Seguramente mis ideas, palabras y juicios se sumarán a la de millones que quedaron frustrados y decepcionados del resultado del cuarto partido de fut bol tenido por la selección nacional que compitió en la edición de la llamada Copa del Mundo, que se está realizando en Brasil.

Aclaro y preciso, frustrados y decepcionados, no del equipo y de sus jugadores – que dejaron todo en la cancha -, sino del resultado: se perdió en los últimos cuatro minutos, cuando se tenía ganado el encuentro por la mínima diferencia, pero, resignadamente debemos aceptar que esto y todas las cosas de la vida, así son: se prepara uno lo mejor y pierde en la peor forma, espera lo peor.

Así fue, a casi 5 minutos del final del encuentro en una desafortunada jugada, se dio el acierto del contrario y se apagaron las velas de la ilusión, pues dos minutos después, en otra desafortunada jugada, se provocó la pena máxima, que el jugador responsable de cobrarla, lo hizo bien y la esperanza se terminó de acabar, pues con el empate existía la posibilidad de anotar en los dos tiempos extras.

Todo se acabó.

Fue reflexivo, alentador y satisfactorio ver a los jugadores nacionales llorar de frustración, decepción y dolor que pudieran equipararse al fracaso porque aunque estaban mentalizados para pasar al 5° partido, no fue posible, no se pudo; en los minutos finales entró la desesperación, lo que genero las condiciones para la falta que nos colocó en el patíbulo de la eliminación.

Cobra vigencia la frase hiriente que calificó a los llamados “ratines verdes”: Jugaron como nunca, perdieron, ¡como siempre!

Mas debe darse una valoración y reconocer que el grupo, que el equipo hizo renacer la esperanza y la esperanza es algo bueno y lo bueno, nunca muere.

Gracias, muchachos…

Guardaremos la esperanza para abonarla, humedecerla y fertilizarla para que fructifique dentro de cuatro años.

Y como dice la canción… ¡Otra vez será!