El pasado martes 21 del presente, en Washington, capital de los Estados Unidos y específicamente en el Senado, se inició, ante la ciudad y el mundo, el juicio político – impeachment – a Donald Trump, promovido por los diputados Demócratas – que son mayoría natural y calificada en la Cámara de Representantes – que tiene como finalidad destituirlo de la presidencia.
El juicio es de pronóstico reservado, pues, aunque están las pruebas de los dos delitos que Nancy Pelossi – líder de los representantes – entregó, y acreditó, al Senado, el trabajo de sus fiscales – siete – es demostrar fuera de toda duda razonable, que Donald Trump violó la Constitución, puso en riesgo a la nación, la traicionó y aprovechó su poder ejecutivo para su beneficio personal y político.
Sin embargo, la incógnita está en si los senadores republicanos votarán en bloque o lo harán en base a su nacionalismo. Las reglas de este juicio ya fueron establecidas y como será cuestión de abogados, todos, demócratas y republicanos están atrincherados en sus posiciones y son inamovibles.
Con franco desprecio por la seguridad electoral de su país, los republicanos buscaron establecer lineamientos para “aparentar un juicio”, no para esclarecer los hechos. La admisibilidad de las pruebas no es automática, sino que su consideración se sometería a votación y no admiten que se cite a declarar a testigos. Así, las reglas originalmente propuestas son contrarias a cualquier intuición mínima de justicia. Las propuestas republicanas buscan un juicio rápido, en lo oscurito, con pruebas seleccionadas y sin testigos: una parodia de juicio.
Y, además, eliminaron la posibilidad de solicitar documentos a la Casa Blanca, al departamento de Estado y a la oficina del presupuesto.
Más allá de filias y fobias políticas, la válvula que bombea el juicio político es la injerencia extranjera en las elecciones: la trama rusa quedó demostrada, pero no alcanzó a llegar a la Casa Blanca. Todo lo investigado – filtraciones, documentos y declaraciones – son suficientes para demostrar que Trump utilizó su poder como presidente, a cambio de pesquisas electorales en un gobierno extranjero en contra de su oponente.
La “Diplomacia Paralela” ejercida por Trump es claro ejemplo de tráfico de influencia y falta de patriotismo. ESOS SON MOTIVOS PARA SUSTITUIRLO DE LA CASA BLANCA, SIN EMBARGO, LOS REPUBLICANOS HAN DECIDIDO DAR LA BATALLA POR ÉL: EN CONTRA DE LA SEGURIDAD ELECTORAL, Y NACIONAL, EN CONTRA DE SU PAÍS.
En Davos, Suiza, Donald Trump desestimaba los argumentos de los demócratas al tiempo que su hija ejercía funciones que no le son propias, ni le corresponden y Trump hizo lo que sabe hacer: NEGAR, MINIMIZAR Y MENTIR.
PARA DONALD TRUMP, AUN EN MEDIO DEL IMPEACHMENT, LA LEY Y LA ÉTICA LE SON IRRELEVANTES. SU OBJETIVO SON LAS INFLUENCIAS Y EL PODER; SU PATRIA ES SU CUENTA BANCARIA Y, SU DIOS, ES EL DINERO – QUE NOSE OLVIDE: COMPRA ÚNICAMENTE LO BARATO.























