Para el antropólogo francés Marc Augé existen dos tipos de miedos: los inducidos por la ignorancia y los deducidos del conocimiento. Los primeros, inducidos por el hecho de creer que uno cree, es decir por la fe. Y los restantes, deducidos del hecho de saber que uno no sabe, vale decir: emanados del espíritu crítico y científico.
Sostiene que la ignorancia es compleja y que con frecuencia se alimenta tanto de un exceso de racionalidad aparente como de establecer relaciones arbitrarias, puesto que, en la búsqueda de las causas, la razón y la sinrazón se conjugan y se confunden.
Un ejemplo de aquello resulta el muy conocido fenómeno de la caza de brujas, el cual parte de constataciones objetivas (una muerte, una enfermedad, un desorden climático) y de observaciones precisas (la buena salud de otro, su mala relación con la persona enferma o que ha muerto), para llegar a la conclusión de que existe entre esos términos una relación de causa y efecto.
Se trata, por lo tanto, de un cortocircuito del pensamiento del que proceden todos los oscurantismos y todos los movimientos de pánico. Algo de lo cual ocurre cuando en nuestro entorno social se presenta, una y otra vez, al delito como única causa generadora de la inseguridad.
A partir de entonces, dicha emoción queda a expensas de la producción de hechos violentos que afectan la vida o la integridad física o sexual de las personas, así como sus bienes, todos ellos de naturaleza estrictamente policial y de fuerte repercusión mediática.
Sin embargo, sabido es que la ausencia de seguridad puede ser enfocada como comprensiva de necesidades y aspiraciones cuya concreción encuentra numerosos obstáculos en la vida cotidiana, tales como el desempleo, las enfermedades, la falta de previsión social y también, por supuesto, el delito.
De modo que este último constituye una de las manifestaciones que adopta la inseguridad en nuestros días y no resulta, en cambio, su exclusiva causa generadora. Verlo de otro modo, amén de un error epistemológico, ha contribuido a generar una inflación punitiva que poco favor le ha hecho a la prevención efectiva del delito.
El tratamiento mediático de la inseguridad y del miedo hace que los diferentes temores que nos acechan en la vida social se asemejen. Y que esa similitud constituya en sí misma un hecho nuevo e independiente: un acontecimiento agobiante nacido de la acumulación arbitraria de datos concretos.
Afirma el antropólogo que las amenazas o los horrores de diversa naturaleza y amplitud (el asesinato de una niñita, el endeudamiento de Grecia o un tsunami) componen un paisaje irreal, que recibimos impregnado de una atmósfera verdaderamente opresiva.
Puede suceder que todos los acontecimientos inspiradores de angustia sean reales y constituyan acontecimientos ciertos. Al punto de merecer legítima atención y suscitar razonable inquietud.
Pero, según se encarga de advertir, el efecto de cúmulo que trasciende el espacio y el tiempo genera por sí mismo un fenómeno adicional cuyo carácter artificial sería bueno poder medir, puesto que si bien cada uno de los sucesos traumáticos puede tener su historia y una dinámica propia, lo cierto resulta que no suele haber entre ellos una relación de dependencia recíproca.
De ese modo, las imágenes diversas presentadas sucesivamente y sin transición en la televisión y, en menor medida, las noticias que transmite la radio o que se publican en los periódicos crean una ficción global.
Ficción que constituye en sí misma un acontecimiento capaz de engendrar por sí solo un fenómeno de desconcierto y de temor que merece ser estudiado y analizado. Como si bastara con que un miedo no sea de nadie en particular para que se convierta en el miedo de todos.
La ubicuidad del miedo y la falta de referencias simbólicas que trae aparejada su expansión progresiva son una de las notas que caracterizan a las sociedades contemporáneas. Marc Augé lo desmenuza de manera soberbia en un reciente trabajo editado bajo el título “Los nuevos miedos”.
(*) Juez Penal. Catedrático Unesco en Derechos Humanos, Paz y Democracia
























