La sociedad nacional estamos bombardeadas continuamente con informaciones de la nota roja, bien sea por los delitos de alto impacto, de los delitos vinculados con el narcotráfico, con la trata de Blancas, con los escándalos de tipo sexual, con los delitos ejemplo de corrupción, con las acciones del poder público, de las fuerzas armadas, de las policías locales, federales, en fin de todo tipo de policías y elementos de seguridad pública y, como complemento, de las declaraciones populistas, intolerantes y hasta escandalosas del titular del poder Ejecutivo de los Estados Unidos, Donald Trump, un maestro en el histrionismo político y manejo de masas.
Minuto a minuto, instante a instante, segundo a segundo y día a día, las pantallas de la televisión, las páginas de los diarios y semanarios y los minutos de la radio, así como las pequeñas pero potentes pantallitas de los móviles y sus redes sociales se llenan con informaciones, con escándalos que nos ocupan.
La situación no es ésa.
Como noticia, es normal que se haga, que se difunda. El centro del asunto es la repetición, la intensidad, la magnitud de mensajes y el modelo de palabras que se usan: lo repetitivo y las palabras son los que llaman la intención, características que son, casualmente, coincidentes en todos los medios informativos y que, finalmente, son herramientas de y para la formación de opinión.
Todo lo anterior y más, muestra, pensando un poco, que tras de todo esto existe una intención manipuladora para distraernos de la realidad que nos envuelve y que individualiza esta etapa de la vida: la diaria existencia, el costo de la vida, la exigua capacidad de compra del salario, el desempleo, las deficiencias muy marcadas de los servicios médicos públicos, el desabasto de las medicinas, la desadministración, las ineficacia de nuestro sistema educativo, los conflictos generados por los grupos de presión y su inédita existencia y costos de su actuación con cargo al erario público, las complicidades políticas, los silencios, las omisiones y distorsiones en la procuración de la justicia, los desequilibrios en el ejercicio del poder, la tensión por la aplastante inseguridad social que ya no respeta ni un nivel económico ni grupo social y el silencio o cómplice o incapaz de resolverlo de las autoridades públicas, las ineficiencias del transporte público, de los servicios de salud, de los servicios municipales, el encaprichamiento de las autoridades de todos los niveles por hacer tal y tales obras o programas de gobierno que no son consultados a la opinión pública, etc., etc. y etc.
Todo lo que sucede como nota roja o amarilla no son más que distractores de la realidad y en esto todos somos comparsas que tenemos nuestro papel o como actores o como instrumentos o como lectores, auditores y como televidentes y hasta como retransmisores de todos los mensajes que nos llegan, cumpliendo lo que politólogos y analistas de estos hechos llaman “En pueblo mal educado es fácilmente manejable. Un pueblo bien educado es fácilmente gobernables”. Finalmente no somos más que HOMOVIDENS, como nos categorizó Giovanni Sartori.
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