A lo largo de nuestra historia, la sociedad política y la opinión pública de México no ha visto con buenos ojos los conflictos suscitados a partir de las diferencias políticas, es más, son muy contadas las ocasiones en el que hemos sentido o vivido una vibrante lucha entre proyectos antagónicos, aterrizando un poco más la idea, ni siquiera vemos con buenos ojos los debates intensos -propios de cualquier arena pública- ya que sobra decirlo, no hemos alcanzado tampoco una madurez política. En lugar de dar cabida a otras expresiones, preferimos negarlas o descalificarlas subjetivamente, lo que deviene a reducir nuestra pequeña democracia en un ejercicio protocolar, es decir, buscando un conjunto de comportamientos que busquen guardar las formas en lugar de debatir los fondos.

¿Recuerda usted querido lector, la larga lista de reglas y mecanismos del debate que se tuvieron que dictar por el moderador en el segundo debate, previo a las pasadas elecciones presidenciales? El tan anhelado debate se volvió un trámite burocrático y aburrido que no generó certezas entre los indecisos, al final fue más importante que no saliera alguna edecán o que el tiempo de exposición no fuera tan largo. De ser posible, lo invito a revisar el debate entre pares en Francia cuando Hollande y Sarkozy debatieron previo a las elecciones, notará la diferencia.


 

Pero no sólo los debates son dignos de esta revisión, el disenso tiene su expresión en cualquier plataforma que se digne de llamarse democrática, como bien señala Chantal Mouffe, todo sistema político debe estar diseñado para resistir la confrontación entre diversos proyectos, aceptando el conflicto, dirimiéndolo y dándole así una forma legítima de expresión, en cambio, si se busca la negación de algún actor antagónico sólo nos encontraremos con su exacerbación.

Es por ello que de cara a mejorar la participación en México en los próximos años tendremos que reformar tres rubros vitales de nuestra endeble democracia, el primero es de orden estratégico y se llama Justicia, sin legalidad y justicia definitivamente no puede haber democracia, si las reglas del juego no se respetan y si tampoco se garantizan los derechos de cualquier ciudadano será imposible acceder a una democracia de calidad, no es retórica, es una realidad, más cuando la disputa entre actores esta presente, tiene que haber certidumbre que la justicia no será susceptible de ser politizada.

El segundo rubro abarca al partido político como actor en la arena política, ya que –nos guste o no- ha sido hasta ahora el medio por excelencia para manifestar desacuerdos, proponer alternativas y construir proyectos del quehacer político; dichas instituciones tienen que democratizarse y dar apertura a las distintas identidades del espacio público, de otra forma, solo iremos pavimentando el camino a posiciones radicales.

Un tercer aspecto, reside en los medios de comunicación, la legitima demanda de la sociedad civil para dar apertura en los medios de comunicación a las diferentes corrientes políticas debe ser atendida pronto, pero en honor al título del presente artículo el hecho no deberá residir únicamente en un cambio o ampliación de dueños, sino que dichos medios deberán cumplir con una máxima democrática: la diversidad de fuentes de información.

Parece utópico y minimalista concertar estos cambios, ya que por una parte, en 200 años no hemos sido capaces de generar un sistema de justicia que incentive la legalidad y por la otra, aspectos como la educación son rubros que también se deberán transformar pero que tendremos que tener paciencia, pues lleva más de 30 años educar a una generación con valores democráticos, lo que sí podemos hacer por el momento es empezar a convertir a las tres plataformas antes mencionadas en la punta de lanza de la democratización mexicana, costará trabajo pero si nos olvidamos un poco de las formas probablemente el fondo tendrá sentido.