Enrique Peña Nieto recibió la administración de la nación con números a la baja en los indicadores de bienestar – empleo, desarrollo de la economía, capacidad de compra del salario= salario real, vivienda – y con los números hacia el alza de los indicadores de intranquilidad: inseguridad social, desplome de la economía, inflación, corrupción=impunidad y administración de la justicia y en estos momentos, a casi dos años del inicio de su administración cerró el ciclo de reformas constitucionales que realizaron una revolución incruenta y colocaron a la sociedad nacional en la encrucijada.
Acaso ése sea el logro mayor y mejor logrado: finiquitar las reformas constitucionales que consolidaron el proceso político social iniciado por Miguel de la Madrid, pasando por Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo Ponce de León, Vicente Fox y Luis Felipe Calderón Hinojosa y finalizado por él: Conquista político social, sin tirar un solo tiro y sin derramar una gota de sangre.
Sin enterarse más allá de lo superficial, la sociedad mexicana pasó de tener un estado democrático, benefactor, proveedor, centro, principio, guía y fin de la sociedad; los estudiosos lo llamaron Estado Benefactor de una sociedad de bienestar; los políticos, Estado Nacionalista, democrático, popular; lo cierto es México en casi 70 años del siglo XX se desarrolló dentro de este formato político-ideológico y social –: Tanto Estado como sea indispensable.
Curiosamente los años que el partido revolucionario institucional estuvo en el poder y, otra curiosidad más, fue ese mismo partido el que inició el cambio hacia el Estado Vigilante, testigo.
Somos una sociedad inconclusa, producto de una Revolución sin la consecución de su finalidad: cambiar mayoritariamente al país con una sociedad más igualitaria, más equilibrada, con mejores estándares de calidad de vida y nivel de sobrevivencia. Una nación en el cual la mitad de su población sufre los efectos de sus desequilibrios; acaso una generación más – 30 años – y los gobiernos emanados de la Revolución hubieran logrado lo que se percibió en 1917. Más se paró en seco por la clase política dirigente, sin consultar a la sociedad y ahora estamos en la confusión económica y llenos de una desconcertante esperanza.
De ese Estado ya no queda más que el recuerdo y las fechas del calendario cívico para el festejo protocolario de lo que fue y de lo que ya no es, y quién sabe ni será: artículos constitucionales 3°, 4°, 24°, 27°, 28°, 123° y 130°. Ahora estamos en el periodo del Mercado Imperial, de las regulaciones por las leyes del mercado – la Oferta y la Demanda -: Tanto mercado como sea necesario.
La administración Peña colocó al país y sus sectores a una encrucijada y apostó todo su capital y futuro políticos a esto: al cambio hacia un Estado vigilante de todo y de nada. Si las reformas estructurales resultan, habrá sido el Gran Reformador y su figura será equiparable a la figura de los Padres de la Patria. Si fracasan, será la Gran Decepción.
El objetivo siguiente, y fiel de la balanza, será obtener la mayoría natural – la minoría que se acerque a la mitad más uno, con los chiqui partidos – en la próxima legislatura federal
Por lo pronto la esperanza ha sido sembrada. Tiene cuatro años para materializarse.























