Ser un “nini” implica una carga para la economía familiar en un contexto en el que el mercado laboral es precario y las oportunidades escasean. Perder la fuerza, la energía y el conocimiento de toda una generación de jóvenes no sólo supone una caída en la productividad y un aumento del desempleo, sino que pone sobre sus hombros la responsabilidad de buscar alternativas para impulsar la economía, sin contar con el respaldo de las instituciones. Hoy, más de un millón de jóvenes mexicanos enfrenta un reto sui géneris, tienen que arreglárselas solos y sin recursos.
La crisis
Entre octubre de 2008 y abril de 2009, cuando estalló la crisis financiera, se perdieron 20 millones de empleos a nivel mundial, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Tres años después, expertos calculan que aún existe un déficit de 50 millones de puestos de trabajo en el mundo. Los jóvenes menores de 30 años fueron uno de los segmentos de población más afectados y las consecuencias se reflejarán también en los años por venir.
Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) los jóvenes que “ni estudian ni trabajan” (ninis) en México aumentaron 0.5% entre 2008 y 2010, mientras que en otros países esa organización la cifra creció 2%.
En números, de los 2.4 millones de personas desempleadas en el país, la mitad son jóvenes menores de 30 años. Llama la atención que la tasa de desocupación es mayor entre quienes salen de la universidad que entre aquellos que dejaron sus estudios tras finalizar la secundaria.
Presuntos culpables: Educación
Las razones pueden encontrarse en muchos rubros. La Educación es uno de ellos. México invierte, o quizá sea más adecuado decir “gasta” un porcentaje elevado de su presupuesto en Educación, más del 20% según la OCDE, lo que supera a todos los demás países de esa organización, salvo a Nueva Zelanda. Sin embargo, en cantidad, la cifra invertida por México es de las más bajas, apenas 2 mil 875 dólares por alumno. De todo ese gasto, más de nueve de cada 10 pesos se destina a sueldos de maestros. Y en las evaluaciones de PISA, un examen de matemáticas, ciencias naturales y lectura que se realiza a alumnos de secundaria, los estudiantes mexicanos han obtenido algunos de los peores resultados de toda la OCDE desde el año 2000 –la prueba se realiza cada tres años-.
Así, la pregunta inevitable es: ¿Hasta qué punto son culpables los profesores del aprendizaje deficiente de los alumnos? Y el desafío no es otro que determinar cómo lograr generar valor agregado en la Educación. Es decir, cómo conseguir que los alumnos den mejores resultados y sean más competitivos, porque si esto no se logra, tampoco aumentarán sus posibilidades de obtener empleos bien remunerados. Según INEGI, el valor agregado de la Educación en México creció apenas 0.5% de 2007 a 2010.
En suma, los maestros se llevan casi todo el presupuesto de Educación, a pesar de que sus resultados, medidos en función de las calificaciones de sus alumnos en pruebas internacionales como PISA, son deficientes. Hay que enfatizar en que la Educación es muy importante porque los resultados de los alumnos de hoy son los mismos que los de los trabajadores del mañana.
Mercado laboral
Otra de las razones para el desempleo de los jóvenes se encuentra en un débil mercado laboral. La tasa de competitividad, es decir, la productividad de los empleados y empresas mexicanas a lo largo del tiempo es muy baja. Ocupamos el lugar número 53 a nivel mundial, según el World Economic Forum (WEF), lo que elimina la posibilidad de tener remuneraciones elevadas, no hay que olvidar que ya no se compite sólo a nivel nacional, sino que en la globalización, los estándares son mundiales.
Esto plantea dos problemas, por un lado, cómo convencer a los empleadores mexicanos de aumentar los salarios cuando la productividad es baja. Y, por otro, cómo incrementar la calidad de vida de los empleados, que viven una situación precaria que obstaculiza sus posibilidades de ser más competitivos. No existe una solución fácil y los problemas del mercado laboral tienen varios frentes.
Por un lado, la precarización. O sea, trabajar por un sueldo que no alcanza. Según INEGI, de una Población Económicamente Activa (PEA) cercana a los 45 millones de personas, 32 millones carecen de prestaciones de Ley y 28.5 millones ganan apenas tres salarios mínimos o menos.
Además, la oferta laboral supera a la demanda. Cada año, más de un millón de jóvenes salen a buscar trabajo, pero el mercado sólo crea entre 500 mil y 600 mil vacantes. Así, los jóvenes se suman a las filas del desempleo o de la economía informal –que ya supera en cantidad de trabajadores a la formal- a un ritmo de cientos de miles cada año, por eso, hay más de un millón 200 mil ninis, lo que ha llevado a muchos a señalar a estos muchachos como la ‘generación perdida’.
Cabe destacar que cuando los universitarios salen al mercado laboral y chocan con la falta de oportunidades, el conocimiento que han adquirido a lo largo de varios años de estudios pierde validez. Esto agrega una pérdida elevada de tiempo y recursos que se suma a la de la falta de creación de riqueza que supone el desempleo.
¿Qué alternativas tienen los jóvenes recién graduados cuando el mercado no ofrece oportunidades laborales?
Elie Smilovitz es licenciado en Periodismo y Comunicación por la Universidad Carlos III de Madrid, MBA por el Centro de Estudios Económicos y Comerciales de España, colaborador habitual en medios de comunicación nacionales e internacionales y emprendedor.
























