Como ya es clásico, a partir del sexenio de Ernesto Zedillo Ponce de León, dentro del periodo vacacional de Primavera, desde el primer segundo del pasado domingo 5 del presente comenzó el llamado Horario de Verano, que tiene como objetivo y finalidad que el mexicano, en su domicilio, en su trabajo y los empresarios, pequeños, medianos y grandes, así como el patrón gobierno – en sus tres niveles federal, estatal y municipal – utilicen la luz natural para resolver las necesidades de iluminación artificial con la potencia de la luz natural.
Y con el horario estuvimos obligados a adelantar una hora nuestros relojes y alterar un poco nuestro formato de rutina diaria.
Para muchos técnicos, analistas y comentaristas, todo se reduce a adelantar una hora los relojes, pero no es una cuestión mecánica tan simple; no solamente es una cuestión meramente biológica; es dejar a un lado, por casi siete meses todo un formato de vida y de trabajo.
Finalmente, no se ha podido convencer a la sociedad nacional que, ciertamente, realmente, verazmente, confiablemente, creíblemente, se dé, se produzca, el ahorro de energía que se afirma y se evite la contaminación atmosférica con el no quemar tantos y tantos millones de toneladas de combustóleo, evitando su uso en las motores de la comisión federal de electricidad para la generación de energía eléctrica.
En tanto no haya una información creíble, confiable, convincente, siempre se pensará que fue una decisión unilateral para configurar el sistema generador de energía de nuestro país con los de nuestros vecinos del norte, bien sea por cuestiones industriales, de seguridad industrial, comercial o de seguridad territorial.
Como sea y vaya siendo, lo cierto es que ya está aquí y no habrá poder humano que lo cambie hasta octubre del presente año.
Curiosamente, nuestro país tiene varios horarios: el del Centro, el de la frontera, el del Pacífico y el del Este… ¿Cuál prefiere usted?























