opinionEl sistema de partidos mexicano, pese a su evolución, sigue estancado en su fenómeno de escoba. Los partidos de mayor hegemonía PRI, PAN y PRD, oscilan peligrosamente hacia su conversión en grupos atrapatodo, que no han mostrado suficiente audacia para resolver los conflictos que invaden la escena pública.
En complemento, los demás partidos se plantean sólo como negocios familiares o caciquiles, participantes de nula influencia, salvo cuando logran acuerdos coyunturales con los tres principales. Los engranajes del sistema de representatividad se encuentran paralizados por la incertidumbre que acoge a los miembros del electorado.

Uno de los pilares esenciales que podrían consolidar la democracia moderna e incluyente en México, está seriamente debilitado por el retraso que muestran los partidos ante las necesidades de quienes deben representar.
En la actualidad, el proscenio político mexicano sigue teñido de polarización; si no existe un mínimo de civilidad partidaria, el país se encaminará hacia la antesala de un clima de ingobernabilidad.
Ya en 2007, el politólogo italiano Giovanni Sartori señalaba que el sistema de partidos mexicano está prácticamente atomizado; y advirtió, en su más reciente obra, sobre la decepción a la que puede llevar un cambio institucional mal orientado .A este respecto, la situación política mexicana se encuentra inmersa en cuestionamientos que parten del dilema de la eficiencia o la pluralidad.
Por su parte, el filósofo Michelangelo Bovero planteaba que Sartori parecía contraponer la eficiencia a los principios de la democracia. En un contexto similar, México se sitúa entre el pluralismo parlamentario y el enfrentamiento entre el Ejecutivo y el Legislativo, que en diversas ocasiones ha rebasado los límites estructurales del gobierno dividido, tocando peligrosamente a las puertas de la desestabilización y la ingobernabilidad.
Por si fuera poco lo anterior, la mala experiencia latinoamericana con el fortalecimiento de la figura presidencial, que desemboca en el presidencialismo cesarista o en la presidencia imperial, ha abierto una brecha entre ambos poderes, misma que da origen a una relación en la que el mandatario propone y el legislador somete a escrutinio riguroso.
Sin lugar a dudas, no se quiere repetir el costoso error del legislador cuya única función es legitimar las decisiones presidenciales, bien sea por acatamiento de una línea partidaria o por la sujeción del Legislativo al Ejecutivo; sin embargo, la relación se ha tornado ríspida y oposicionista.
No es posible abatir las diferencias entre los grupos parlamentarios de los partidos y, por ello, se sacrifica la eficiencia del aparato responsable de evaluar decisiones y de generar nuevos proyectos.
La situación por la que atraviesa México podría ser calificada como un mal acompañante de toda transición democrática, aun de la que, como la mexicana, ocurre como parte de la ampliación y la modernización y no en el contexto de desmontar una estructura autoritaria cerrada y represiva; empero, la crisis debe ser resuelta de manera inmediata con el fin de evitar graves retrasos en el avance social y en la participación política.
La búsqueda de un acuerdo entre los poderes Ejecutivo y Legislativo sigue siendo apremiante, al igual que la necesidad de promover importantes reformas que coadyuven a menguar la inconsistencia en el acontecer social.
La generación de cambios estructurales también debe hacerse presente, con el fin de definir los alcances de los poderes de la Unión que constituyen la base política del país. El restablecimiento de las relaciones armoniosas y funcionales entre estos poderes –la cual de ninguna manera implica comunión de puntos de vista o eterna coincidencia–, deberá contribuir a un mejor ejercicio de las labores y funciones gubernamentales.
Las inconsistencias políticas de la democracia en México, manifiestas por medio de la decepción del electorado, la crisis de gobernabilidad y de representación, sólo pueden ser tomadas como una forma de reconfigurar a la democracia, no como un fin sino como una herramienta procedimental.
México constituye la más clara evidencia de un retardado proceso de transformación política que debe ser incluyente en los elementos de construcción, desde el electorado hasta los grupos partidistas.
En América Latina en general, el desencanto temporal por la democracia no puede ser tomado como un fracaso del sistema. El camino de las reformas es el único para enfrentar las fricciones implícitas en la estructuración y consolidación de una democracia moderna e incluyente.
Sin embargo, de continuar la apuesta persistente por la política adversarial, el desencanto ciudadano puede llegar a un abstencionismo masivo y militante, que deslegitime cualquier resultado electoral; o a esparcir el abono idóneo para las opciones autoritarias de cualquier signo, que a la postre coinciden como la cabeza y la cola de la serpiente.
México no puede permitirse un fracaso de la institucionalidad; ni por la vía de la patria ordenada, ni en el espejismo populista que apuesta a una irreal república amorosa, en la cual todo se logre mediante las dotes taumaturgas de mesías y redentores de pacotilla.
Publicado en la Revista Gurú Político (http://www.gurupolitico.com)  y reproducido con la autorización de su Director.