Hace pocos días se dio el caso del ingreso de algunos agentes de la ley a las instalaciones de la UNAM, acudían debidamente identificados y acompañados de un representante de la propia institución. Ingresaron en cumplimiento de una investigación por un robo, pero al llegar a las cercanías del auditorio Justo Sierra, estructura universitaria secuestrada desde hace 14 años por un grupo de narcomenudistas y porros, entre otros especímenes de fauna nociva, los recibieron a gritos, que de inmediato pasaron a insultos, luego a golpes, aprovechando su superioridad numérica. Un agente, que recibió diversos traumatismos por piedras y tubos que incluso le ocasionaron fracturas de cráneo entre otras lesiones, se defendió disparando su arma reglamentaria, a todas luces en defensa de su vida. El resultado fue un rozón en la pierna de un individuo que se ostentaba como “maestro” y que resulto que no era ni maestro, ni alumno, ni nada, solo era un expresidiario. Este tipo, en CU, informó a la policía tener 24 años y ser estudiante de historia. Luego, ante el MP sostuvo que era maestro, pero no pudo demostrarlo, según el expediente FCY/COY-1/T2/02215/14-11. Es simplemente vendedor ambulante de artesanías en las inmediaciones de la Facultad de Filosofía y Letras. Con la mayor naturalidad del mundo afirmó: “He tomado y dado algunos talleres en el espacio Okupa porque se me hace que es un espacio para compartir sabidurías, conocimientos, y estoy cercano al espacio también de lucha, histórico desde el 68 y no reniego de esos espacios”. Tampoco informo que estuvo preso en el 2000 por “motín, sabotaje, robo con violencia, daño en propiedad ajena, asociación delictuosa, terrorismo, despojo y lesiones dolosas.”
Lo que tampoco dijo es que para permanecer en el Justo Sierra, desde marzo pasado, hay que pertenecer a uno de los 12 grupos identificados como “anarquistas” (Colectivo Veneno Negro, Espacio Anarcofeminista, Ni ama ni esclava, Anarquismo o Desobediencia etc.) que sacaron del auditorio al resto de los ocupantes ilegales que “no respetaban” su postura de “ataque a la propiedad privada”.
Este incidente provocó nuevamente un pequeño escándalo mediático por la supuesta “violación a la autonomía universitaria” por parte de las autoridades. Afirmación que revela una profunda ignorancia o vulgar mala fe por parte de quien lo diga.
Prácticamente desde que se utilizó el término “autonomía” para describir un determinado modo de funcionar de las universidades publicas, ha existido confusión en la interpretación del término. Confusión alimentada incluso por las mismas autoridades que hipotéticamente están para velar por el cumplimiento de la misma y que en teoría deberían de saber de que están hablando.
En nuestro medio el término “Autonomía universitaria” es rápidamente desempacado y más velozmente empleado por determinados segmentos, sobre todo universitarios, cuando se presenta algún incidente que haya significado una transgresión a las leyes dentro del espacio físico de la Universidad. Los servidores públicos supuestamente encargados de aplicar la ley, también utilizan la misma excusa para justificar su inacción. Y aquí estoy suponiendo que las autoridades piensen que la autonomía tiene que ver con algo así como la “extraterritorialidad” o que las universidades son semejantes a una embajada.
La autonomía es la facultad que poseen las universidades para autogobernarse, darse sus propias normas dentro del marco de su Ley Orgánica y designar a sus autoridades, para determinar sus planes y programas dentro de los principios de libertad de cátedra e investigación y, para administrar libremente su patrimonio.
Desde el punto de vista jurídico, autonomía universitaria significa la posibilidad que tiene una comunidad de darse sus propias normas, dentro de un ámbito limitado por una voluntad superior que para el caso sería la del Estado. Esta capacidad que permite a una comunidad ordenarse a sí misma implica la delegación de una facultad que anteriormente se encontraba centralizada en el Estado.
Todo está reglamentado a partir del artículo tercero constitucional, en su inciso VII; por si lo quieren leer.
Alejandro Vázquez Cárdenas
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