A partir de la llegada de los economistas formados en las escuelas neoliberales extranjeras al máximo y supremo poder político de nuestro país – BANCO DE MÉXICO, HACIENDA Y PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA -, el formato económico en el país cambió y al Estado – nacionalista, popular, democrático, eje de la vida nacional, se le culpó de todo lo habido y por haber, se le desprestigió para devaluarlo ante la sociedad y facilitar el cambio hacia otro sistema, alentado por sus teorías económicas y por el poder económico-político de los estadounidenses y así, fuimos dando – desde Miguel de la Madrid Hurtado hasta nuestros días, pasando por Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo Ponce de León, Vicente Fox Quesada, Luis Felipe Calderón Hinojosa y el actual Enrique Peña Nieto, de un sistema estatista hacia uno neoliberal; de uno en donde el Estado era benefactor, protector y centro de la vida económica del país y de su sociedad, hacia uno en donde el Estado es únicamente testigo, receptor de los beneficios de la riqueza producida y favorecer de la iniciativa privada.

Con el mito de que el Estado nacionalista era gordo, lento e ineficiente, fueron cambiando los mecanismos para que se redujera la planta administrativa – lo que no es cierto, pues ésta ha crecido exponencialmente -, se contrajera el salario y se aplicaran decretos de austeridad – ambos falsos, porque los salarios de la alta burocracia han crecido exponencialmente son ofensa para las clases populares y la clase media y la austeridad no se aplica en ningún sector de la administración pública – se crearan y nuevos impuestos y crecieran los ya existentes – en el falso sofisma de que los impuestos son distribuidores de la riqueza -, etc., etc., que no se han traducido en calidad y suficiencia en los servicios.

Desde la nacionalización de la riqueza petrolera y energía eléctrica, los energéticos fueron y han sido base del equilibrio económico y los gobiernos federales anteriores a Vicente Fox siempre consideraron que incrementar los costos al público de los combustibles – gas incluido – sería estimular el desequilibrio económico en la sociedad y en los factores de la producción. Como estrategia política así se sostuvieron: con un incremento anualizado único y en función de la carestía de la vida; a partir de la administración de Luis Felipe Calderón Hinojosa, y hasta nuestros días con Enrique Peña Nieto, estos aumentos se hicieron mensuales – un 2, 3, 4 o hasta 5% mensual, diferenciados casi en la misma proporción.

El actual secretario de Hacienda, Luis Videgaray Caso, hombre calificado como muy inteligente, egresado del MIT, ha hecho dos desafortunadas declaraciones:”No sabía que los miniaumentos a los energéticos provocaba problemas económicos”, fue la primera. La segunda: No esperamos que baje el precio de la gasolina, ya que está subsidiada”.

Primero, es enorme error político aumentar mensualmente los precios de la gasolina y argumentar que está subsidiada: el Estado mexicano comete un gravísimo error al sujetar los precios de nuestros combustibles al mercado internacional (Primer Mundo)- mercado de los Estados Unidos, pues no tenemos las mismas circunstancias económicas; el precio de los combustibles debe estar sujeto a nuestras circunstancias económicas y no a las externas y el señor secretario y el grupo político en el poder debe recordar que las leyes físicas sostienen que a cada acción corresponde una reacción de la misma magnitud pero en sentido contrario y si hasta el momento no ha habido reacción en la sociedad, ésta es subyacente y se manifestará tarde o temprano.

Con esta política pública energética, muy seguramente la alta burocracia no tendrá problema alguno, pero toda la Clase Media y la Clase Baja sí, pues está unida al salario mínimo y con estos aumentos mensuales y los elevados costos de los servicios públicos, están empobreciendo a la sociedad mexicana.