Y leyendo el fin del primer acto se llega al inicio de los simbolismos, que no lo son tantos si revivimos lo que canta, imagina, su provincialismo y catolicismo:
Truenos de nuestras nubes, que nos baña
de locura, enloquece a la montaña,
requiebra a la mujer, sana al lunático,
incorpora a los muertos, pide el Viático,
y al fin derrumba las madererías
de Dios sobre las tierras labrantías.
Trueno del temporal: oigo en tus quejas crujir los esqueletos en parejas;
Oigo lo que se fue, lo que aun no toco,
Y la hora actual con su vientre de coco.
Y oigo en el brinco de tu ida y venida
¡oh trueno!, la ruleta de mi vida.
Los veinte versos del intermedio son completo simbolismo sobre nuestro Primer Héroe Nacional, Cuauhtémoc: la visión literaria-estética de su historia y su destino en ese día, la caída de Tenochtitlán y el fin del Horizonte Imperial Azteca: ¡Único héroe a la altura del arte!
Todo el segundo acto son estampas suyas de la ciudad que crecía y cambiaba…
Suave Patria: tú vales por el río
de las virtudes de tu mujerío.
Tus hijas atraviesan como hadas,
o destilando un invisible alcohol
vestidas con las redes de tu sol,
cruzan como botellas alambradas.
Y qué él, Ramón López Velarde, no deseaba que creciera. Quería que siguiera igual:
Suave Patria: te amo no cual mito,
sino por tu verdad de pan bendito,
como la niña que asoma por la reja
con la blusa corrida hasta la oreja
y la falda bajada hasta el huesito.
Inaccesible al deshonor, floreces;
creeré en ti, mientras una mexicana
en su tápalo lleve los dobleces
de la tienda, a las seis de la mañana,
y al estrenar su lujo quede lleno
el país, del aroma del estreno.
Patria, te doy de tu dicha la clave:
sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;
cincuenta veces es igual el Ave
taladrada en el hilo del rosario,
y es más feliz que tú, Patria suave.
Y termina, con visión realista…Como la sota moza, Patria mía,
en piso de metal, vives al día,
de milagro, como la lotería.
…construyendo una extraordinaria metáfora, con imposible deseo:
Sé igual y fiel: pupilas de abandono;
sedienta voz, la trigarante faja
en tus pechugas al vapor; y un trono
a la intemperie, cual una sonaja:
¡la carreta alegórica de paja!
La poesía e imágenes de Don Ramón López Velarde me llegaron muy hondo; cuando la fortuna laboral me llevó a trabajar en la escuela normal rural Gral. Matías Ramos Santos, establecida en San Marcos, del municipio de Loreto, Zac., en 1973 visité Jerez y acudí a su casa – hoy museo –; caminé algunas rutas suyas – desde La Bufa, vi que el tren va por la vía ¡como aguinaldo de juguetería! – y entendí la devoción de su sangre, la zozobra de su afecto y el son de su corazón, su espiritualismo, provincianismo, y su soledad – un fláneur -; quise entender su ilusión=obsesión por Josefa de los Ríos – Fuensanta -, como después lo efectos del desamor de Margarita Quijano, a quien le propuso matrimonio y noviazgo, finalmente (y con quien, nocturnamente, vía teléfono, conversaba, todas las noches ¡hasta más de dos horas!) – sus amores imposibles por los convencionalismos del momento, que los desahogó en las huríes, las odaliscas, las azafatas de la carne.
Tratando de entenderlo adquirí parte del mensual Calendario de Ramón López Velarde; comprendí muchas imágenes, sentí sus rimas y metáforas, y me quedé con su mundo, y el manejo de las comas (,) … ¡Qué sea para bien!























