La Comisión Nacional de Derechos Humanos tiene un origen… salinista. Fue creada, precisamente, en 1990, a dos años de distancia de la usurpación del poder por parte de una familia con patologías severas, con la intención de que, en el trayecto a la democracia, existía el propósito de extinguir la tortura como ejercicio frecuente de las “honorables“ corporaciones policíacas, entre ellas la nefasta Dirección Federal de Seguridad de la que hablaremos líneas abajo. Dialogué, entonces, con el primer “comisionado“, el hoy extinto Jorge Carpizo Macgregor, quien luego ascendería a la Procuraduría General de la República y finalmente a la Secretaría de Gobernación en el mismo, deplorable periodo, y una parte de la conversación me quedó grabada para siempre:
–¿Y los delitos electorales, esto es los consiguientes abusos contra la voluntad de la ciudadanía, considerando el derecho a elegir a los gobernantes como un elemento sustantivo de la libertad, serán materia de esta Comisión, doctor?
El jurista campechano, con fama de ecuanimidad y cultura –sin duda la tenía y lo respeté siempre por eso-, hizo un gesto de pasmo, como si hubiera cruzado la invisible línea de la corrección política y me respondió, un tanto apresurado:
–Para eso existen ya tribunales especializados y no es necesario duplicar funciones.
Por respeto a su jerarquía doctoral preferí guardar silencio –además, tenía interés personal de que un jurisconsulto de su talla pudiera reabrir el expediente sobre el asesinato de mi padre, Don Carlos Loret de Mola Mediz, abuelo del joven periodista de televisión que tanto me enorgullece cuando sale con valor a cubrir guerras y asumir riesgos, no así cuando se pone la camiseta de una empresa indefendible…pero, desde luego, lo entiendo-, aun cuando, en ese instante, quise revirarle. ¿Acaso no existen tribunales especializados contra los abusos de la autoridad, los asesinatos y los robos?¿No los hay para atender los excesos contra la libertad, por ejemplo, la de expresión aunque estén acotados por la propia autoridad? De seguir la línea enunciada por Carpizo, entonces no habría razón para la existencia y supervivencia de la pomposamente publicitada CNDH.
Siento vergüenza, como mexicano, al atestiguar hasta donde llega el cinismo político y la amnesia de una colectividad tuerta que sigue a sus iconos de manera incondicional y ciega. Hace unos días, el execrable Manuel Bartlett, quien perdió en Puebla –por él gobernada hace poco más de un sexenio-, pero logró un escaño en el Senado por la vía plurinominal –jugó a doble banda como en el billar de su casa-, salió a decir que él y sus representados –el PT y demás partidos de seguimiento de Andrés Manuel López Obrador-, estaban en contra de la reforma para el funcionamiento orgánico del nuevo gobierno, sobre todo porque, según él, carecía de fondo jurídico el traspaso de las tareas de seguridad pública a la Secretaría de Gobernación. ¡Una farsa de campeonato!
¿Acaso no fue Bartlett, cuando fungió como señor de Bucareli, quien hizo de la Dirección Federal de Seguridad, a su mando, el instrumento de persecución, espionaje y además criminal, a lo largo del vergonzoso sexenio de Miguel de la Madrid, a quien pretendió chantajear con los informes que recibía en confidencia por parte de José Antonio Zorrilla Pérez, todavía encarcelado como presunto autor intelectual del asesinato de Manuel Buendía? Recuérdese que en la declaración ministerial de Zorrilla, quien fue titular de la DFS en la era de la mayor represión antes del sexenio de la violencia encabezado por calderón –minúscula-, el propio ex funcionario declaró que había recibido instrucciones de su jefe, es decir Bartlett, para que acudiera al lugar del homicidio… apenas cinco minutos después de ocurrido y cuando el subordinado, según me dijo en el penal de Santa Marta Acatitla, no sabía del mismo.
Lo que no puede negarse es un hecho incontrovertible: a pesar de ser señalado por Zorrilla como quien pudo ordenar el crimen referido, Bartlett nunca fue motivo de indagatoria pública, siempre al cubierto por sus múltiples complicidades. ¡Y ahora aboga porque no regrese el mando de la policía nacional o Gendarmería, como quiera llamársele, a la Secretaría de Gobernación, tantas veces infamada por él! La desvergüenza, estoy cierto, no conoce límites. Y Bartlett, tan orondo, conquistó el privilegio del fuero constitucional –que no lo libra de la posibilidad de un juicio de procedencia para anularlo-, de la mano de una izquierda desmemoriada y radicalizada que lo convirtió en senador y líder de la fracción del PT en el Senado y a un paso de dar el salto sobre MORENA. A esta desventura nos lleva la tremenda incongruencia de los dirigentes lópezobradorista y del propio Andrés Manuel que considera enemigos a quienes tenemos buena memoria y no olvidamos los más de doscientos setenta asesinatos, entre el fin del gobierno delamadridiano y el inicio del salinato, perpetrados contra líderes políticos del neocardenismo. ¿O no fue así, señor ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas?¿O los olvidó también ya para evitarse confrontaciones “inútiles”?
A lo largo de ese tiempo y hasta el presente, la Comisión Nacional, ahora encabezada por el doctor Raúl Plascencia Villanueva, nacido en julio de 1965, sólo se ha limitado a lanzar “exhortos” contra los gobernadores y demás funcionarios abusivos sin poder proceder contra ellos por las vías judiciales correspondientes. Lo lamentable es que la CNDH ha tenido mayor y notable influencia cuando se trata de defender a los reos tratados con poca humanidad –bastante mejor que cuanto padecen quienes son capturados sin orden de aprehensión en naciones del llamado “primer mundo” como dice ser España-, o a los vándalos o incluso a los terroristas, que si se mueven entretelones para señalar los abusos del poder…sin la menor respuesta.
Lo digo porque este columnista lo sufrió ya en carne propio cuando acudí a esta instancia, lo mismo que a la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, cuyo titular sigue siendo Luis Armando González Plascencia, sin lazos familiares con el ombudsman nacional, para denunciar una artera violación a la libertad de expresión cuando la española Editorial Océano “de México”, dirigida por el torpe y anquilosado Rogelio Villarreal –sin apellido materno por obvias razones-, decidió censurar mi obra “Nuestro Inframundo”, contratada con un año de antelación y un adelanto para asegurar su publicación a sabiendas de3l generoso mercado que sostenemos, carente de fuerza y representatividad alguna para hacer valer mi derecho –el más natural de todos-, contra la empresa con capital extranjero que mantiene nexos con el poder político mexicano gracias a la millonaria publicación –y millonarias facturas- de libros de texto “gratuitos”. No pudieron hacer nada, absolutamente, ante una fiscalía “especializada en delitos contra la libertad de expresión”, dejándomela garete no sin antes determinar medidas cautelares tan efectivas como los rondines policíacos gracias a los cuales las autoridades conocían todos mis movimientos.
Eso sí: ¡qué felices hizo a los comisionados la excarcelación de los “inocentes” que pasaron como Atila por la avenida Juárez de la ciudad de México! Una cosa son los jóvenes valientes que alzan sus voces en espera de vindicaciones sociales y políticas y otra, muy distinta, los bárbaros infiltrados que atropellan los derechos de terceros para luego refugiarse en pretendidos derechos humanos. Véanles las cara –hay múltiples fotografías de los excarcelados que enseguida se sintieron mártires con derecho a levantar los puños-, para tomarles la auténtica medida; y no se necesita ser un psicólogo para reconocer en ellos a quienes son capaces de atacar con lanzas de madera a los granaderos y lanzarles encima un camión de basura, como si los uniformados no fueran también seres humanos en cumplimiento de las órdenes de sus superiores –en este caso el ex jefe defeño Marecelo Ebrard, el ex “carnal”-, para luego atropellar negocios, restaurantes y hoteles cual si se tratase de gavillas dispuestas a ocupar la ciudad de México sin otro propósito que una inexplicable vendetta política azuzada por el icono de cierto sector de la izquierda. Por algo, insisto, los verdaderos izquierdistas ya tomaron distancia y quedan alrededor de AMLO sólo aquellos que vienen del PRI y del deplorable salinismo. La lista es tan larga que quienes no tienen esta filiación son los menos.
Debate
No sirve una oposición que sólo sirva a los intereses partidistas, esto es a los usos facciosos del poder. No es acorde con la representatividad popular que ostenta ni con el deseo primigenio de los mexicanos de ganar gobernabilidad ara evitar rectorías desde el exterior, haciéndole así el juego a cuantos les urge observarnos como un “estado fallido”. Primero, México; después todo lo demás incluyendo las protestas –justas o no mientras sigan un cauce legítimo y no vandálico porque entonces se convierten en subversivas y alcistas-, con las que se pretenden blindar cuantos han optado por marginarse de la vida institucional… pero sin dejar de cobrar sus dietas, como en el caso del valentón Ricardo Monreal Ávila.
Es interesante hacer notar que no duran mucho los principales operadores de López Obrador en cuanto a la confianza irrestricta. No hablamos del demente “Juanito”, quien ya cobra por fotografiarse con él, sino de otro luchador nato, valeroso sin duda, Gerardo Fernández Noroña, tildado de “pandillero” cuando se atrevió a decir en la Cámara que calderón –minúscula- era un alcohólico peligroso, documentado en “Nuestro Inframundo”, al fin editado por Jus al ser censurado el texto por los inquisidores de Océano al servicio de la “hermandad” productiva entre México y España.
Ahora los más cercanos a AMLO son el mencionado Monreal Ávila y los exlamadridianos y ex salinistas Manuel Camacho y Manuel Bartlett, qui8en fustiga la fusión de la Secretaría de Seguridad Pública con la de Gobernación cuando él fue quien más ejerció la labor de espionaje y persecución gracias a la Federal de Seguridad en sus manos desde 1982 a 1988. ¿Lo dirá por su propia experiencia ahora que no tiene voz para clamar por una “presidencia fuerte” como sí lo hizo para defender a De la Madrid, campeón de la represión hasta que su récord fue superado por calderón –minúscula-. Y ahora que me aguerdo también comenzaré a escribir de la Madrid –con minúsculas también- aunque me tilden por no respetar a los muertos. Si lo hacemos, ¿quién escribe la historia?
La Anécdota
¿Por qué no nos atrevemos, todos, funcionarios y ciudadanos, a buscar el parlamentarismo que acote las funciones del presidente y eleve la participación ciudadana?
Cuando le pregunté al respecto a Diego Fernández de Cevallos, éste me replicó, casi encendido:
–¡No, qué barbaridad! Si ahora no podemos ponernos de acuerdo el exceso de asambleísmo nos aislaría definitivamente…
Pero su parámetro se daba detrás de las visión de un sectarismo indeseable, no de una democracia sana.

























