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Como algunos mexicanos saben, el primero de mayo se celebra un aniversario mas de la lucha por la reivindicación obrera. Es un dia  instituido por la Segunda Internacional, en el ya lejano 1889, en memoria de los trabajadores que fueron detenidos y ejecutados por manifestarse en Chicago pidiendo lo absurdo para esa época; una jornada laboral de ocho horas. La mayoría, si no es que todos los que ese dia durante el desfile portan pancartas con  leyendas alusivas a los  “Mártires de Chicago” con toda seguridad no saben bien a bien de que se trató el asunto.

En México se reconoce al 1° de mayo mas que nada como un dia feriado en el cual algunos trabajadores salen a desfilar, muchos de ellos con el compromiso de su sindicato de reponerles el dia posteriormente (con tal de que desfilen). A otros su sindicato o la misma empresa se los retribuye económicamente.


Repasando la historia recordaremos que las condiciones laborales existentes en el siglo XIX y antes eran francamente criminales; las jornadas eran extenuantes; el trabajo, mal pagado, las condiciones laborales variaban de malas a pésimas, la protección en el trabajo era mínima o nula,  la seguridad social ni la conocían, la explotación infantil era la norma, mas un largo etcétera. En este contexto los primeros sindicatos efectivamente lucharon y lograron una buena cantidad de mejoras laborales, condiciones dignas y sobre todo humanizar el desempeño laboral de sus agremiados.

Pero hagamos cuentas en este siglo XXI ¿Cómo han evolucionado los sindicatos en México?  No todo es bueno y si muchas cosas son definitivamente malas. Algunas de las  llamadas “conquistas sindicales” son verdaderos asaltos a la razón y otras mas bien causan indignación  Muchos obreros, pero básicamente sus líderes, se han convertido en una casta que ha obtenido grandes privilegios. Los sindicatos se han transformado en auténticas mafias que no tienen otros fin que solapar la improductividad, la corrupción y la  ineficiencia. ¿Ejemplos?, es suficiente visitar y observar el funcionamiento de cualquier oficina gubernamental con sus ineptos, majaderos e ineficientes burócratas; las unidades de CFE, IMSS, ISSSTE SSA, Tesorerías, Correos etc. con sus recepcionistas que no pueden ocultar su antipatía por el genero humano o recordar  las afortunadamente extintas oficinas de Luz y Fuerza para constatar la pobre calidad y nula oportunidad de los servicios que prestan una buena parte de los trabajadores sindicalizados (no todos, aclaro). Y si a un ciudadano común se le ocurre quejarse con alguno de los abundantes y mediocres minijefes de esas dependencias, este nos argumentará que esos empleados estén amparados por un sindicato y que poco o nada se les puede exigir, so pena de crear un verdadero conflicto laboral. Y ¿Qué podemos decir al observar las casas de los trabajadores de la CFE, iluminadas como perennes arbolitos de Navidad por el insultante despilfarro  energía que a ellos no les cuesta?.

Francamente lamentable, pero los sindicatos han derivado en auténticos cotos de poder en los que se practica la asignación discrecional de plazas,  la corrupción por medio de la venta de las mismas,  la sustracción de material y el robo descarado del patrimonio público al atentar contra instalaciones y propiedades gubernamentales, que son a final de cuentas, propiedad de la nación. Y por si faltara algo podemos agregar la humillante práctica del acoso sexual; degradante situación al parecer inevitable en las bolsas de trabajo, oficinas de escalafón y cambios de adscripción, tanto por el lado sindical como por el patronal. Si la trabajadora es razonablemente atractiva y desea obtener una base o acelerar su cambio, el trámite pasa por el colchón.

A cualquier ciudadano honesto le indigna contrastar la pobreza del simple trabajador con el lujo y el derroche que ostentan sus millonarios líderes. Repugna constatar la existencia de un Gamboa Pascoe, la descarada corrupción y lujo insultante de un Romero Deschamps, el vergonzante oportunismo político de un Hernández Juárez,  personaje que en 1976 encabezó un movimiento contra el reeleccionismo sindical de Salustio Salgado, con el apoyo del entonces presidente Luis Echeverría,  para arribar a la dirección del sindicato de telefonistas. Desde entonces, hace más treinta años, Hernández Juárez ha sido el reelecto, una y otra y otra vez como  Secretario general, antes con el apoyo del PRI y hoy del PRD.

Y ni hablar de esa tragedia que es el sindicato magisterial,  impresentable estructura en cualquiera de sus dos vertientes,  paradigmático de  todo lo detestable de un sindicalismo mal entendido. Ese amerita no un artículo, sino un libro completo. Y como ya me acabé el espacio aquí le paro.

Alejandro Vázquez Cárdenas
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