En estos dos días iniciales de noviembre – 1° y 2 de noviembre – la sociedad nacional se concentra en los cementerios, panteones e iglesias y los viste de color y ritmo en memoria de sus seres queridos que cumplieron su función en la vida o terminaron prematuramente su existencia y fue detenida por la naturaleza.
Estas fechas, en unió con las del calendario cívico son las únicas que mueven a todo el país y los reúne en torno a seres queridos, unidos o con la familia o con la Historia Patria, fortaleciendo así las tradiciones.
Si bien, todas las culturas mundiales – monumentales, grandes o pequeñas – conceden espacios y estructuras místicas, sacras y teogónicas en torno de los fallecidos o muertos, nuestras culturas precolombinas-precortesianas la configuran de una manera muy especial, que le conceden un valor, un significado muy diferente, totalmente distinto a las de todas las culturas del mundo.
A diferencia de los griegos y romanos que respetaban las zonas y umbrales de ultratumba; del catolicismo que respetaba a los muertos y construyó edificios rituales y sacramentales, las cultura novohispana también convivía con los muertos, pero la gran diferencia estribaba en que los invita a visitarnos, a disfrutar de sus gustos alimenticios, musicales y, finalmente, hasta se conversa con ellos, se disfruta la mesa y, hasta se los comen, representadas en panes y galletas y como complemento, hasta se burla de ellos – de los muertos de los otros, no de los propios.
Pese a la incorporación de costumbres contemporáneas extranjeras, de fines comerciales, como el llamado Halloween – nuestra tradición de recordar a nuestros seres queridos fallecidos, es una tradición nacional trascendental, que sobrevivirá a los tiempos y a todas las circunstancias sociales.
Debemos recordar a nuestros seres queridos y honrarlos.
Este comportamiento como sociedad no hace fuertes, nos cohesiona como nación y nos fortalece como mexicanos.























