PARA EL POLÍTICO, SÓLO EXISTE UNA VERDAD, CONSTITUIDA POOR LA REALIDAD. TODO LO INSTALADO EN EL TERRENO DE LO IMAGINARIO NO ES VERDADERO. SU VISIÓN DEL MUNDO Y DE LA VIDA ESTÁ DETERMINADO POR UNA MATERIA RÍGIDA, FINITA Y COMPACTA. NO TIENE LAS CARACTERÍSTICAS DEL ENSUEÑO, SIEMPRE DÚCTIL, SIEMPRE INFINITO Y SIEMPRE DIFUSO…QUIZÁ NO SABÍA (ERNESTO ZEDILLO) QUE, EN LAS DEMOCRACIAS MODERNAS LOS PRESIDENTES TIENEN PARTIDO. LOS REYES NO LO TIENEN NI DEBEN TENERLO. PERO LOS PRESIDENTES SÍ LO TIENEN Y, ADEMÁS, DEBEN TENERLO. EL JEFE DE LA BANDA, DE JOSÉ ELÍAS ROMERO API. PLAZA Y VALDÉS. 1ª. EDIC. OCTUBRE DE 2015.
Mi amigo, y paisano, Eustolio Hernández Vázquez, me recomendó 2 libros y un documental; el documental me lo he repetido y, después de comprarlos, uno de los libros ya lo disfruté y estoy por iniciar EL CAPITAL EN EL SIGLO XXI, de Thomas Piketty, editorial FCE.
El Jefe de la Banda me generó bastantes reflexiones e imágenes y una de ellas, acaso para mí la más importante, con el debido reconocimiento y respeto del señor José Elías Romero Apis, la comparto. A su término agrego mi reflexión.
“No se puede decir que el siglo XX mexicano fue un siglo perdido. Eso sería humillante para un pueblo que ha invertido esfuerzo, tiempo y sufrimiento para cimentar y edificar sus instituciones.
Se podría listar una mínima relación de las instituciones y sistemas que los mexicanos hemos creado en los últimos 100 años. Dicho sea de paso, los mejores años de nuestra historia.
México es uno de los dos países del mundo republicano que ha gozado de estabilidad política institucional por más tiempo, de manera ininterrumpida. El otro son los Estados Unidos. De los muchos indicadores que podrían tomarse en cuenta para una medición de la estabilidad, me conformaría con los siguientes:
Segundo, desde hace 98 años las elecciones mexicanas, tanto generales como intermedias, se han celebrado en las fechas que lo ordena la Constitución, sin que se hayan suspendido o pospuesto en ocasión alguna. En efecto, desde 1917, México ha celebrado 19 elecciones presidenciales, 20 senatoriales y 38 para diputados federales. En total, 77 procesos electorales.
Tercero, durante ese mismo y prolongado tiempo, los poderes federales han quedado integrados, instalados y funcionando sin ninguna interrupción y sin ninguna dilación.
Cuarto, así mismo esos poderes públicos nunca han dejado de funcionar ni un solo día ni se han desintegrado ni han quedado vacantes. Adicionalmente, ningún poder se ha sobrepuesto a otro ni ha invadido su potestad ni ha impedido su funcionamiento.
En quinto lugar, no ha existido un solo día ni un solo intento de invasión exterior ni presencia de tropas enemigas o aliadas, para atacar o para defender el territorio o las instituciones mexicanas, salvo visitas militares protocolarias e invitadas con fines ceremoniales.
En sexto sitio, no han sucedido rebeliones o insubordinaciones generalizadas o prolongadas. Los incidentes cedillistas y escobaristas fueron muy locales, muy breves y no afectaron la estabilidad mexicana.
En séptimo y último lugar de este breve repaso, nunca ha existido una anulación electoral que impida la integración de los órganos de gobierno en sus fechas ordinarias y programadas.
Todo eso se llama estabilidad política y es uno de los bienes más preciados de los sistemas políticos civilizados. Baste decir que esos 98 años no los han gozado los países europeos con todas sus guerras, los países latinoamericanos con todas sus dictaduras, los países asiáticos, con todas sus inestabilidades ni los países africanos con todas sus calamidades.
Pero, además, debe subrayarse que la estabilidad política es un producto de la ciudadanía y no del propio Estado. La estabilidad impuesta por el régimen puede ser artificial y crítica. Sólo la derivada de la voluntad ciudadana es real y democrática.
La memoria es frágil, pero recurro a un recuerdo: en el 2006, los mexicanos vivimos los cinco meses que van del inicio de julio al 1° de diciembre sin saber, para comenzar, quién había ganado la elección presidencial y, para terminar, si el electo asumiría su encargo en los tiempos constitucionales. El día de la toma de posesión amanecimos con la incertidumbre de lo que pasaría.
Sin embargo, en esos cinco meses no pasó nada. No se afectaron los depósitos bancarios ni los mercados bursátiles ni la paridad monetaria. Nadie dejó de trabajar ni de ir a la escuela, al cine, al futbol o a los toros. Los comerciantes siguieron ganando, los estudiosos siguieron aprendiendo y los borrachos siguieron bebiendo. Cierto que los inconformes tomaron el Paseo de la Reforma, pero, con eso, sólo afectaron el ingreso de los meseros. A los parroquianos no nos pasó nada y a nuestros gobernantes, mucho menos que a nosotros. Esto es producto de una ciudadanía madura y serena que confía en sus instituciones y en su funcionamiento idóneo.
Estas reflexiones mueven a orgullo, pero, también, a preocupaciones. Porque a muchos mexicanos nos parece insensato que se hable, con tanta ligereza, de anulaciones electorales que jamás procederían, que se propongan interinatos absurdos, que se demande la no instalación de poderes públicos, Que se exija la alteración del orden institucional o que se pretenda simular que ello es el camino del republicanismo, de la democracia, de la justicia y de la libertad.
En política, llega a darse la ira, el arrebato, la pataleta, la rabia y la sinrazón que suele invadir a aquellos hombres de formato pequeño e inferior que no pueden aceptar su derrota, su fracaso, su debacle, su desastre y su ruina.
Es necesario que los políticos estén a la altura del sistema en el que funcionan. Un sistema de cualidades como las que hemos mencionado en el mexicano exige que sus protagonistas se conduzcan con la calidad correspondiente. No existe superioridad política completa en un sistema donde sólo unos cuantos se comportan como lo hicieron, por ejemplo, Cuauhtémoc Cárdenas, Diego Fernández de Cevallos y Francisco Labastida, cuando fueron derrotados, mientras otros se conducen en al subnormalidad bestiaria.
En varias ocasiones hemos escuchado denostaciones sobre nuestro sistema político. Que si se trata de una dictadura perfecta. Que si ha sido una dictablanda…El mexicano es un sistema que ha encontrado sus propios equilibrios y contenciones en virtud de los cuales se ha impedido su tiranización.
En primer lugar, el tiempo finito del mandato presidencial. La no reelección de facto y no tan solo de iure. Esto es de lo más importante. El hecho de que el presidente mexicano dure seis años y ni un día más y ni un día menos en su encargo, ha garantizado la estabilidad presidencial. ha inhibido las quimeras golpistas. Y ha propiciado que el ejercicio presidencial sea bueno o malo, tan solo por la virtud o la culpa de quien lo ejerce, pero no por la que nosotros le hayamos interpuesto a su tiempo, a su acción o a su credo.
En segundo término mencionaría la composición mixta del PRI. Éste ha sido el partido más dominante en casi un siglo. Pero, como lo hemos dicho, el PRI no es un partido sino una muy compleja alianza de partidos. Esto determina que no siempre pretenda una finalidad idéntica y ello ha obligado a rectificación y a la realineación.
En la próxima entrega terminaré esta exposición de José Elías Romero Apis, de su capítulo XX. Lo Que Nos Han Dejado.
Totalmente coincido con lo transcrito, imágenes e ideas del señor José Elías Romero Apis y con el juicio de su prologuista, Pascal Beltrán del Río: Éste es un libro destinado a convertirse en un clásico de ciencia política mexicana.





















