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Rafael Acosta “Juanito” se convirtió en el sueño cristalizado de muchos esclavos de la política mexicana contemporánea.
Los “Juanitos” son esos personajes que levantan las banderolas, que cargan los cartelones, que hablan por los megáfonos, que hacen vallas para salvaguardar a sus candidatos, o aquellos que encabezan las protestas de sus partidos políticos -en muchas ocasiones de forma violenta-.

Juanito es el gran ejemplo para aquella masa de gente, que fungen como seguridad, porristas o vitoreros en los mítines políticos de las plazas públicas, con ideologías multicolores, y que muchas veces lo hacen por una torta y un refresco, o por la esperanza de que les darán un “huesito” cuando su “gallo” o “gallina” gane.

Juanito es la encarnación de la posibilidad de acceder al poder, para aquellos que no tenían esperanzas de pasar nunca de “bueyes de carga” o de “perros de pelea”. Gente, que por supuesto, tiene válidas y legítimas aspiraciones de aspirar a ostentar un cargo público, pues nuestra democracia no se los prohíbe, ni nuestra constitución. También puede ser que lo merezcan, pues muchos de ellos son los que se “chingan” y se la “parten” en el trabajo político cotidiano, el de verdad, no el de la pose para la foto.
No debió ser fácil para Juanito ser el objeto de burlas, el objeto de ninguneo por parte de seudo señores de la política como Fernández Noroña, que de imbécil no lo bajaba. No debe ser fácil para los secretarios particulares, para los oficinistas de los partidos políticos, para los encargados de la logística de eventos, aguantar los malos humores de los políticos que son los jefes en turno, de las divas del momento.
Los “juanitos” ven pasar a sus “jefes” en un desfiladero sin fin, rotándose en un círculo vicioso, maligno, perverso. De diputado a Senador, de Senador a Diputado, de Alcalde a Regidor, de Secretario a Funcionario, brincando como chapulines. Y ellos, los de abajo, los bueyes de carga, los pelagatos, nunca… nunca tendrán su oportunidad de brillar con luz propia.
Por eso Juanito es importante, porque representa esa conversión de los papeles. Del plebeyo que se le revela al príncipe de las tinieblas -nada más y nada menos que al propio AMLO-, al intocable, al amo y señor, al que hace y reparte la justicia divina de la política “de altura”. Al que hace jurar a un Juanito, cuyo nombre ni conoce ni recuerda, momento del cual queda evidencia pública.
No debió ser fácil para el hombre encintando de la cabeza, que se tragó la mierda de la política salida de una cloaca, y le reviró con un golpe mortal a su hasta entonces “admirado” líder López Obrador.
No debió ser fácil para Juanito, ser el pobre que se chingara el lomo todos los días en su trabajo real, no en el político, si no en el que le daba de comer, en sus puestos ambulantes, mientras los Di Constanzo, los AMLO, los Noroña, los Batres, los Bejarano, los Ebrard, traían choferes, trajes caros, hacían comidas lujosas, teniendo grandes y benévolos sueldos y prestaciones, mientras Juanito ganaba una miseria.
Por eso mismo, a la primera de cambio, Juanito también quiso comprarse trajes Hugo Boss en la Plaza Antara de Polanco. Con ese traje se iba a vestir de príncipe, aunque fuera del jodido Iztapalapa, pero príncipe al fin y al cabo.
No debe ser fácil para los miles de Juanitos, que se parten la madre diariamente en todos los partidos políticos, en donde solo los ocupan de “gatos” y los menosprecian. Por eso cuando Juanito no accede a entregar la valiosa plaza de Iztapalapa -cuyo valor calculado es de 3 mil millones de pesos-, la vox populi se ensalzó y lo enalteció: “NO RENUNCIES JUANITO”, le decían y le cantaban las sirenas “chilangas” que le endulzaron los oídos tapados por su cinta tricolor.
Pero eso, la vox pópuli inocente, fue acompañando en su aventura a Juanito, aderezado por un interés menos inocente: el de los medios tradicionales de comunicación, que querían ver destrozado a Andrés Manuel.
Entonces, utilizaron al pobre -a quienes algunos llaman estúpido- de Juanito para sus menesteres. Le pusieron en charola de plata ante sus micrófonos y cámaras, para así dejarlo en evidencia. Lo entrevistaron sus caros periodistas, y le dieron minutos de tiempo aire que cuestan juntos una fortuna. Esto no es gratis, alguien lo tenía que pagar.
Y quienes lo pagaron fueron los habitantes de Iztapalapa, ahora desilusionados después de tres años de mal gobierno de Clara Brugada, como lo estuvieron con los políticos que los gobernaron anteriormente. A expectativas muy altas, caídas más duras.
¿Y los juanitos? Seguirán siendo los mismos, los gatos de sus jefes, esos señores feudales de la gran política. No subirán de categoría, ni con otra Revolución Mexicana -que por cierto, solo reivindicó e hizo más fuertes a los caudillos que ya existían desde antes de la misma-.
¿Y Juanito? Se lanzó apenas como candidato “independiente” a la Presidencia de la República y asegura tener 30 millones de votos. Es lamentable su ambición sin convicción. Deberíamos darle una lección, y vetarlo para siempre de nuestras palabras y menciones. Así se dará cuenta que es un Juanito de bolsillo, utilizable para quién se deje querer. O, tal vez, lo más seguro, sólo quiere que lo pongan donde hay. Juanito observa a los ratones gordos comer mucho queso, y obvio, a él también se le antoja ser parte del grupo de Alí Babá y los cuarenta ladrones que representa nuestra clase política, que evidentemente, no tiene mucha clase.
Publicado en la Revista Gurú Político (http://www.gurupolitico.com)  y reproducido con la autorización de su Director.
Politólogo con estudios en el Tecnológico de Monterrey, Campus Monterrey. Consultor Político. Director General de Gurú Político. Consejero Ciudadano del Observatorio Mexicano de la Homofobia (OMHO). Ha publicado en diversos medios nacionales, cómo Excélsior, y portales en línea. Correo: [email protected] Twitter: @GuruPolitico Facebook: ElPoderdelasIdeas