pobreza, de un futuro mucho más prometedor y la Iglesia está a favor de todo eso. No se deben dar dádivas y se acostumbre a la gente a no trabajar. Sino que cada uno pueda ser protagonista de la construcción del Bien Común.























