Tema interesante como pocos, mismo que he abordado en ocasiones anteriores, y que tiene una vigencia plena; por lo tanto me permito recordarle al amable lector algunos datos que considero de importancia para tratar de entender y filtrar, de una manera racional, lo que escuchamos, leemos y lo más importante, no creer todo lo que nos dicen solo por que aparece y se reproduce profusamente en los medios en boga.

Lamentablemente solo una parte de las personas busca averiguar la razón de el por qué ocurre tal o cual cosa o fenómeno; nos preguntamos cuál es la relación entre una experiencia concreta y lo que aparentemente es su consecuencia. En muchas ocasiones tenemos serias dudas de las razones que se nos dan para explicar un fenómeno, algunos, incluso llegamos a creer en muy pocos hechos. Esta visión de la realidad es lo que se denomina “escepticismo”.

A pesar del avance tecnológico que la ciencia ha logrado, existe una gran desinformación sobre muchos aspectos del conocimiento humano y resulta evidente que un buen número de personas no consigue distinguir fácilmente entre una realidad posible y una realidad ficticia.

Esta dificultad en separar lo real de lo irreal, permite la aparición y proliferación de personas o grupos organizados que fomentan la desinformación con el objetivo de obtener ventajas de algún tipo (generalmente monetarias, pero también políticas), y con este fin incentivan conscientemente la desinformación y la ignorancia.

El escepticismo es la escuela que pregona el irrenunciable derecho a la duda, el derecho que toda persona tiene a no ser engañada o manipulada. Un escéptico no acepta ninguna verdad establecida a priori, sino que la acepta al final de una larga cadena deductiva, o sea, cuando ya no hay argumentos que puedan invalidarla. Pero sabemos que más de un 30% de la población mexicana recurre a curanderos cuando tiene algún problema de salud, 40% abdica de su juicio y le cree a un mesiánico demagogo y un alarmante 50% tiene alguna creencia esotérica.

¿Es posible adivinar el futuro? ¿Visitan la Tierra seres de otros planetas? ¿Convivió el ser humano con los dinosaurios? ¿Está próximo el fin del mundo? ¿Ha demostrado la NASA que Jesucristo resucitó? ¿Es peligroso viajar por el triángulo de las Bermudas? ¿Está el futuro escrito en las estrellas? ¿Existen las casas encantadas? ¿Se pueden doblar cucharas con el poder de la mente? ¿Es posible comunicarse con el mundo de los espíritus? ¿Dejó Dios escrito en la Biblia el pasado y el futuro de la humanidad? ¿Son las pirámides egipcias obra de seres venidos de otros mundos? ¿Se manifiestan los espíritus a través de la ouija?

Puede que nos parezcan verdaderamente estúpidas algunas de estas preguntas, pero muchas personas y más de alguno de nuestros vecinos responderían convencidos con un sí. (Hagan la prueba y se sorprenderá).

Innegablemente existe un analfabetismo científico funcional en una gran parte de la ciudadanía. El desconocimiento sobre aspectos fundamentales de la ciencia y la tecnología es impresionante. En diversas encuestas realizadas en los últimos decenios se muestra cómo la gente puede creer que el hombre convivió con los dinosaurios, cómo no entienden la estructura atómica de la materia. En el Eurobarómetro, una encuesta que se viene realizando desde hace más de quince años en Europa se incluía recientemente una pregunta para valorar el conocimiento de las tecnologías genéticas, y ¡Oh sorpresa!, un alarmante 70% de los encuestados decía que era correcta la afirmación: “los tomates naturales no tienen genes, sólo los transgénicos los tienen”.

La alta valoración del adjetivo “natural” es otra cara de la ignorancia científica. Parece que todo lo natural fuera intrínsecamente bueno (a pesar de que tan naturales son las bacterias como cualquier veneno que exista en la naturaleza). El hecho de que mucha gente prefiera una “medicina natural” indica el desconocimiento y el prejuicio que establecemos; de hecho, una parte de los medicamentos convencionales tienen principios activos que son “naturales”, pero el proceso industrial permite establecer la forma de aplicación y la dosis adecuada que lo hacen un tratamiento efectivo.

Remedio a esta tragedia, buena educación en el hogar y buenos maestros en la escuela. O sea… no en esta generación.