Nuestra secretaría de relaciones exteriores está viviendo en un mar tormentoso: la política pública sobre migraciones de América Central es inexistente, y si existe, está determinada por los Estados Unidos.
Motivado por las presiones multitudinarias de demandantes de ingresar a los Estados Unidos, mostrado por la constante y excesiva detención de migrantes de origen centroamericano, mayoritariamente, guatemaltecos, hondureños y salvadoreños – a los que se incorporan africanos, asiáticos y árabes, obligó a las autoridades políticas de nuestro país a “hacer algo”, porque en palabras de Donald Trump, su presidente, México nada más habla y habla y no hace nada ni hay nada.
Entonces amenazó con establecer una gradual política fiscal de aranceles del 5%, si el pasado 10 de junio – que se incrementaría a 10%, 15%, 20% y hasta 25% cada mes, si nuestras autoridades políticas y públicas no hacían algo positivo.
Y se hizo y debió cambiarla en un giro de 180 grados:
Ante la política de Puertas Abiertas de República Amorosa – de permitir el paso por el territorio nacional, ofreciéndoles TODO – alimentos, transportes, albergues, seguridad, protección, atención médico asistencial y hasta trabajo, y transporte de regreso a su país de origen -, cambió a una política de contención, que es lo clásico, natural y acostumbrado entre naciones, ahora se les pide-demanda-exige su pasaporte, porque pasaban así sin mostrar ningún documento de identificación personal y, finalmente los responsables de la política migratoria Francisco Garduño, comisionado de migración nacional, expresó que nuestro país no tiene dinero para pagar los alimentos, ni el transporte ni la seguridad, lo que agradecieron las autoridades políticas de los estados y municipios en las rutas de las caravanas y oleadas migratorias.
Todo esto es un cambio correcto, razonable, justo entre naciones.
Lo que no está bien, por ningún lado es que se pretenda imponer un plan de desarrollo para los países generadores de migrantes – Guatemala, Honduras y El Salvador -. No es posible, ni recomendable que nuestro país interfiera en cuestiones propias de otros países; destroza la política de no intervención en los países y respeto a la autodeterminación de los pueblos, de larga tradición, desde Don Benito Juárez; ese plan está basado en una ficción: no es, básicamente, la falta de trabajo lo que mueve a los ciudadanos de esos países, lo cual es cierto, pero es la injusta alta convertibilidad de su moneda en relación con el dólar y los migrantes desean y a eso aspiran a cambiar otra visión de vida y por eso van tras el sueño americano, porque dinero, tiene o lo consiguen, pero ellos lo desean permanente y están dispuestos a la aventura y pagan hasta diez mil dólares – cerca de $ 100,000 pesos M.N. -, por el viaje, como sea y cuando sea, pero llegar a los Estados Unidos.
Tampoco está bien que el presidente de la República entregue a autoridades de El Salvador 30 millones de dólares y ofrezca completarle 100, cuando aquí faltan muchas inversiones en infraestructuras – agropecuaria, rural urbana, industrial, vial, transporte, alimenticia, etc. Somos candil de la calle. oscuridad de nuestra casa.























