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En principio, queremos agradecer la gentileza de los directivos de yoinfuyo.com por aceptar nuestras modestas colaboraciones que, finalmente, son ideas para compartir, discutir, polemizar e, incluso, hacernos reflexionar un poco; en especial, cuando nuestros días se ven envueltos en una vorágine informativa que coloca lo negro, lo amarillento o la nota roja en primera plana, haciéndonos olvidar las cosas importantes.
Elegimos una expresión del profeta Malaquías, porque nos parece una pregunta valiosa para los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Quizá el lector se haya formulado el mismo planteamiento: ¿por qué nos traicionamos entre hermanos?

Pensamos que el sentido de hermandad señalado por el profeta -nombre del último libro del Antiguo Testamento, que significa “mi mensajero” y que es probable que sea una abreviatura de malachjah, que en hebreo significa “mensajero de Jehová”- se extiende en la actualidad a las relaciones humanas en un sentido más amplio que el mero parentesco. Hablaríamos, pues, de amigos, de colegas, de compañeros, y también del lazo afectivo entre los miembros de una familia.
Por ello, no podemos comprender bien a bien, cuando una persona sostiene que, “una cosa son los negocios y otra cosa son los amigos o los parientes”.
Desde nuestro punto de vista la divisa se percibe un poco miope y generosamente llena de incongruencias, porque todo indica que será necesario dejar de lado la estimación parental, las relaciones de familia o la amistad para hacer buenos negocios, porque los intereses económicos pueden ser más poderosos que el afecto, el cariño o la relación de cercanía.
¿Será que, esta prevalencia y superioridad de los intereses económicos sobre el amor, la amistad e, incluso, el afecto, nos ha dejado observar las demandas, denuncias penales y pleitos interminables entre hermanos a causa de una herencia?
Hemos tenido la lamentabilísima oportunidad de ver la forma en que, a la muerte del padre o la madre, los hermanos llevan su disentir hasta los tribunales, pidiendo cárcel para aquellos con quienes jugaron cuando pequeños.
Triste también, cuando la amistad entre gente buena y honorable, se ve empañada por las engañifas, el excesivo deseo de lucro, las cosas torcidas o “las letras chiquitas” de un contrato -no con bondades, sino ventajoso y leonino- para abusar de la buena fe y el cariño del otro, quien, justamente por la relación afectiva, confía en la otra parte y suscribe, aún sin leer.
s el caso del amigo que entrega un dinero a otro, y éste último, a manera de una desconfianza total, lo cuenta dos o tres veces, para asegurarse de que no falte un solo centavo.

¿No podría ser exactamente a la inversa?
Precisamente, porque somos amigos y en atención a la confianza y la buena fe de nuestra amistad, ¿no podría ser que en ello se sustentara una filosofía de honorabilidad y de honrar la palabra, para hacer buenos negocios en donde ambas partes resulten ganando? Desde luego, entre los buenos amigos subyace la filosofía de “ganar-ganar”. En donde esto no existe, se duda, se desconfía. Piense el lector por un minuto sobre el significado de la expresión popular: “piensa mal, y acertarás”. ¿No es esta misma consigna la causante de muchos delitos, lesiones y homicidios?
Y, con enorme respeto, ¿qué sucede en los tiempos electorales con las campañas adelantadas o las acciones de promoción disfrazadas de celebraciones de cumpleaños del aspirante a un cargo; con las comilonas y bacanales para cientos de “simpatizantes” que no acaban de precisar si su simpatía es por el menú del día, la gratuidad de la reunión festiva, o realmente lo es, por el proyecto que ostenta y defiende el aspirante?
¿No son los días previos a las elecciones internas de un partido político, los tiempos propicios para denostar al otro, para sacarle “sus trapitos al sol” al contrincante, y para construir una candidatura a base -como se dice en la propia jerga política- de “dejar muchos cadáveres en el camino”?
¿No se supone que la camaradería y los compañeros “de armas” en una asociación, en un partido político o en un club, están por encima de los “legítimos intereses particulares”, que con bastante frecuencia se posicionan muy por encima de plataformas de “principios”, “códigos de ética” o “decálogos de comportamiento” para quienes pertenecen a esas agrupaciones?
Obvia es la interrogante: ¿Por qué nos traicionamos entre hermanos?
En expresión del mismo profeta, ¿no serán esas actitudes lo que nos hace despreciables y viles ante todo el pueblo, ante los familiares y ante nuestros amigos?