En estos últimos días de junio, mes de las elecciones de este año electoral, la sociedad nacional fue sobresaltada por la filtración, la indiscreción, la difusión y los comentarios comedidos, así como las consecuentes manifestaciones contra tal hecho, que llegaron hasta instituciones internacionales.

Todo inició con una nota-reportaje de un diario extranjero que contenía la información simple de que una empresa Israelí había vendido un programa electrónico indetectable para efectuar espionaje telefónico y, complementaba la nota con los nombres de las personas que eran espiadas-escuchadas, todas ellas periodistas y activistas de los derechos humanos y organizaciones parecidas; dentro de la nota se matizaba la información señalando que dicho programa únicamente se ofrecía-vendía a los gobiernos de las naciones, no a particulares.

Se levantó una marejada de espuma.

Se hicieron foro, manifestaciones frente a gobernación, etc., et6c., y el flamígero dedo acusatorio señaló al presidente de la República como el causante de todo; finalmente el señor presidente debió salir al frente para acabar con esta marejada y se dijo espiado y que ordenaría a la PGR para que efectuase la averiguación correspondiente y la diera a conocer.

Hasta aquí están las cosas.

Mas, todo parece indicar que fue un simple distractor: nadie se acuerda ya de los resultados de las elecciones pasadas. Todas las baterías están enfocadas para meter la cuchara en algo tan común, tan cotidiano y general: espiar.

Escuchar conversaciones telefónicas – y ahora con la popularización de la electrónica, los mails, los WhatsApp, los recados de texto, las fotos inmediatas, los comentarios de Facebook y los twiter, tan popularizados por Donald Trump – es tan común que ya no se tiene uno qué espantar de la acción.

Espiar es una obligación de Estado y todos los Estados lo hacen y tienen instituciones cuya función específica es la escucha; incluso la Iglesia católica lo hizo y lo hace: razón de ser del llamado sacramento de la Confesión.

Lo que se debe hacer, lo que debemos hacer es ser mucho más precavidos y no decir por teléfono ni por los mails, los twiter, los Facebook, los whats, etc., etc., cosas importantes, indiscretas, íntimas y utilizar los viejos procedimientos tradicionales: los correos personales, los corresponsales, los enviados y si se puede los mensajes cifrados, en clave; muchos personajes cayeron por su indiscreción en relaciones íntimas y si va a realizar algo importante, esté lejos, muy lejos de los teléfonos con micrófono-cámara y no lo diga por teléfono, como lo recomendó el sempiterno líder de los telefonistas, Francisco Hernández Juárez.

Pasado este distractor, esperar al siguiente.