En estos momentos de agravio y movilización social es ya un lugar común afirmar que el incremento de la violencia en nuestro país, la porosa corrupción que se filtra a cada ámbito de nuestra vida social y política, la lacerante y sistemática injusticia de la que son victimas millones de mexicanos a diario es una problema de educación.

Conjeturar que la mala educación es el problema no es tan errado si nos atenemos a los datos para México: muy bajos resultados en las pruebas estandarizadas de aprendizaje (PISA y ENLACE). Despilfarro, desvío y corrupción de los recursos públicos destinados al rubro educativo. Incremento de violencia y estados de excepción.

La evidencia internacional es contundente: la educación sí transforma vidas, individuales y colectivas. No es una entelequia ni una aspiración que nace de las conjeturas. Por ejemplo:

Educar niñas puede salvar millones de vidas. En un estudio de UNICEF, documentada por la UNESCO, estima que en países de ingresos bajos e ingresos medianos bajos, si todas las mujeres tuvieran educación primaria se registrarían 15% menos de defunciones infantiles. Es decir, se salvarían 0,9 millones de vidas. La cifra se eleva si todas la mujeres completaran la educación secundaria; en ese escenario, decrecerían en 49% los decesos infantiles y, por consiguiente, se salvarían 3 millones de vidas [1].

La igualdad en la educación acelera la prosperidad e incide en un crecimiento económico con mayor equidad. Un buen ejemplo para ilustrar este punto lo protagonizan Pakistán y Vietnam. En 2005 tenían un promedio de escolaridad similar (Pakistán 4.5 años. Vietnam 4.9 años). Sin embargo, la falta de acceso de servicios educativos en Pakistán (sólo el 49% recibía educación, en comparación con Vietnam que ascendía al 92%) se materializó en una sociedad más desigual. Mientras que Pakistán tiene 0,6 de coeficiente de Gini; Vietnam tiene 0.25[2])

La educación capacita a las mujeres para vencer la discriminación. Las niñas y las jóvenes que han recibido educación conocen mejor sus derechos, y tienen mayor confianza y libertad para tomar decisiones que afectan su vida. En ese tenor, la educación es un factor fundamental para acelerar la transición demográfica a tasas de natalidad y mortalidad más bajas. Por ejemplo, si todos los países ampliaran su sistema escolar en la misma proporción que la República de Corea y Singapur, en 2050 habría casi 850 millones menos de personas en el mundo que si las tasas se mantuvieran en los niveles del año 2000[3].

La educación es indispensable para fortalecer los lazos que mantienen unidas a las comunidades y las sociedades. La educación ayuda a las personas a comprender la democracia, promueve la tolerancia y la confianza que la cimientan, y motiva la participación de los ciudadanos en política. En la India, quienes cursaron la enseñanza secundaria eran un 19% menos propicios a manifestar intolerancia hacia otras personas que hablaban un idioma distinto del suyo, en comparación con quienes habían cursado menos de la enseñanza primaria.

La educación es particularmente crucial en las regiones y los países en la que la falta de tolerancia está asociada con la violencia y los conflictos. Hoy, en México, tenemos ante nosotros el reto de reconstruir el tejido social que se ha desgastado a base de la desconfianza y la traición con la que nos conducimos. La agresión o la indolencia con la que abordamos nuestra vida comunitaria. Las bardas y las islas que nos hemos construido para no ver a los que son distintos.

Sí, la respuesta, el camino y la solución es la educación. No es un lugar común. La evidencia internacional nos lo ha demostrado. Es imperativo no usarlo en frases sueltas para respuestas fáciles. Comprometernos como ciudadanos a impulsar, desde nuestras trincheras, la mejora constante de nuestro sistema educativo, exigir mejores políticas públicas y conducirnos con perspectiva de género y tolerancia.

* Miroslava Félix es Coordinadora del Área de Vinculación.