Huir o luchar. Para eso prepara el miedo. Ya sea para dar un salto cuando alguien ve corretear una rata en un callejón o para buscar soluciones cuando una carta del banco avisa de que se está en números rojos y no se ha pagado la cuota de la hipoteca. El miedo siempre ha existido y, gracias a él, a pesar de que no tenga buena prensa, los seres humanos evitan las amenazas o se preparan para enfrentarse a ellas. Porque eso es el miedo, la emoción que avisa de que se está ante un peligro.

Algunas amenazas siguen vigentes desde la noche de los tiempos, como la posibilidad de sufrir un daño físico. Otros miedos son más nuevos y, desgraciadamente, muy frecuentes hoy en día, como el temor a perder el trabajo o a ser desahuciado. Las principales amenazas ya no vienen de un depredador de cuatro patas y colmillos afilados, sino de otro tipo de depredadores más abstractos, que no muerden, pero igualmente pueden causar pánico, como la precariedad laboral. Miedos actuales que se pueden resumir en uno: el miedo a la incertidumbre. Es decir, el miedo líquido del que habla el sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Pero los circuitos cerebrales del miedo son prácticamente los mismos para el pánico que puede causar un gato a punto de saltarnos a la cara (seguramente, lo más parecido al ataque de un felino que se puede vivir hoy) o el sudor frío ante un expediente de regulación de empleo.

Gracias a los avances de las técnicas de neuroimagen, los científicos han descubierto que los humanos tienen un sistema de detección de amenazas y que una de sus estructuras más importantes es la amígdala cerebral. En realidad, tenemos dos amígdalas, una en el hemisferio derecho y otra en el hemisferio izquierdo del cerebro. La amígdala, que tiene el tamaño y la forma de una almendra, es la torre de control de la respuesta al miedo. Cuando detecta una amenaza, se activa y, si lo considera oportuno, da la orden para que se evite el peligro. Además, envía la información al hipotálamo, otra estructura cerebral, que activa la liberación de hormonas como la adrenalina. Entonces, se tensan los músculos, aumenta la frecuencia cardíaca y la respiratoria, sudan las manos… Se siente el miedo en el cuerpo.

La activación de la amígdala es automática, algo fundamental cuando alguien se siente amenazado, como explica Alberto Fernández Teruel, neurocientífico y profesor del departamento de Psiquiatría de la Universitat Autónoma de Barcelona. “En clase –apunta– suelo explicar mi casi atropello para que los alumnos entiendan el funcionamiento de la amígdala. Un día, iba a cruzar una calle que hacía curva y no vi que venía un coche muy deprisa. Pero oí que aceleraba. Mi cerebro reaccionó inmediatamente y salté hacia atrás. Aun así, el coche me rozó el pantalón. ¿Pensé? No. Mi cerebro, y, en concreto la amígdala, reconoció el peligro y envió la orden para que reaccionara. Y luego empezaron la taquicardia, el temblor de manos, la respiración agitada. Mi cuerpo se había preparado por si tenía que luchar o seguir huyendo”.