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Otro día les comparto algunas impresiones de Bonn, la hermosa ciudad junto al Rhin que durante casi medio siglo fungió como capital de la República Federal de Alemania; pero es, sobre todo, cuna del Divino Sordo, cumbre de las cumbres de la música de todos los tiempos: Ludwig van Beethoven.
¿Qué pasa en México? ¿Cuáles son los parámetros que elegimos los mexicanos cuando se trata del análisis de temas de interés nacional, bien para manifestar una simpatía, una coincidencia; o para hacer público un rechazo, un repudio, una condena generalizada? De todo se enteran los viajeros, yo incluido. Ya no es como en otros tiempos, cuando si los medios de comunicación tradicionales omitían los temas de México, era difícil que nos mantuviésemos al corriente y bien informados, incluso los periodistas.

Me encuentro con que un titubeo desafortunado de Enrique Peña Nieto en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, se ha convertido en la referencia obligada del momento. Y la síntesis del presunto análisis, tan deleznable como superficial, no puede ser más desafortunada: ¿cómo puede convertirse en Presidente de la República quien titubea, se repite, no encuentra el comentario adecuado, cuando le preguntan por las lecturas que marcaron su formación y su vida?
Por una vez, damas y caballeros, seamos serios. Debo señalar algo públicamente: poco a poco Peña Nieto se ha rezagado en mi confianza y en mis preferencias. Aun cuando tengo excelentes amigos, a quienes respeto y en quienes confío plenamente –además del afecto involucrado–, que trabajan desde hace años en el proyecto político del exgobernador del Estado de México y me aseguran que están muy equivocados quienes afirman la existencia de compromisos inconfesables, turbios, desde la oscuridad; y, por consiguiente, la posibilidad de que los poderes fácticos lo estén utilizando y lo hagan después, si gana en julio del año próximo, tengo dudas cada vez más serias.
Puedo hablar, por ejemplo, de su falta de sensibilidad en lo referente a la equidad de género; en el hecho de que no parece haberle dado la importancia indispensable, urgente, éticamente insoslayable, que merece la desoladora tasa de femicidios en el Estado de México; o que no se hayan esclarecido de manera puntual y satisfactoria hechos como la considerada por muchos como injustificable represión en Atenco.
Planteo de nuevo, entonces, la importancia de no banalizar los señalamientos de fondo serio, grave, trascendente; como cuando se quiere comparar a Felipe Calderón con Adolfo Hitler. Hasta en la perversidad hay niveles, damas y caballeros. Si hemos de formular dudas y objeciones hacia una persona, un personaje público y su proyecto político, hagámoslo con argumentos de racionalidad, no con desplantes sectarios y facciosos.
No me extraña que hasta Porfirio Muñoz Ledo, cuya inteligencia, cultura y brillo intelectual son desplazados con frecuencia por su vanidad y su oportunismo, haya decidido sumarse al coro de burlas en contra de Peña Nieto. Quizá a Porfirio no le preguntaría lo que le plantearon al casi seguro candidato presidencial del PRI, porque es ave de otras tempestades.
Pero creo que muchas personas de buena voluntad, algunas de las cuales conozco de manera afectivamente profunda, se dejan llevar por las que parecieran campañas paralelas: la más notoria, visible y estridente, en favor del mesías tropical, Andrés Manuel López Obrador, a quien no dejaré de considerar una mezcla de Gregor Strasser y Pol Pot (aquellos que no entiendan la referencia, lean libros para que sepan de qué se trata); y, en menor escala, del incoloro y menos que mediocre delfín del calderonismo, Ernesto Cordero… o alguno de los otros suspirantes panistas.
Sería muy interesante conocer la cultura de, por lo menos, los dos mencionados con nombre y apellido: qué han leído, si recuerdan lecturas fundamentales o si acaso tuvieron alguna que lo fuera en realidad, más allá de los libros de autoayuda o los textos escolares. Las sorpresas que nos llevaríamos. Pero la furia del sectarismo impide incluso el más elemental ejercicio de honestidad intelectual.
Y digo –escribo—más: hay muchas mexicanas, muchos mexicanos,  respetables en todos los aspectos de su vida, ejemplares no pocas veces, cumplidores no únicamente de sus deberes, sino formadores de nuevas generaciones, íntegros en sus aportaciones a la sociedad y al país, a quienes no se les da la lectura. Y no por eso son malos en sus actividades. Son, pueden ser, incluso, excelentes.
Que yo sepa, nunca ha sido requisito para quienes aspiran a convertirse en Presidente de México, que hayan obtenido el Premio Nobel de Literatura o sean capaces de discutir a Kierkegaard, Hegel, Heidegger, Marx. Claro, tampoco merecemos asnos como el salvaje de Guanajuato y su concurrente consorte, empeñados en aclamar a un José Luis Borgues o a una Rabina Gran Tagore. Aunque muchos jamás hayan leído a Jorge Luis Borges o a Rabindranath Tagore.
En el peor de los casos, Enrique Peña Nieto ha demostrado que es un mexicano promedio: para bien o para mal y aunque les pese a quienes lo desuellan vivo por trastabillear en un foro público. Si me pusiese evangélico, les diría que quien esté pleno de lecturas, arroje la primera frase.
¿No recordó el exgobernador más lecturas que la Biblia –esa fantasiosa colección de leyendas que ha justificado la existencia de una de las instituciones más criminales, depredadoras, discriminadores e inhumanas de la historia—; o algún texto de lectura fácil de Enrique Krauze, el próspero historiador de Televisa? ¡Pues ataquen ese frente! Claro, si saben cómo…
Así que menos lobos, caperucitas, como decía una amiga periodista, vasca, irreverente y querida. O, para no salir del entorno español, como advertía un verso del insigne y olvidado León Felipe Camino Galicia:
No me contéis más cuentos, que vengo de muy lejos y sé todos los cuentos.
Publicado en la Revista Gurú Político (http://www.gurupolitico.com)  y reproducido con la autorización de su Director.