Bajo unos cielos despejados y un sol primaveral, el legendario Maratón de Boston se convirtió ayer en un recital de músculo, sufrimiento y sudor sobre el pavimento. Pero también en uno de los eventos deportivos más vigilados en la historia de Estados Unidos.
El recuerdo del atentado terrorista del 15 de abril de 2013, que dejó 3 muertos y más de 250 heridos, extremó el celo de más de 3 mil 500 policías, un despliegue sin precedentes de unidades aéreas, cámaras de video y agentes apostados entre una multitud que ayer pagó el elevado precio de un blindaje a prueba de toda sospecha.
“Creo que ha sido demasiado. Estamos pagando un elevado precio por el atentado del año pasado”, se quejó John Terry, médico cirujano y un veterano corredor que ayer batalló para abrirse paso y ver el arribo de su hija a la línea de meta.
Con controles de seguridad a varios kilómetros de distancia, la multitud se vio ayer obligada a madrugar para superar los puestos de control y llegar lo más cerca posible a la línea de meta. Las estaciones del metro aledañas a la recta final fueron cerradas. Un enjambre de cámaras de video fueron instaladas en todo el trayecto, a fin de registrar hasta el último de los movimientos sospechosos. Desde las alturas, los helicópteros vigilaban.
“Es cierto que las medidas de seguridad han sido muchas; hemos hecho nuestro mejor esfuerzo para conseguir un equilibrio entre seguridad y libertad de movimientos para todos nuestros visitantes”, se defendió ayer el gobernador de Massachusetts, Deval Patrick, ante las críticas por haber convertido a Boston en una fortaleza.
El temor multiplicó la labor de agentes de seguridad, con artificieros y perros entrenados que fueron desplegados a lo largo de los más de 42 km del maratón.
Cuadrillas de paramédicos, pertrechados con equipo de primeros auxilios y sillas de ruedas, merodeaban en la zona de la recta final, no muy lejos de los cuarteles generales de servicio médico que fueron habilitados en los edificios de la zona.
“Nos guste o no, el atentado del año pasado nos ha marcado. Nos ha condicionado. El temor, un año después, sigue estando presente”, opinó Maria N., una estudiante y atleta de la Universidad de Harvard, que ayer animó a varios de sus compañeros en la recta final en la calle Boylston.
Aunque la inversión en materia de seguridad no fue revelada por las autoridades, el gobierno de Massachusetts y la ciudad de Boston confiaban ayer en recuperar el gasto total. Según cálculos preliminares, la derrama económica que dejará el millón de visitas podría llegar a los 180 millones de dólares.
“Es un poco triste tener que pasar por tres o cuatro controles mientras paseas por la ciudad. Pero tenemos que entender que, tras la experiencia del año pasado, la ciudad quedó traumatizada y las autoridades no han querido arriesgar”, consideró Didier Terry, un corredor de origen francés que ya es un habitual del maratón de Boston.
En la recta final, un enjambre de personas se disputaban un palmo de visibilidad. Entre los invitados especiales estaban algunos de los héroes o supervivientes del maratón del año pasado. Como Carlos Arredondo, el personaje de sombrero vaquero que se convirtió en un símbolo durante el rescate de los heridos en la línea de meta del maratón. Otros invitados especiales a la zona de la meta fueron los ciudadanos que a título personal o de forma colectiva han conseguido recabar más de 60 millones de dólares para destinarlo al fondo de asistencia para saldar las facturas médicas de decenas de personas que resultaron heridas, de diversa consideración, durante el atentado perpetrado por los hermanos Tamerlan y Dzhokhar Tsarnaev, en punto de las 14:49 horas del 15 de abril de 2013.
Ayer, el Departamento de Seguridad Nacional y un racimo de agencias federales de inteligencia fueron los protagonistas tras bambalinas del maratón más vigilado en la historia de Estados Unidos.

























