Algunos apartados del libro “La Política del Miedo”, de mi autoría, remiten a una serie de datos con la finalidad de reflexionar, si en los últimos dos siglos han mejorado las condiciones socioeconómicas y de bienestar de la Humanidad o bien –en la actualidad-, continuamos en medio de un caldo de cultivo con ingredientes explosivos.
La población mundial del siglo XIX era, en total, de mil 600 millones de seres humanos, siendo Europa el foco de una oleada de inmigrantes que partieron a poblar parte de América, principalmente lo que después conoceríamos como Estados Unidos.
Más de la mitad de la población era pobre y vivía hacinada en las grandes urbes. Antes de 1848 se daban ya algunos pronunciamientos con mayor sentido de la conciencia de clases y de la lucha del proletariado, sobre todo en Inglaterra, el país hegemónico en esa época.
Había agitaciones, movimientos de masas, descontento social, exigencias políticas e insatisfacciones. La crisis económica se volvió política en varios países como Italia, Francia, e Inglaterra, entre otros.
Así es que el llamado del proletariado contribuyó a la transformación de la geopolítica y geoeconomía en las primeras dos décadas del siglo XX.
En México, según estadísticas del Tercer Censo General de Población, en el año 1910 la población del país era de 15 millones de habitantes de los cuales se calcula que 9.5 millones vivían en condiciones de pobreza concentrándose la riqueza en tres mil familias latifundistas. Los indígenas eran la tercera parte de la población.
El rostro de la miseria siempre presente, de forma histórica, para recordar el fracaso constante y perenne de las políticas económicas y del gasto de privilegio de algunas familias que perpetúan su riqueza de generación tras generación.
Es verdad que con el tiempo, el siglo XXI ha ganado en avances científicos y tecnológicos, dudo si las conquistas sociales actuales en muchos ámbitos incluyendo el laboral también han tenido una mejoría sostenible; o es más bien, el resultado de sumas y restas en determinados lapsos.
Si miramos hacia atrás comparativamente hablando podemos afirmar que hoy en día estamos mejor que hace un siglo y así sucesivamente. En la actualidad, el mundo incorpora cada vez más el uso de la ingeniería genética y de la biotecnología al servicio de la producción de granos y alimentos, no hay cabida para las tesis maltusianas, las del aumento aritmético en los alimentos y geométrico en la población. La ciencia lo ha hecho posible.
En cambio, desde mi óptica, sigue vigente la lucha por la supervivencia entre las mejores clases de cada especie que desde el siglo XIX ideó Charles Darwin por medio de la Teoría de la Selección Natural plasmada en el Origen de las Especies.
Se trata de una lucha no por la comida sino por la preservación de la raza humana tan amenazada en diferentes campos: escasez de agua e insuficiencia de recursos energéticos.
La presencia de virus y bacterias como riesgo para la población y su afectación masiva. Además la contaminación atmosférica y el cambio climático.
En el renglón de la geopolítica, es verdad que desde la Segunda Guerra Mundial no se ha dado otra gran conflagración bélica, pero tampoco podemos asegurar que todas estas décadas de “tímida paz” continúen por mucho más tiempo.
Más, me temo, en un mundo donde su ajedrez político, económico y militar, se ha quedado sin contrapesos. No hay que ser muy profundos de pensamiento para observar la enorme tensión que provoca en el entorno la inminente escalada bélica de Rusia en Ucrania.
Tampoco añade tranquilidad que Israel rompa los acuerdos de paz y negociación con los palestinos ni mucho menos que, Kim Jong, dictador de Corea del Norte, advierta de una guerra inminente con Estados Unidos.
A COLACIÓN
El tema político lleva de la mano lo militar y concita la hipocresía de los gobernantes que por un lado anuncian donaciones económicas para aminorar la pobreza universal pero éstas quedan totalmente rebasadas por las cuantiosas inversiones que se realizan en la carrera armamentista.
Convertir una bomba normal en una “inteligente” cuesta 18 mil dólares. El Pentágono gasta en investigación y desarrollo 28 mil dólares por soldado.
En contraste, la ONU y el Banco Mundial consideran que, al menos, se requiere para una lucha más eficaz contra la miseria, aproximadamente 100 mil millones de dólares anuales.
Ahora bien, si observamos al mundo, lo vemos inmerso en la “moda” de la globalización, liberalización comercial y procesos de integración. Sin embargo, tampoco es cosa fácil, los desafíos que enfrenta la Unión Europea y la eurozona invitan a muchos agoreros a dar por terminada la integración en prácticamente cualquier momento.
Total que el mundo ha logrado avances muy importantes, empero, sigue estando loco de atar.
























