En el centro de la ascendente línea de contagios, cuando su cuantificación es mayor en casi todo el país – supera los 95,000 y acercándose a los 10,000 -; cuando el número de fallecimientos – supera los 10,000, acercándose a los 11,000 -, igualmente es mayor y su porcentaje en relación con al número de contagios, rebasa ya el 10%, superando tanto a China, como a Inglaterra y a Estados Unidos, sucedieron dos hechos inéditos:
El inicio de la llamada Nueva Realidad, Nueva Normalidad con flexibilidad para realizar el fin de la cruzada de la Sana Distancia y del confinamiento y regresar, en nuestro estado, a un 25%, durante todo junio, las actividades esenciales, determinado por el semáforo de riesgos sanitarios, que se mostrará en la conferencia vespertina y acordará los jueves-viernes de cada semana, con los titulares de los estados – quienes, finalmente, saben cómo está su estado, su territorio – y difundirá el fin de esa semana.
Y, en contra de todas las recomendaciones del Consejo Nacional de Salud, del equipo de científicos y funcionarios del sector salud que son responsables de la información, acuerdos y conducción de la política pública para contener, enfrentar y resolver la crisis de salud generada por el COVID-19, el inicio, este pasado martes 2 del presente junio, de las giras presidenciales.
En esta ocasión lo hizo por el sureste. Será por seis días y comprenderá los estados de Quintana Roo, Yucatán, Tabasco y Oaxaca; dentro de los prioritarios eventos, dará el repetido banderazo al inicio de un tramo de su proyecto turístico Tren Maya. Muy seguramente inspeccionará el trabajo en su otro proyecto central de la administración: la refinería Dos Bocas, en su natal Tabasco.
Lo que se calla, y en contra de sus palabras de que no haría gastos suntuosos ni habría nada que fuera faraónico, viaje en comitiva de seis camionetas blindadas, último modelo – atrás, muy atarás quedó el Tsuru y Nico – con personal de seguridad e invitados, sin importar nada, ni riesgos de contagios, ni problemas de logística – hospedar a por lo menos 50 personas VIPs, más el personal para su seguridad, y de la comitiva.
Muy a su estilo personal de gobernar, Andrés Manuel López Obrador, no hace caso a nadie. Acaso, nada más a los índices de popularidad y aceptación social, que van a la baja, lenta, pero constantemente y ya rebasaron el 50 % de negación y se acerca al 45% de quienes lo ven con buenos ojos, pero el 55, lo rechaza y esos números lo impulsaron a salir, con la doble finalidad de contener la caída de la recta e iniciar su ascenso/ recuperación, que, en las actuales circunstancias, se ve muy difícil, porque casi todo está en contra.























