En estos días de desbordado feminismo, exceso de feminifílicos y cero feminifobias, ejemplo de que nuestra sociedad se ha feminizado que los gobernantes y representantes federales, estatales y municipales hacen caso, demagógicamente, de esta estacional ola de simpatías hacia la mujer, parte igual de nuestra sociedad, a nivel internacional recientemente se dieron dos sentencias por violencia sexual en contra de dos figuras del área del espectáculo – producción cinematográfica y música.

Una de ellas es contra el productor de cine y magnate en Hollywood, Harvey Weistein, quien fue declarado culpable por un tribunal de Nueva York – de dos de los cinco cargos que enfrentó, tras ser acusado por v arias mujeres de acoso, abuso sexual y violación. El jurado lo encontró culpable de violación en tercer grado y por cometer acto sexual criminal en primer grado, pero lo exculpó de dos cargos principales en su contra: agresión sexual depredadora y violación en primer grado.

Sobre Harvey Weistein pesan más de 80 denuncias de conducta sexual inapropiada; a pesar de ellos decidió no declarar durante el juicio. Su defensa se basó en lo de siempre: desacreditar a las víctimas silenciando su voz. La sentencia de este caso es un punto de quiebre respecto a la violencia sexual.

El otro caso, es el del tenor Plácido Domingo. El informe del Sindicato de Músicos de ópera de América, precisó: las faltas del tenor van desde l flirteo hasta las proposiciones sexuales, dentro y fuera del ámbito del trabajo: En términos técnicos: acoso y hostigamiento sexual.

UNA VEZ MÁS, EL ABUSO DE PODER SE MATERIALIZÓ EN VIOLENCIA SEXUAL.

Estos casos son muy útiles para comprender la violencia sexual: muestran que el nivel educativo no es un factor determinante para ser un agresor sexual. Lo más importante en la mayoría de los casos es la decisión del perpetrador – del protagonista, del violador – es humillar con su cuerpo de manera sexual a la víctima. En otras palabras: el acoso, el hostigamiento o la violación son demostración de poder, mediada con el cuerpo con hostilidad sexual, en diversos grados, en la que el agresor humilla a la víctima, privándola de la capacidad de decisión sobre su propio cuerpo.

Todo es razonable y tal vez justo, mas estas preguntas: la mente de una mujer cómo discrimina cuándo es acoso y cuándo es galante; ¿por qué hasta ahora? ¿Porque dejaron pasar tanto tiempo? ¿Existió la percepción femenina utilitarista de conveniencia laboral, personal? ¿Y la mujer no acosa?