La presente administración Federal y de hecho todas las administraciones estatales, están cortadas con la misma tijera y usando el mismo patrón: no reprimir.
La memoria histórica de su origen podría estar en los movimientos sociales – estudiantiles – de 1968, que culminó con el sangriento evento del 2 de octubre de ese año, en cuya chispa no se han podido poner de acuerdo ni terminó con la aceptación de la responsabilidad histórico-política de Gustavo Díaz Ordaz, presidente de la República en ese aciago año y se reafirmó con el llamado Halconazo del 10 de junio de 1970, para derramar la gota en esa administración Federal y cuya responsabilidad se le atribuyó a Luis Echeverría Álvarez y a funcionarios cúpula del área de seguridad pública del Departamento del Distrito Federal.
Por esos eventos esos gobiernos y esos protagonistas políticos fueron calificados como represores y todos los gobernantes huyen a esos calificativos para su administración.
Muy posiblemente, a partir de ese momento los manifestantes se apropiaron de las calles y tomaron como un derecho natural la manifestación y surgieron los grupos de presión que hicieron del derecho constitucional de asociación como su propiedad indisputable y pobre de quienes violaran sus actividades derivadas de la manifestación: tomas de avenidas, de instalaciones públicas y privadas, tomas de vías de tren, entradas a aeropuertos, a empresas comerciales y financieras, vandalismo, saqueo, robo, confrontación social, etc.
Desde esa fecha a nuestros días muchos han sido los caídos de uno y otro lado y pocos los recuerdan: han sido héroes anónimos, por un lado y por el otro, líderes sociales que cumplieron con su alta responsabilidad. Pocos los recuerdan a todos ellos. Y muchos de estos grupos de presión, y de estas acciones son, modus vivendi y utilitaristas, lo que no es nuevo.
La actual administración Federal, encabezada por muchos que surgieron de la lucha en las calles, en cuya cabeza está el señor Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum, jefa de gobierno de la ciudad de México, tiene como divisa “no represión”. Son bastantes los eventos en los cuales ha dejado constancia de esa actitud: No Reprimir”.
Los días iniciales y de media semana anterior se llenaron de imágenes, palabras y tinta de los sucesos en Guadalajara y la ciudad de México. Fue muy curioso ver la actitud de las fuerzas del orden: testigos impasibles antes los destrozos que realizaban los integrantes de los contingentes.
¿Ésa es la nueva realidad?
En la literatura y en la teoría sociológica y en X,Y Z espacio hay textos sobre esta actitud pública: ejemplifico: Sófocles, en Ayax dice…Nunca las leyes de una ciudad serán efectivas si allí no reinara el temor…Ten sabido que…donde se deja que cada uno haga su antojo, por próspera que sea, aunque soplen vientos propicios, lentamente se habrá de hundir la nave de la cuidad.
Y Régis Debray, en La República Explicada a Mi Hija, afirma: La República está herida de muerte. El incivismo del Estado es el peor de todos. Un Estado de derecho que ya no tiene el valor de perseguir a quienes violan sus leyes, porque teme complicaciones, abre el camino a la tiranía; y esto es tan cierto como que la paz a todo precio conduce a la guerra. La laxitud daña tanto a la libertad como al autoritarismo.
En esos días y en otros muchos y en otros años, desde hace casi dos generaciones- 52 años – en Guadalajara, en la ciudad de México, como en muchas partes de la República y de cada uno de los estados, y en particular de nuestro estado, vimos imágenes que confirman estas palabras: el Estado renunciando al legítimo derecho de hacer legítimo uso del monopolio de la fuerza pública para cumplir su responsabilidad social, política y constitucional de ofrecer seguridad y confianza al tejido social, a la sociedad.























