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La estructura de mando del gobierno federal se encuentra en una crisis terminal. El poder no lo ejercen el Presidente ni los secretarios del gabinete; la marcha cotidiana se debe al funcionamiento automático de una maquinaria administrativa que conserva su capacidad de operación, pero carece de todo matiz político.
Es el gobierno por omisión, el vacío de poder que llenan, cada día, los poderes fácticos, desde el crimen organizado y la jerarquía episcopal católica desbozalada, hasta la extrema derecha y esa izquierda oportunista y desnaturalizada que acompaña a Andrés Manuel López Obrador y acepta cualquier alianza, todo retorcimiento de supuestos principios y convicciones, con tal de llegar a la tierra prometida del poder.

Ante el creciente descontento ciudadano, el abandono de las responsabilidades, la primacía de la política adversarial y la feria de las vanidades y los juegos sucios, se lleva a cabo la carrera a marchas forzadas en pos de 2012. Si surgiera un proyecto coherente, un líder con un mínimo de capacidad de convocatoria, el Presidente quedaría de manera inexorable en una posición de copamiento, de mate más que de jaque mate, de la cual no lo sacaría ni un milagro guadalupano.
Ese liderazgo, por supuesto, muy poco tiene que ver con la exposición mediática, el triunfalismo, la firma de pactos cupulares que desprestigian, el regreso a los peores usos y costumbres del pasado. ¿Lo entenderán en el PRI? Está por verse.
Desde luego, Felipe Calderón carece de estrategia política y el gobierno es un conjunto de feudos regidos por señores feudales de poca monta, de los cuales uno o dos funcionan bien –en términos relativos—o simplemente funcionan, lo cual ya es ganancia; y muchos otros simplemente languidecen, se deterioran o se desvanecen. He aquí el problema, el auténtico, sin visos de solución, todavía susceptible de agravarse en lo que resta del sexenio.
A la ausencia de proyecto se suma la incapacidad de operación política, manifiesta por enésima vez, aunque con visos de escándalo, con la llegada del imberbe señor Alejandro Poiré a la Secretaría de Gobernación, donde alguna vez despacharan Lázaro Cárdenas, Plutarco Elías Calles, Jesús Reyes Heroles o Fernando Gutiérrez Barrios.
De la incapacidad de operación política, derivan la sistemática violación al Estado de derecho con el pretexto de la seguridad nacional y ciudadana, que marcha de la mano, paradójicamente, con el terror visceral a ejercer el verdaderamente el poder y asumir las consecuencias.
El supuesto bono democrático, la ilusión ciudadana, arroparon al panismo empoderado durante un corto trayecto; pero en los actuales momentos las críticas, las llamadas de atención, las manifestaciones de frustración y desencanto, vienen de la sociedad virtualmente en pleno. Todo esto conforma un escenario particularmente complejo rumbo a 2012.
Por un lado, ciertamente hay un problema de confiabilidad en el papel que tendrán la Presidencia y las propias autoridades electorales. Es muy posible que se repitan las viejas y nocivas rondas de desconfianza sobre los resultados electorales. Y tal es, sin duda, el mayor riesgo que enfrenta el país en el futuro cercano. Independientemente de quiénes sean los candidatos (o candidatas) definitivos, más allá de López Obrador y Enrique Peña Nieto, el fantasma de 2006 se cierne amenazadoramente sobre el país.
Adicionalmente, definido como está el voto duro, que favorece sin lugar a dudas al PRI, con el agregado de quienes están hartos del PAN y no aceptan el republicanismo amoroso del mesías tropical, lo importante será captar el voto útil, ese que posibilitó la llegada del panismo a Los Pinos, pero difícilmente volverá a ser emitido con una orientación similar; es decir, en pos de una cierta aventura cívica que permita el descubrimiento de las maravillas taumatúrgicas de la alternancia.
Quienes creen, por ejemplo, que la gente “no ha olvidado” los agravios atribuidos o atribuibles, con o sin sustento, al PRI y al sistema político surgido de la Revolución, van a comprobar que pesan más en la memoria colectiva los problemas actuales, los de hoy: la inseguridad rampante, la violencia sin límites, el desempleo real, la parálisis administrativa-gubernamental, la frivolidad, las pugnas de poder.
Y todo esto, salpimentado por la política adversarial que se ejerce a rajatabla, apunta hacia una peligrosa polarización que, de entrada, a ningún partido favorece; pero el PRI es, en los momentos actuales, el menos perjudicado.
Lo que no entiende Calderón es que si promueve a Ernesto Cordero o alguien más, los condena con mayor certeza y contundencia a la derrota: un candidato identificado con la docena trágica tiene pocas posibilidades de ganar, porque el Presidente carece de respaldo popular y capacidad política.
Si a esto se añade la baja persistente en las encuestas más serias experimenta López Obrador –indicio cierto de que continúa el deterioro en su base de apoyo real, aunque cuenta con un voto duro nada despreciable, básicamente en el valle de México y entidades circunvecinas–, el PRI queda aún más en ventaja; e, independientemente del cambio del sentido de la intención de voto de muchos que en 2000  y 2006 sufragaron por el PAN o el PRD, otros, desencantados pero reacios a votar por los priístas, decidirán abstenerse, lo cual a la postre funcionará en el mismo sentido.
El panorama, definitivamente, se encuentra cargado de incertidumbre y con focos rojos o ámbar en casi todos los ámbitos. El peor escenario, se ha dicho, es aquel en el cual los candidatos realmente existentes, o al menos dos de ellos, estén muy cercanos en la intención de voto, pues tal situación podría provocar conflictos postelectorales.
Si, además, el mesías tropical recurriera en la derrota a sus acostumbrados excesos, cualquier victoria priísta encararía un problema de legitimidad cuyas dimensiones exactas es imposible prever desde ahora, aunque sí podemos anticipar que resultarán suficientes para sumir al país en la incertidumbre y abrir las puertas a la ingobernabilidad y a la violencia.
Publicado en la Revista Gurú Político (http://www.gurupolitico.com)  y reproducido con la autorización de su Director.