El pasado domingo regresó el horario nuestro, el horario de los viejitos, el horario de invierno: retrasamos una hora nuestros relojes y nuestra vida – como si fuera tan simple o como si modificar nuestros hábitos vitales fuera tan fácil.
Nuevamente vendrán las cifras oficiales que informarán la cantidad de millones de pesos que el gobierno de la República se habrá ahorrado por la utilización de la energía – luz – natural en sustitución de la energía eléctrica.
Otra vez entregarán cifras de la cantidad de millones de toneladas que no se enviaron a la atmósfera y con ello, la NO contaminación del ambiente y cerrarán la información con datos y más datos de la cantidad de energía que se ahorró en su producción y, el detalle individual, lo que el ciudadano mexicano se ahorró – en su bolsillo y en el patrimonio familiar -.
Datos que en realidad nadie cree.
Una cosa es que las escuche y otra es que las acepte y si no se inconforme, es porque sabe que todo es inútil. ¿Para qué?
En realidad difícilmente serán aceptadas las cantidades oficiales.
Mientras esas cifras no se vean reflejadas en los bolsillos de los mexicanos, todo será inútil.
Por otro lado, el horario de verano, ¿a quién sirven?
¿Quién resulta beneficiado?
Es algo parecido al caso del apagón analógico, que se complica con la falta total de coordinación entre todas las agencias nacionales involucradas en este proceso que debe estar ya en operación este primero de enero de 2016 y en tanto no haya coordinación y univocidad por lo menos en el mensaje, todo será en vano.
Por lo pronto bien venido nuestro horario, con el que saldrán beneficiados los niños y escolares mexicanos que no se levantarán una hora más temprano.






















