Después de la vorágine generada por la copiosa votación recibida, en poco más de 300 mil casillas, el pasado jueves, día del plebiscito, de la Consulta Popular, en la que se invitó a acudir a las urnas a poco más de 4.3 millones de escoceses mayores de 16 años, para que decidieran su futuro y con una simple respuesta – un SÍ o un NO – determinarán permanecer unidos a al llamado Reino Unido – Inglaterra, Irlanda del Norte, Irlanda, País de Gales y Escocia -.
La decisión fue un mayoritario, y contundente NO al cambio. Con un 54.7% favor del NO, la mayoría de escoceses decidió permanecer política, económica y culturalmente unida a Inglaterra y todo lo que ellos signifique; el porcentaje que votó por el SÍ del cambio fue el 44.3%. Diez puntos porcentuales – la mayoría adultos maduros – indicaron la diferencia y en las democracias un voto hace la diferencia y aquí fueron unos 350 mil votos, aproximadamente, de diferencia.

Quienes votaron por el SÍ, vieron o tu vieron la percepción de, que tendrían más problemas que satisfactores; entre los problemas inmediatos están los siguientes: Documentación personal civil y social, incluyendo su pasaporte – lo que les dificultaría viajar en las mismas islas británicas y hacia el continente europeo -; moneda- aunque seguramente habría tratados sobre la cuestión financiera, Escocia habría necesitado, acaso, tres veces más de lo que Inglaterra le heredera y lo que existiera en Bancos, para enfrentar la ola de fluctuaciones financieras, monetarias; necesitaría nuevas reglas para su sistema financiero-bancario y seguros y sistemas hipotecarios; demás, habría que tenido enfrentar problemas como carestía, especulación, devaluación de su nueva moneda o de la Libra Esterlina –algo que Inglaterra no aceptaría de ninguna forma -; una más, las cuestiones laborales: salario, empleos y oferta de fuentes de empleo y demanda de mano de obra; no podrían faltar los ajustes a su sistema educativo, burocracia y seguridad social, que significan pagos a clases pasivas y especialmente la carga de pensiones y jubilaciones, los que representarían una carga-necesidad de efectivo inmediato.

Acaso lo que atrajo más la atención fue la cuestión política: Autoridades locales, órganos de gobierno y representación, así como las organizaciones políticas para acceder al poder – y determinados por éstas, el conjunto de leyes que regularían y vigilaría sus prácticas democráticas y, una más, su incorporación a la comunidad internacional, particularmente a la Comunidad Europea, así como sus mecanismos para elegir a sus representantes.

¿Qué hubieran ganado? Acaso mayor libertad y autonomía político-administrativa y un ejercicio presupuestal más cercano a sus necesidades y, tal vez y como complemento, menos impuestos, aunque también podrían darse más impuestos para que el nuevo Estado tuviera más dinero para enfrentar las circunstancias del momento. Pero eso no se sabrá.

Inglaterra se salvó de la diáspora-balcanización de su reino unido: si ganaba el SÍ en Escocia, la inquietud se habría reavivado en las Irlandas y de un momento a otro resurgirían las ideas de autonomía de ellas – el ERI – y entonces Inglaterra se quedaría solita y su alma.