No es un secreto que la inseguridad está presente.
Que la inseguridad está imparable.
Que la inseguridad cubre todos los grados circunferenciales de la sociedad.
No existe ni un espacio, ni una profesión, ninguna ocupación y ninguna condición social económica, cultural física, que haya sido respetada por la delincuencia – organizada o no -.
Es muy evidente, y sumamente sensible, que las autoridades de los tres niveles de gobierno – municipales, estatales y federales – y por las razones que sean y se justifiquen han fracasado ante el combate la inseguridad.
Se pueden señalar a culpables – inicialmente, la más inmediata -, las policías municipales que son cuantitativa, cualitativa y materialmente superadas por la delincuencia de todo tipo. Esto podrá negarse y hasta ufanarse de que no es cierto, pero la realidad es evidente y los números son fríos y ante esto no hay justificación que lo soporte.
Mas existe un factor que todos los actores responsables callan, eluden y solapan: la presencia entre los miembros de la sociedad de la falta de miedo, de carencia de respeto, ni a la autoridad, ni al gobierno, ni a la Iglesia.
La sociedad actual – sus miembros, todos, sobre todo los menores de 40 años – parece no tener miedo a los padres, a los representantes de la ley ni a cualquiera de sus Dioses. NO LES TIENEN TEMOR.
Y si se comete algún delito notorio, ahí está la comisión estatal defensora de los derechos humanos que los defiende, los respalda y hasta los protege.
Pero más que otra cosa es la carencia total de miedo, de temor y, como complemento, falta completa de valores de respeto y como agregado, que la corrupción ha permeado a todas las capas de las sociedad.
Y todo esto es sumamente grave.
Más allá, está la Ley de la Selva, la Ley del Más fuerte, que es la muerte de cualquier sistema democrático de organización social.





















