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La intranquilidad social no es materia de apuesta ni de juego; los cálculos perversos que giran en torno al concepto de entre peor, mejor, nunca ofrecen certeza; ni siquiera una mínima seguridad operativa. ¿Quién ofrece propuestas con visión de Estado, una plataforma real que pueda mover y convencer a los ciudadanos, en el umbral de 2012? Todo parece perderse en generalidades, en la superficialidad que intenta disimular la falta de compromisos o de proyectos viables.
Enrique Peña Nieto, a quien parece habérsele confiado, mal que bien, la misión de lograr el retorno del PRI a Los Pinos, se vio perdido en el abismo del anecdotario faccioso, ciertamente, con algunas contribuciones de su parte. Más allá de la defensa a contrapelo, no se le ha escuchado proponer salidas, exigir responsabilidades, convocar con credibilidad a los ciudadanos.

Los demás giran en torno a la misma noria. Ensimismado en su república amorosa, en el sesgado embate religioso de su Morena, Andrés Manuel López Obrador tampoco propone sobre bases firmes, más allá de la consabida retórica de los lugares comunes. En cuanto a los precandidatos panistas, ocupados como están en descalificarse mutuamente, ayunos de sustancia y de visión de Estado, mal podrían hacer siquiera un esbozo de plataforma creíble.
Los partidos han caído en una crisis interna que no es producto de la casualidad, sino de la naturaleza del sistema de partidos y de la historia política del país. Lo que procedería es flexibilizar dicho sistema, pero en su lugar todas las avenidas se cierran y un proceso ordenado parece muy lejano.
Puesto que durante décadas el sistema político mexicano se caracterizó por la rigidez de sus estructuras, la lógica de la flexibilidad se impone como necesaria. Sin embargo, los actores políticos encumbrados parecen atender sólo a sus intereses más inmediatos y han caído en aberraciones como la de privilegiar la política adversarial. Justo lo que el sistema de partidos menos necesita.
La falta de flexibilidad tiene dos consecuencias: por un lado, deja a millones de mexicanos subrepresentados, con el riesgo de que, en algún momento, puedan optar por otras vías para hacerse presentes. Por otra parte, el mayor de todos los riesgos es que el sistema partidista nunca llegue a convertirse en un sistema democrático moderno e incluyente, lo que dejaría abandonados a los ciudadanos a la mitad de un proceso inconcluso.
El problema es obvio: por décadas, el sistema político mexicano giró en torno a dos instituciones cuya dinámica y naturaleza ha cambiado de manera radical. El PRI y el presidencialismo fueron los ejes de la era postrevolucionaria y ambos experimentaron un cataclismo el 2 de julio de 2000.

Creados de manera complementaria, el partido y el presidencialismo garantizaron el funcionamiento político del país durante décadas. El uno resultaba inexplicable e inviable sin el otro. Con la derrota del PRI en las elecciones presidenciales en 2000, se vino abajo la mancuerna que gobernó al país durante siete décadas, dejando en su camino una estructura política y partidista disfuncional.
Es imperativo crear condiciones para reconstituir el marco de estabilidad y de capacidad de gobierno. El primer problema que enfrenta la estructura partidista reside en que el PRI nunca fue un partido en el sentido tradicional. El PRI se creó como una organización techo, es decir, como un paraguas, un verdadero frente amplio –el primero en su género en el mundo– al cual se incorporarían la abrumadora mayoría de las entidades, grupos, sindicatos y partidos que existían en la época.
La lógica de la creación del PRI no solamente tenía que ver con una filosofía común, una visión compartida del mundo o del desarrollo del país, o una ideología que sirviera de fundamento para el diseño de políticas públicas; sino que, además, respondió a las circunstancias postrevolucionarias de desorden, violencia y ausencia de un sistema político organizado.
Así, el PRI se convirtió en un mecanismo de participación política y control fuertemente ligado a la Presidencia. El PRI fue un partido creado desde el poder para servir al proyecto triunfador de la Revolución. La naturaleza del PRI determinó las características de los partidos que, en el tiempo, se fueron constituyendo para oponérsele.
Prácticamente todos los partidos políticos que existen en la actualidad surgieron a partir del PRI: en oposición a éste o como desprendimientos del mismo. Es el caso del PAN, surgido como una reacción al monopolio político que representaba el PRI (entonces PRM); y del PRD, que emerge a partir del desprendimiento de la llamada corriente democrática en la década de 1980. Otros partidos, como el Verde, el PT, el falaz Movimiento Ciudadano –antes Convergencia—y Nueva Alianza, tienen en su historia un vínculo con el PRI.
La realidad es que, dada la omnipresencia del PRI y los rasgos del presidencialismo mexicano, lo raro sería que se hubieran creado partidos ajenos a estas circunstancias. Las circunstancias actuales guardan relación con el pasado sólo en el sentido en que son producto de esa historia y en que han heredado las estructuras que se construyeron bajo esa otra lógica.
En un sistema en el que un partido (virtualmente único, se llegó a decir, no sin un fondo de verdad) era la organización monopólica y centro del actuar político, lo lógico para todas las agrupaciones políticas, independientemente de su ideología, visión o razón de ser, era vincularse a esa organización. Por lo contrario, en un sistema político y partidista competitivo lo lógico es competir por separado o, en todo caso, procurar alianzas a partir de la independencia.
En otras palabras, la lógica del sistema priísta llevaba a que se sumaran organizaciones y grupos en su seno y eso era el fundamento de su enorme fuerza; en un sistema competitivo, lo que antes era fuente de fortaleza hoy es fuente de parálisis y luchas intestinas.

En suma, la rigidez del viejo sistema político se ha convertido en el ancla del inmovilismo actual. Lo que el país requiere es flexibilidad política. Un sistema político rígido produce conflictos, disputas y parálisis. Un sistema político que favorece, por su flexibilidad, el movimiento de personas y grupos, así como la creación de nuevos partidos, es un sistema que genera dinamismo y propicia alianzas que, en un momento dado, pueden generar mayorías legislativas con relativa facilidad.
Publicado en la Revista Gurú Político (http://www.gurupolitico.com)  y reproducido con la autorización de su Director.