Por: Carlos Álvarez Acevedo

Estoy viajando a la Ciudad de México, se acabaron las vacaciones, se van los visitantes y la realidad cotidiana regresa a mi ciudad. El operativo de seguridad que aquí implementaron las fuerzas federales -en una de las entidades más conflictivas del país- no da resultados.

Movieron la cobija de otros lugares de la República para taparnos a nosotros. Pero al final, todos nos quedamos con frío. Los policías federales hacen labores de tránsito locales, los marinos se pasean con riesgo, ante un calor inclemente y una evidente falta de estrategia. Se ven las caras compungidas, de hombres y mujeres, que no serán héroes de la patria, al menos no en estos tiempos de incertidumbre y traición.


Antes de llegar a Cuernavaca nos paran en un retén militar. Soldados muy jóvenes nos piden que bajemos del autobús, pero sólo los hombres, las mujeres se quedan arriba. Nos dicen que es una revisión de rutina en base a la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos. Es obvio que lo que realmente querían decirnos es que buscaban armas o drogas en nuestro equipaje.

Nos hacen formarnos en una línea más que irregular, nos dicen “vaya para allá”, de inmediato reculan, “venga para acá”. Preguntan “¿a qué se dedica?”, les respondí “soy consultor”, bien le podría haber dicho “soy proxeneta”, ya que mi respuesta no les interesaba, no me escucharon. Así con todos, preguntaban que había en las maletas, pero no las revisaban. Enfundados en una mezcla de temor, falta de experiencia e impaciencia, los jóvenes soldados nos dejaron ir sin dar ni las gracias.

Cuando me senté de nuevo, me asomé a la ventana y vi a lo lejos un vehículo en el que parecían estar sus superiores. Soldados de más edad, que se reían entre ellos y ni siquiera voltearon a ver o a supervisar lo que hacían sus subordinados. Me sentí indignado e impotente. Nos habían quitado 20 minutos del tiempo de viaje, y aún me faltaban dos horas para llegar a mi destino. El dichoso operativo no sirvió de nada, ni revisaron bien los equipajes, y nunca sabrán si, efectivamente, alguno de los pasajeros era un delincuente en potencia.

Tampoco supe -me quedé con la intriga- de por que diferenciar entre hombres y mujeres, ¿qué las mujeres no pueden ser delincuentes? ¿acaso no existe la Reina del Sur? ¿no leyeron la novela Pérez-Reverte? Creo que la hostilidad con la que los militares nos trataron dejó en evidencia su falta de capacitación sobre una guerra para la cual no estaban preparados. Una guerra civil, que ellos, bajo subordinación castrense, no pueden manejar con buenos modos.

“Lo hoy se ve como preocupación, el día de mañana será motivo de orgullo y de fortaleza”, se jactó recientemente Calderón sobre su estrategia contra el crimen organizado. “Se ha criticado mucho, se han dicho muchas cosas, algunas de ellas, por cierto, falsas. Pero es muy claro, en honor a la verdad, que a la fecha no hay en el debate público ninguna alternativa verdaderamente distinta, viable, clara, a lo que se está haciendo hoy”, dijo, mostrándose como un Presidente de los mexicanos, que no sólo es ciego, sino que también es sordo.

Tiene razón Calderón Hinojosa en que su guerra ha sido duramente criticada, pero se hace el que no sabe -o de verdad no lo sabe- sobre la inmensa cantidad de propuestas y soluciones distintas que se le han manifestado para terminar con su fallida guerra, que según las propias cifras oficiales ha dado como resultado 40 mil muertos, aunque otras cifras, como las dichas por el Departamento de Seguridad de Estados Unidos, manifestaron reconocer a 150 mil personas fallecidas, lo que para muchos ha sido un exterminio indiscriminado de personas. Es por eso 22 mil mexicanos, incluyéndome, interpusieron una petición a la Corte Penal Internacional de La Haya, para que investigue a Felipe Calderón y a su gabinete de seguridad, entre ellos al oscuro García Luna.

El mismo día por la noche regreso a mi ciudad. Me bajo del autobús, salgo a la calle, veo tanquetas del Ejército, camionetas pick up con policías cubiertos del rostro con pasamontañas, puntos de revisión en plena zona turística, en donde los elementos de seguridad escogen de forma aleatoria, sin ningún criterio, a quién detener para que sea interrogado.

El capricho de Calderón nos ha salido muy caro. Su terquedad no le ha valido ganar su guerra, pero si le otorgó la capacidad de venderla a nivel continental. Se prepara para un posible cargo directivo ante una instancia de seguridad Iberoamericana que combatiría el narcotráfico. Con este premio a su testarudez se compraría un boleto legal -que no ético- a la impunidad. Bajo el cobijo de Estados Unidos, Brasil y Colombia, ya no tendría que enfrentar a las instancias de justicia internacionales, que lo habrían investigado y luego juzgado por genocidio o crímenes de guerra. Habría que ver la película “El escritor fantasma” (The Ghost Writer), dirigida por Roman Polanski, para equiparar la seriedad de una acusación de tal magnitud.

En la película, un primer ministro británico que durante diez años de su gobierno hace todo lo posible por complacer la voluntad de Washington -apoyándolo incondicionalmente en su intervencionismo militar en Irak y en la lucha antiterrorista- emplea los mismos métodos de tortura y asesinato colectivo que sus adversarios. Por esto, es obligado a un exilio forzado en Estados Unidos cuando un ex colaborador lo denuncia ante el tribunal de La Haya por su complicidad en las reiteradas violaciones al derecho internacional y a la tortura de prisioneros de guerra iraquíes.

Eso es a lo que Calderón justamente teme, es el fuego en el que arden sus demonios internos, condenados a un amargo purgatorio por todos los crímenes -documentados- cometidos contra civiles, bajo la absurda justificación de que son víctimas de daños colaterales. Es la realidad de una guerra que Calderón ordenó, que se salió de control, en donde la sangre de los inocentes ha sido derramada en vano. ¿Quién pagará los platos rotos? la población, ¿quién pagará las cuentas y los saldos en rojo? no será él, no esta vez.