En México hemos vivido un sistema presidencialista virtualmente imperial, desde Plutarco Elías Calles pasando por el General Cárdenas hasta Salinas de Gortari, personaje que hizo y deshizo lo que le vino en gana, usando a los legisladores y a otros poderes como lo que eran, meros sirvientes sin poder ni dignidad.

Fue apenas en el sexenio de Ernesto Zedillo cuando se inician los primeros cambios, que nos han llevado a una incipiente democracia, con un IFE ciudadano y no como antes, cuando el gobierno era juez y parte. El resultado fue una elección ciudadana en el 2000, con el triunfo de un carismático candidato que a la postre devino en un gris presidente.

Pero las desgracias se resisten a dejar el país. En los siguientes sexenios México ha entrado en otra tragedia, la dictadura partidista. Del presidencialismo omnipotente hemos caído al poder de los partidos políticos que para colmo se consideran a ellos mismos como entidades perfectas y poseedores absolutos de la representación ciudadana.

Sobradas y continuas muestras de incompetencia han dado y siguen dando nuestros legisladores y ya ni se preocupan por ocultar su pasado de oportunistas y trapecistas ideológicos. La verdad es que durante las épocas doradas del priísmo poco daño hacían, pues su función se reducía a levantar el dedo cuando su coordinador así lo indicaba. Los diputados y senadores de esas épocas no estaban contratados para pensar, sino para obedecer, les agrade o no a los que aun sobreviven.

Pero los tiempos cambian, ya en el sexenio de Zedillo un multicolor legislativo comienza a tener conciencia de su fuerza, y ya en el sexenio de Fox y posteriormente con Calderón la composición del congreso permite de plano paralizar las funciones del Ejecutivo. La tragedia es completa, un Ejecutivo enfrentado a un legislativo rijoso cuya única función visible en esos sexenios era estorbar al Presidente para llevar agua a su molino. ¿El interés del País? , eso no importa, importa el futuro del grupo, el dinero y el poder. Actualmente, en este sexenio de Peña Nieto se han logrado algunos acuerdos, más o menos importantes para el país, pero a costa de componendas inconfesables entre los partidos.

Lamentablemente la transparencia no ha llegado a los partidos. Rechazan ser auditados sobre cómo van a manejar los multimillonarios recursos que tendrán a su disposición. Existe en teoría un mecanismo de fiscalización de los gastos de campañas, pero es una ingenuidad del tamaño del mundo el creer que la fiscalización es real, completa y sin omisiones. ¿Y con quién se podrán quejar los ciudadanos por cómo se enriquecen el PRI, el PAN y el PRD y esas franquicias como el PT PV y misceláneos? Fácil, pues con un órgano fiscalizador designado, ¿por quien? Adivinó usted… por los partidos obviamente.

Nuestros legisladores viven en un mundo diferente al nuestro, sus intereses no son los de sus votantes, sino los de su grupo, esperar algo sensato y de utilidad real para sus electores es iluso. Ya lo dijo el PRD por pluma del más exitoso vividor del 68, el señor Pablo Gómez, crónico parásito del erario, en un debate con Krauze: “La Constitución debe modificarse para golpear seriamente al presidencialismo y abrir un camino hacia el régimen de partidos. La representación proporcional completa en todos los órganos colectivos de representación estatal, legislaturas y ayuntamientos, es la única forma de encarar ese reto”. La estrategia del PRD radica no en conquistar la mayoría sino en gobernar desde la minoría por la vía de la proporcionalidad y las movilizaciones.

Y a todo esto la actuación del Presidente Enrique Peña Nieto me recuerda, con dolorosa incomodidad, la de Alexandr Kerenski, patética figura política del inicio de la Revolución rusa, tibio Jefe de un gabinete de transición en la peor época posible de su país, personaje que no supo ver el peligro que representaban los bolcheviques; en el caso de México los peligros son la impresionante corrupción y el crimen organizado. Kerenski permitió el triunfo de Lenin, Trotski y Stalin y el costo de su tibieza fue increíblemente alto. ¿Qué precio pagaremos en México?