Considerando las necesidades humanas de hombres y mujeres por igual, en nivel jerárquico una de las principales es, sin duda, la autoestima, concepto que se fundamenta básicamente por dos aspectos: el primero, que tiene que ver con el aprecio que tenemos de nosotros mismos y, el segundo, derivado por el respeto y la estimación que recibimos de otras personas. En pocas palabras, como en alguna ocasión lo esgrimió el psicólogo estadounidense Abraham Maslow, considerado uno de los padres de la psicología humanista, la autoestima es la expresión de aprecio más sana con la que puede contar un ser humano, porque es a través de ésta que se manifiesta el respecto que le merecemos a los demás, más allá que el renombre, la celebridad y/o la adulación.

Lamentablemente en sociedades occidentales como la nuestra, donde la superficialidad, el consumismo y otros factores distorsionan y afectan con mucho poder la percepción que debemos tener de nosotros mismos, es muy frecuente encontrarnos con personas cuya autoestima es poderosamente afectada por agentes externos que la pueden detonar ya sea hacia arriba o hacia abajo, dando por resultados a individuos desconfiados o muy seguros de sí mismos.

Pero, mucho ojo, todo esto no tiene absolutamente nada que ver con los complejos de inferioridad o superioridad, que son temas y circunstancias que requieren de tratamiento totalmente distinto. La autoestima se relaciona primordialmente con el desarrollo del ego y el conocimiento que tenemos nosotros mismos de nuestros talentos, destrezas y capacidades. Si reconocemos éstas en nuestro esquema de dinámicas cotidianas habrá una proclividad a que en nuestro diario acontecer nos desenvolvamos como una personas seguras de nosotras mismas; pero si ocurre en la dirección opuesta, el resultado será lamentable, porque habremos de transitar por el camino de la inseguridad, la timidez y el autorrechazo, porque al final del día no hay nada peor en este mundo y en esta vida que una persona sienta que está equivocada con su “aquí” y su “ahora”.

En la vida cotidiana lo que forja el carácter de un individuo es, además de la constante toma de decisiones, enfrentar la victoria y la derrota en todos los ámbitos y aristas que conforman su diario acontecer. Y en la medida que cuente con el suficiente criterio y madurez para aceptar que éstos (la victoria y la derrota) sólo son circunstanciales y que ambos deben servirle para desarrollar determinado tipo de fortalezas, se estará acercando al equilibrio y a la seguridad.

Cuando se logra todo lo anterior le permitirá proyectar la imagen de alguien capaz, pero sobre todo digno de respeto (no confundir con admiración). Y en la medida que alguien puede desarrollar su autoestima podrá identificar cada vez con más facilidad que la dignidad es uno de los valores más fáciles de reconocer, porque éste nos permite trascender al mundo en el que vivimos para ubicarnos en una órbita donde siempre antepondremos lo correcto a lo que queremos. Y a diferencia de la autoestima, la dignidad es un derecho fundamental y ésta es inherente al ser humano porque éste posee la libertad y la capacidad de crear cosas y de creer en cosas por iniciativa propia… pero también es capaz, por esta misma libertad, de rechazar todo aquello que se anteponga o que atente contra todo aquello que considere como bueno y aceptable para sí mismo y los demás.