Dos, o más dos, funestos sucesos, y lamentables llamaron la atención en estos últimos diez días de abril que, por el sensacionalismo de los hechos, de por sí dramáticos, no permite ver el bosque y la mayoría de la sociedad se va por lo notorio, el momento.
El primero de ellos es la terrorífica muerte de tres estudiantes de la universidad tapatía, de alguna de sus escuelas de comunicación y cinematografía, que realizaban una tarea-trabajo testimonial, fílmico, al que habían nominado TERROR, mal augurio sobre su destino final: por un error-mala interpretación de algunos halcones que vigilaban un inmueble ingenuamente facilitado – por una tía de uno de los estudiantes – para efectuar parte de la filmación, fueron confundidos como miembros de una pandilla contraria a la del Cártel Jalisco Nueva Generación, detenido, secuestrados, asesinados y entregados a un joven rapero, quien los deshizo en ácido sulfúrico.
Llama la atención que el joven es un notoria estrella del rap, con facilidad para versificar; con imagen en los redes sociales y con varias canciones que indican y muestran su perfil; a este joven su jefe le pagaban tres mil pesos semanales.
La nueva palabra, así como el huachicol, huachicolear es pozolear, que sumadas a la de hornear, cazuelear – calificativos dado entre ese nivel de la delincuencia organizada al hecho dramático, desaparecer físicamente, sin dejar rastros a los cadáveres, que desean no aparezcan jamás, fortalecen el triste vocabulario utilizado.
El otro suceso es la desaparición de seis jóvenes – cinco tlaxcaltecas y un oaxaqueño – que salieron de su área para disfrutar de unos días del mes de abril; salieron en dos automotores y fueron vistos el 4 de ese mes. Los automóviles que utilizaron fueron localizados calcinados, pero si rastros de ellos. Se sabe, porque se tiene registros, que algunos de ellos intentaron, a la fuerza, involuntariamente, subir-detener-secuestrar a una joven, fueron detenidos, pero ni fueron sancionados con una multa, ni torturados y fueron dejados en libertad. No se sabe más de ellos. Se especulan varias hipótesis, y la que no se cita es que pudieran haber sido detenidos y secuestrados por habitantes de la región, amigos, familiares de la joven que intentaron secuestrar. Como no se sabe nada más, todo es pura especulación.
Mas haciendo a un lado el sensacionalismo de los dos funestos hechos, sin echar la culpa ni la responsabilidad al gobierno, al Estado, un poco de responsabilidad lo tiene los docentes de la materia para cuya evaluación realizaban el trabajo de filmación, por no revisar todo el guion y las locaciones y los jóvenes debieron de conocer si el inmueble era-estaba caliente, pues, se sabe que la dueña de la casa estaba señalada como vinculada al lenocinio-trata de mujeres-prostitución, además de ser familiar de un conocido protagonistas delincuencial.
Debe llamar la atención que, como en el caso de Iguala, los delincuentes quitan la vida con una asombrosa naturalidad y facilidad. No le tienen temor a nada, y a la autoridad, menos. ¿A qué se debe esto de nuestros jóvenes? Es una evidente muestra del fracaso de nuestras familias, de nuestros servicios educativos – entre otras cosas, por no formarlos con respeto a las normas, a sembrar y consolidar valores – y de la deficiencia, incompetencia e ineficacia del hecho de gobernar. Los escenarios de violencia están llegando a nuestros jóvenes, ninis o no, pero está llegando y eso es mucho más peligroso, tan lo es que es una mina que destruirá nuestra sociedad. Además, es muestra de que está mal nuestra sociedad y, es sumamente importante, que realicemos la renovación moral de nuestra sociedad nacional, o pereceremos