Estamos entendidos que vivimos una etapa social muy especial: la corrupción, la impunidad, la desconfianza y la incredulidad convive co n nosotros. Se está enterado que el Estado hace propuestas para combatir la corrupción, ejemplo de esto es la propuesta inicial de la llamada Ley 3 de tres, que fue detenida y modificada porque tocaba los intereses de la impoluta iniciativa privada y quedó en mera manifestación de buenos deseos y deja como establecido que el único corrupto es el Estado, que únicamente hay que destaparlo y ya.
Lo cierto es que para que se dé y exista un acto de corrupción – del nivel que sea, desde la calle-ventanilla hasta el nivel más alto, hay un personaje que propone y uno que acepta; olvidando todos – el que propone como el que acepta – que existe una exigencia de la moral pública, el respeto a la ley y que es lo que todos olvidamos.
Recientemente el señor presidente de la República Enrique Peña Nieto, en un acto en el interior del país, afirmó que la corrupción cubre al país y que todas las capas de la sociedad están=son corruptas y utilizó la figura bíblica del Nazareno: El que esté libre de culpa que arroje la primera piedra; en otras palabras, que la corrupción somos todos.
De inmediato reaccionó la famosa comentocracia, pero no tuvo eco.
Las palabras presidenciales son precisas y veraces.
Todos y nadie está libre de culpa. Desde el más simple como colocar changuitos para las tomas de energía eléctrica, estacionarse en doble fila, en lugares prohibidos, pasarse los altos, las preventivas, comprar gasolina ilegal, robar-ordeñar=vender ductos de gasolina, pagar mordida para no recibir infracciones, como tener cuentas en los paraísos fiscales, fraude con dinero público, desvíos de recursos federales, estatales o municipales, etc., etc., y etc.
Lo que sucede es que la corrupción está permeando todas las capas de la sociedad y no existe una de ellas ni un sector de la sociedad que no esté tocado por ellas.
La primera forma de atacar formalmente la corrupción es actuar con el ejemplo en los niveles cúpula y más abajo en la pirámide social: el gobierno – Federal, estatal y municipal – la familia.
Si la sociedad ve, nota, percibe que el gobierno actúa transparentemente, éticamente, moralmente, honestamente, honorablemente y que castiga actos y hechos de corrupción y no hay impunidad, y que en la familia se forma con el ejemplo de las cabezas familiares y se inculca el respeto a las leyes, a la autoridad y a la propiedad, la sociedad respaldará esas acciones y actuará más honesta y correctamente, pero si ve que el Estado=gobierno únicamente habla, ella, la sociedad también únicamente hablará y las palabras serán una catarata de saliva y de tinta y no se habrá avanzado nada y, a la inversa, nos acercaremos al precipicio de la corrupción e impunidad. No habremos aprendido de nuestros errores.























