Si no confiamos en nadie, ni en los gobernantes, ni en las instituciones impartidoras de justicia, ni en los medios, ni en las iglesias, ni en los taxistas, ni en el pobre encuestador del INEGI porque podría ser un impostor, ¿en quién podemos confiar?

Me presento. Soy una de las muchas mexicanas que han decidido no perder la esperanza y no dejar de trabajar en la construcción cotidiana de un mejor país. También soy actriz y escribo. Lo que más hago es observar y tratar de entender.

Mucho de lo que veo me duele.

Quizá lo peor que han hecho los criminales de diversas especialidades es romper la confianza que los ciudadanos tuvimos alguna vez entre nosotros y nos permitió construir una sociedad.

Hoy, yo siempre dudo de si el señor que dice venir del INEGI a hacer un censo, es quien dice ser. No me fío ni de uniformes ni de credenciales que bien podrían haber sido falsificadas. Si me animo a tomar taxi de la calle, reviso de inmediato el tarjetón, que también podría ser made in Santo Domingo, y por si las dudas, le mando el número de placas a alguien por mensaje de texto. No creo en promociones ni premios. No doy click a nada porque podría ser un virus que borrara toda mi información y robara todos mis contactos. No contesto números que no conozco y por supuesto me rehúso a conocer gente por internet. En la calle, ya me ha pasado que giro asustada al oír pasos que corren a mis espaldas, y resulta que solo es un niño que corre feliz.

Se me podría calificar como una paranoica profesional, aunque cualquiera que haya vivido en México y leído las noticias, podría simplemente comprenderme. A una amiga actriz, un tipo se le acercó a pedirle un autógrafo en un alto, y acto seguido le pidió su reloj y su cartera. “Y lo peor es que tengo que darle las gracias por no haberme lastimado”, decía ella.

La convicción de no perder la esperanza y la confianza en el ser humano enfrenta pruebas difíciles todos los días.

Acompañé a una amiga a llevar a su hija a una clínica de gineco-obstetricia del IMSS. No la dejaron entrar con la muchachita menor de edad a la consulta ginecológica. Evidentemente, desconfié de los médicos. ¡Una menor de edad debe siempre estar acompañada por su madre en una revisión ginecológica! Luego reflexioné: “Claro. La mayoría de las adolescentes no dirían la verdad enfrente de sus madres”. ¡No hay confianza ni en casa!

Después, la chica tuvo que ser operada de urgencia y por ende, pasar la noche en la clínica. No dejaron a la madre quedarse.

A mí me parecía absurdo que no dejaran que la madre estuviera ahí, sentadita toda la noche junto a su niña, aunque fuera para darle la mano o acomodarle la almohada. Como conozco a un médico que trabaja ahí, le escribí para preguntarle si tratándose de una menor de edad teníamos derecho a exigir que la madre se quedara con ella. Su respuesta me dejó helada: “No se permite que se queden familiares por el robo de infantes”.

O sea: la gente vil que ha sido capaz de robar bebés de clínicas de maternidad, no solo le ha destruido la vida a las familias a quienes les arrebató a la criatura, sino que de rebote afectó a todas las pacientes de la clínica que ahora no pueden estar acompañadas. Había muchas chavitas de 14 o 15 años, embarazadas, asustadas y pasándola francamente mal.

Si no confiamos en nadie, ni en los gobernantes, ni en las instituciones impartidoras de justicia, ni en los familiares de los enfermos, ni en los medios, ni en las iglesias, ni en los taxistas, ni en el pobre encuestador del INEGI porque podría ser un impostor, ¿en quién podemos confiar? Parece que la única solución es convertirnos, cada uno de nosotros, en alguien en quien sí se pueda confiar. Así le habremos aportado al país un buen mexicano o mexicana e iremos generando confianza en nuestro entorno.

Que nuestras hijas e hijos sí confíen en nosotros. Que nuestros vecinos y compañeros de trabajo también lo hagan. En cuanto a los extraños, pienso que las únicas credenciales válidas son los ojos. Tendremos que mirar, intuir, y confiar en que la bondad es difícil de ocultar.