El 25 de septiembre se efectuó la última corrida de toros en Barcelona. Este hecho supone una victoria pÃrrica a favor de los derechos de última generación y en contra de la crueldad hacia los animales. Digo pÃrrica, porque seguirán abiertas cientos de plazas taurinas en el mundo enarbolando una cultura- la española- como estandarte para justificar muestras obtusas de crueldad y sin razón confundiéndolas con gestos de arte y valentÃa.
La expresión de una cultura o de una nación, no debe ser vista como una coartada para matar (que no sacrificar, aprovechar, inmolar, ofrecer, etc.) seres vivos. Si acaso, la “fiesta†brava es una muestra de la ignominiosa tentación del ser humano de utilizar su intelecto y genio para crear violentas relaciones de poder y control sobre otro ser vivo.
Esta crueldad humana orientada a reproducir la arrogante quimera que nos torna a NOSOTROS, hombres y mujeres, como los dueños y verdugos de todo aquello que nos parece inferior en el Reino Animal, no es exclusiva de las corridas de toros.
La crueldad hacia los animales es sólo el género; pero se reproduce en diferentes especies en las que el ser humano se adscribe como agente superior de la naturaleza. Este derroche de nacionalismo hispano como justificación para la agresión y matanza de animales, debe verse a la par de otras actividades que el “genio†humano ha perpetuado como válidas para demostrar una falsa virilidad o bien un fatuo y costoso estilo de vida.
Por lo que respecta al maltrato animal como sÃmbolo de virilidad y hombrÃa, claros ejemplos son las peleas de gallos y perros. En un Palenque, no sólo se le pone precio a la vida de las aves de combate ahà expuestas; sino que se transfieren al animal las presuntas cualidades de su criador. Estos atributos frecuentemente están ligados culturalmente al género masculino: valiente, bravo, sagaz, fuerte, salvaje. Para todos aquellos que hayan escuchado alusivas canciones de José Alfredo Jiménez y Vicente Fernández les quedará claro que el gallero y su gallo conforman una unidad en la que el honor, la valentÃa y la hombrÃa van estrechamente de la mano. La crueldad exhibida en los confines de ese micro ring, no desmerece con aquella que se padece en una plaza de toros. En cada round los criadores depositan en sus aves, no sólo su dinero, sino el honor y la bravura que pregonan y que únicamente se exterioriza en un par de navajas atadas a las patas de dos gallos comprometidos a pelear hasta matarse.
Esta mimetización entre la ferocidad y bravura de un gallo, encuentra su sÃmil en los circuitos callejeros de peleas de perros. El dinero sigue siendo el móvil del crimen, pero no son ahora los galleros quienes buscan identificación con sus aves, sino “entrenadores†de perros que se ufanan de criar valientes animales de batalla, únicamente comparables con su reciedumbre. Bravura, inteligencia, ferocidad, virilidad, fortaleza fÃsica, velocidad y tenacidad son las cualidades que falsamente emula un perro de su dueño en las arenas callejeras. La lealtad y nobleza del can, propician un lazo de falso amor y cariño por parte del entrenador y/o dueño, quien sin escrúpulos orilla al animal a extremos lÃmite en los cuales su ferocidad y bravura se exteriorizan contra otro de su especie.
La búsqueda humana de manifestarse omnipresente y todopoderoso en el Reino Animal, la vemos presente en la crueldad que se ejerce para fomentar la vacuidad y fatuidad de nuestras sociedades. La matanza de aproximadamente 500 mil focas anualmente en Canadá y Groenlandia, no sólo es un hecho aberrante por sà solo, sino una señal alarmante del vacÃo emocional y existencial que experimentamos como sociedad. Censurable es ya el hecho de arrasar con miles de inocentes cachorros foca; ignominioso es que sus pieles estén destinadas a solventar la necesidad de estatus y estilo de vida de una sociedad perennemente hambrienta de sÃmbolos de superficialidad y arrogante distinción.
La razón humana y la posesión temporal del Reino Animal no nos otorgan ningún derecho de opresión y feroz exterminio sobre otros seres vivos. Con la modernidad, el uso de la razón y del intelecto se erigió como el cimiento básico de toda sociedad; asimismo, posiciona al hombre por encima de cualquier visión religiosa, convirtiéndose en el único arquitecto de su destino y como el principal responsable de su relación con la tierra y recursos naturales. Esta gran y significativa emancipación histórica, se ve mermada por emociones viscerales como lo es la crueldad hacia los animales.
Las muestras de crueldad aquà enunciadas no son las únicas, pero sà son de las más visibles y difundidas; sin embargo, estas prácticas se reproducen también en rastros, laboratorios, granjas y hogares. Es una obligación de nosotros como ciudadanos, el velar y exigir el desarrollo de nuevos derechos que no sólo tutelen la protección y la prevención del maltrato animal, sino que también nos aseguren el derecho a gozar de un ambiente armónico con todo nuestro entorno.

























