Por considerarlo objetivo, se transcribe columna Teatro de Sombras, de Guillermo Hurtado, publicado en LA RAZÓN, edición del martes 26 del pasado abril.
“El 21 de septiembre de 1992, hace casi treinta años, México y el Vaticano reestablecieron relaciones diplomáticas. Este feliz acontecimiento marcó el fin de un largo conflicto entre el Estado mexicano y la Iglesia Católica. El suceso diplomático no puede entenderse aisladamente, sino como el corolario de un complejo proceso de reajuste político. Como sabemos, este proceso tuvo su momento definitorio en la reforma constitucional del 28 de enero de 1992.
Vista a la distancia, podemos asegurar que la reforma de 1992no vulneró la separación entre el estado y la Iglesia Católica, por el contrario, la hizo más concreta, ya que marcó con mayor claridad los campos de acción de cada entidad. Por lo mismo podría decirse que, en 1992, el Estado laico mexicano no se debilitó. Sino que adquirió mayor consistencia. Es más, podría decirse que, sin aquellas reformas constitucionales, México difícilmente hubiera podido avanzar, años después hacia una democracia más abierta. Ningún régimen, abiertamente anticlerical, puede ser genuinamente democrático. Sobre todo, si la enorme mayoría de su población pertenece a la Iglesia acosada.
Para conmemorar el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre México y el Vaticano, el martes 26 del pasado mes de abril, se llevó a cabo una ceremonia en el palacio de la escuela de Medicinas de la UNAM.
El evento contó con la presencia de autoridades civiles y eclesiásticas: el canciller Marcelo Ebrard y el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa sede y se firmó una Carta de Int3ención entre la facultad de Medicina de la UNAM y la Dimensión de la Pastoral Educativa y de la Cultura de la Conferencia del Episcopado mexicano en relación con el extraordinario Códice Cruz-Badiano, que fue devuelto a México por el Papa Juan pablo II, en 1990.
En las conferencias se examinaron temas de laicidad, la libertad religiosa y la separación entre Iglesia y el Estado, desde las perspectivas de la Historia, el Derecho y la filosofía.
La sólida amistad entre México y el Vaticano debe tomarse como acto de esperanza para el futuro en medio de las profundas divisiones que amenazan nuestra convivencia planetaria. Esto no significas que olvidemos los avatares de nuestra historia o que ignoremos las leyes vigentes que brindan el marco para esta relación, sino que, a por encima de ellas, podamos mirar hacia adelante para bien nuestro y de la humanidad entera”.























