Estoy convencido que el tener la oportunidad de poder escribir o hablar en los medios de comunicación masiva -como es el caso de La Jornada- es un privilegio que entraña una grave responsabilidad. El primer reto es dar información real y objetiva, luego, si se va a hacer un comentario o editorial sobre la misma, es decir si se va a adjetivar sobre ella habrá que hacerlo con mesura y prudencia, aun en los meros artículos de opinión como el que hoy escribo tratando de ajustarme, en un tema muy complicado, precisamente a estas premisas.

La reflexión anterior viene a colación porque con motivo de las elecciones del pasado 13 de noviembre se ha generado todo tipo de manejo de la información a través de notas, artículos y editoriales. Muchos se han apegado a la objetividad y a la moderación, sin embargo otros se han valido de los medios de comunicación para criticar cínicamente y sin respeto a los partidos y los candidatos, por ejemplo, algunos que se han referido a Luisa María Calderón con este tipo de ánimo son “ilustres” priístas que ahora se desgarran las vestiduras por supuestas estrategias desvirtuadas de campaña, mismas que ellos, en épocas pasadas, impunemente operaron magistralmente. Hay que reconocer que tampoco ha faltado el panista que ha echado mano de la diatriba y la agresión personal, así como perredistas que con calumnias e injurias han pretendido ganar simpatías electorales.


No me asusto ni me persigno, entiendo perfectamente que se trata de un tipo de competencia que bien se equipara a una batalla donde “casi todo” se vale cuando se sobreestima el papel protagónico que se asume en aras de “defender al pueblo” o cuando se invocan “razones de Estado” o simplemente se está convencido de que se está optando “por el mal menor”.

Así hay quienes se han atrevido a vivir la disociación entre la moral y la política. Otros, incongruentemente, basan sus discursos en cuestiones morales pero en la práctica no muestran escrúpulos para alejarse de ese tipo de normas. El apremio por conseguir un fin que se considera noble o bueno ocasiona que se omita la reflexión escrupulosa sobre los medios más adecuados para conseguirlo, y entonces la sola aparente garantía de lograrlo se considera suficiente para decidir sin recato actuar de tal o cual forma.

Así se entra de lleno a la estrategia de coaccionar el voto, ya sea con acciones unilaterales bajo diverso tipo de violencia, o bien actos consentidos por las partes mediadas por el ofrecimiento -y el recibimiento correspondiente- de prebendas materiales o económicas. Esto último constituye un grave problema de cultura política donde la voluntad se vende al mejor postor, con tanta culpa como la del que la compra.

La polémica que se sucita entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad -léase ética de resultados- ha acompañado siempre a los que hacemos política. Lo que no puede admitirse es que cada político pretenda reducir la cuestión al erigirse el mismo como el único juez de sus propias reglas, es decir de “su ética”.

De cualquier forma pareciera que el pragmatismo, como herramienta inspiradora de la acción política, es prácticamente ineludible cuando se lucha, preeminentemente, por los resultados, o sea cuando el éxito se cree que solo se alcanza con la conquista del poder dejando de lado como meta el testimonio de la virtud personal y colectiva así como el cultivo del genuino civismo.

Desde siempre los vicios han rondado a los procesos para elegir gobiernos. Mientras más subjetiva es la moral imperante más cerca estarán los regímenes autoritarios y más lejanos los democráticos. Me parece que estamos viviendo momentos donde el acendrado subjetivismo moral en la política está atentando contra los avances democráticos que en nuestro país se alcanzaron apenas hace unos pocos años.

La experiencia vivida este pasado 13 de noviembre en nuestro estado ilustra bien este problema, así como lo que está sucediendo en torno a la elección presidencial del próximo año. En términos de libertad democrática no solo no avanzamos, me queda claro que estamos retrocediendo. Los poderes fácticos se están haciendo presentes en los procesos electorales con la capacidad, en algunos casos, de inclinar la balanza a favor o en contra de alguien.

Por ejemplo, es más que evidente como Televisa ha estado apoyando a Peña Nieto sin ningún miramiento de equidad para con los otros aspirantes a la presidencia de la república al concederle espacios y tiempos en entrevistas de forma totalmente desproporcionada respecto a lo que sería una cobertura ordinaria y justa.

Otro grave hecho que ilustra, aún con más dramatismo, la injerencia indebida de poderes fácticos es el papel que asumieron en Michoacán grupos que sistemáticamente delinquen, durante las últimas semanas del proceso electoral que recién terminó, manifestándose tal como son a favor de un partido político y abiertamente en contra de otro, incluso, probablemente sin haber existido acuerdos de por medio.

Nadie sabe exactamente de qué tamaño fue la coacción del voto a favor de alguien o la respectiva inhibición en contra de otro, al menos son muy difíciles de medir, por lo tanto tampoco se puede afirmar categóricamente que este tipo de circunstancias hicieron la diferencia, este pasado 13 de noviembre, entre el 1º y el 2º lugar. Lo que si tenemos en claro, muchos michoacanos, es que el triunfo de Fausto Vallejo ha quedado en entredicho y que de ratificarse su victoria como gobernador enfrentará condiciones muy complejas ante la posible presencia de quienes se sientan sus acreedores. Ojalá le vaya bien y Michoacán también.

No podemos ponernos una venda en los ojos. Caer en el autoengaño o promover la desatención del ciudadano en estos obstáculos lo único que acarreará será pagar un costo, en todos sentidos, muy alto durante un buen rato, nosotros y nuestras familias.