Criar y educar a nuestros hijos no puede ser sólo prepararlos para ser aceptados en la mejor universidad que sus calificaciones les permitan.

En Newton, Massachusetts, ha habido tres suicidios en menos de cuatro meses entre nuestros estudiantes de secundaria. Muchos padres lo vemos como una epidemia. El sistema escolar ha respondido invitando a terapeutas profesionales que organizan reuniones para procesar la tristeza y el duelo. También nos ha comunicado los planes que tiene para en el futuro evitar este tipo de tragedias. Los clínicos nos hablan de suicidio y problemas psicológicos, y nos informan lo que ya sabemos: apoyen a sus hijos y estén pendientes de su estado emocional y comportamientos. El mensaje explicito es que los suicidios son un problema de salud mental y de modo implícito que son una cuestión de responsabilidad parental.

Las escuelas, sin embargo, no están asumiendo su responsabilidad por el estrés que los jóvenes sienten día a día como resultado de la tremenda presión hacia el logro, que es típica de la cultura de ciertas ciudades afluentes como la de la ciudad en que vivo. Esta presión excesiva se ejerce en relación al desempeño académico, la participación en actividades extracurriculares, y/o en deportes competitivos —nunca sólo para divertirse, siempre para ganar la competencia.

Por supuesto que algunos estudiantes se imponen a sí mismos esta exigencia y otros se sienten presionados por sus familias y compañeros. Pero el sistema escolar debe también responsabilizarse por la presión que ejerce en sus estudiantes. La escuela es el espacio donde estas actividades tienen su centro y donde se estimulan, mantienen y magnifican estas presiones desmesuradas al logro.

El director del sistema escolar de Newton expresó a los padres reunidos para reflexionar acerca del último suicidio: ¿quién podría imaginarse que nos encontraríamos reunidos otra vez motivados por las mismas circunstancias?

En el otoño de 2013, algunos de nosotros le comunicamos al director del sistema escolar que esto podía volver a suceder si no se adoptaban medidas sistémicas. Personalmente le escribí una larga carta. En respuesta, recibí una nota de agradecimiento donde se prometían más acciones de la escuela en apoyo a nuestros hijos.

¿Cuál es la cultura de estas escuelas secundarias públicas como la de Newton? A pesar de las expresiones de dolor de la comunidad, este lunes pasado, el día del funeral del adolescente que se suicidó hace unas semanas, muchos de sus compañeros de clase, amigos y conocidos (esta es una secundaria pequeña) no participaron en este importante ritual porque se mantuvieron muchas de las actividades académicas sin cambio, incluyendo, por ejemplo, exámenes de medio año.

A pesar de las instrucciones del director a los maestros, pidiéndoles que permitiesen a los alumnos no tomar clases para asistir al funeral, algunos maestros mantuvieron el horario como siempre. Muchos estudiantes no se sintieron libres de asistir al funeral. Fueron privados de participar en una sanación colectiva, que no puede remplazarse por una sesión con un consejero escolar o terapeuta. De esto estoy seguro como psicólogo, terapeuta familiar, e investigador de salud pública y especialista en respuesta al trauma.

Generalmente, los jóvenes tienen tantas tareas que no tienen tiempo para divertirse o relajarse. Los maestros les dicen a los papás que las tareas no deberían de demorar más de 30-60 minutos por clase, pero en realidad, el trabajo para una sola clase necesita dedicarse tres o más horas. Lo normal entonces es que los adolescentes se acuesten a dormir muy tarde a pesar que tengan que levantarse muy temprano.

La cultura de mantenerse estudiando hasta tarde es una de las primeras cosas que los estudiantes de clases más avanzadas comunican a los más jóvenes, para que se preparen. Los compañeros de clase de mayor grado académico les dicen que si no se quedan estudiando hasta tarde, no obtendrán buenas calificaciones.

Los adolescentes no tienen tiempo de socializar, de estar con sus compañeros, de disfrutar actividades familiares. El típico resultado es que toda la familia se siente inadecuada. Las escuelas crean un contexto que es peligroso para el bienestar y el desempeño académico de los adolescentes –la supuesta meta de todo el sistema. Esta es una realidad que la evidencia científica nos prueba con mucha certeza.

Por ejemplo, la falta de sueño es un factor importante en el desarrollo de síntomas de depresión y a otros disturbios físicos y psicológicos. Para la mayoría de los adolescentes, el sentimiento de incompetencia, de no ser lo suficiente, de nunca poder ponerse al corriente, se transforma en un ciclo vicioso que es difícil de romper y que aumenta la cantidad de estrés.

Las estadísticas mundiales en educación más recientes muestran que Massachusetts es considerado como un estado entre los cinco mejores del mundo en esta materia. Esos son promedios; significa que en ciudades como Newton, las calificaciones son mucho más altas. Pero a pesar de ser extremadamente competitiva internacionalmente, los adolescentes en estas mismas ciudades se sienten inadecuados y no tan brillantes en comparación con los compañeros que presentan alto desempeño.

A medida que el año pasa, los fines de semana se convierten en maratones de estudio; los papás contratan tutores y tienen que convivir con adolescentes irritables que –y en particular los varones– no pueden expresar lo que les atormenta. Muchos padres probablemente también se sienten inadecuados: si el compañero de mi hija va a una universidad de alto prestigio, o está obteniendo una beca completa, debe ser que yo estoy haciendo algo mal, porque no he ayudado a mi hija a que se desempeñe en el 10% más alto.

En la misma reunión con los padres, una de los expertas invitadas, una psiquiatra, comentó condescendientemente que los suicidios no son parte de una epidemia infecciosa. Por supuesto, el suicidio no es una enfermedad infecciosa en el sentido médico tradicional, pero la cuestión de por qué se repiten los suicidios se explica elocuentemente en una columna reciente que concluye que los suicidios suceden en la forma de racimos, donde el suicidio de una persona influencia a la otra.

Estamos muy tristes. La muerte de un hijo es la situación más devastadora que los padres pueden afrontar. Mi esposa y yo sentimos una tristeza tremenda por los padres de estos tres adolescentes, de la misma edad que nuestro hijo. Pero también estoy muy enojado ante la falta de respuesta colectiva más allá del dolor y la tristeza. El mensaje oficial parece reforzar el aceptar esta situación como un problema individual o de familia, en vez de verlo como parte de una forma de locura colectiva que enfatiza el desempeño escolar por sobre cualquier otro valor.

¿Qué puede hacer el sistema escolar además de ofrecer intervenciones en crisis y tratamiento post-trauma?

Nuestras familias debieran ser invitadas a conversar y compartir nuestras preocupaciones y el impacto que las escuelas tienen en nuestros hijos. Debieran continuamente realizar encuestas anónimas, grupos de discusión y foros virtuales. En casi 20 años que he sido padre de hijos en el sistema escolar, nunca he visto que regularmente a los padres se les pida su opinión. No bastan un par de reuniones informativas o breves reuniones con los maestros para mantener una comunicación fluida con los profesores secundarios. ¿Conocen los profesores qué contribuciones podrían hacer los padres de sus alumnos en la clase o como apoyo a todos los niños?

Conectar a la escuela y a las familias más allá de reuniones informativas no es una práctica común. La escuela no utiliza el gran recurso que existe entre los padres; en las comunidades de alto desempeño hay una alta variedad de competencias, habilidades, y experiencias que podrían ser utilizadas para facilitar la educación y la experiencia escolar. Los padres son probablemente los recursos menos utilizados en el sistema escolar. Estamos dedicados a la salud de nuestros hijos, pero muchas veces nos sentimos fuera del proceso de toma de decisiones y tratados con condescendencia. Estamos aquí para ayudar. Quizá, es tiempo para que nuestra ciudad una sus fuerzas con nosotros.

Criar y educar a nuestros hijos no puede ser sólo prepararlos para ser aceptados en la mejor universidad que sus calificaciones les permitan. La postura autocomplaciente del sistema escolar de nuestra ciudad no puede obstaculizar el exigir más responsabilidad; debemos crear una cultura más sana en la escuela que sea tan ejemplar como los resultados de logro académico. Si queremos tener una gran educación en nuestra ciudad, debemos repensar qué significa educar personas sanas y prósperas. Ninguna cultura de alto-desempeño debiera tener como último costo las vidas de nuestros queridos hijos.

* Gonzalo Bacigalupe es Presidente de la Academia Americana de Terapia Familiar, Profesor en el Departamento de Consultoría Psicológica en la Escuela de Educación y Desarrollo Humano de la Universidad de Massachusetts en Boston. Es también un padre de familia en Newton y escribe sobre la necesidad de afrontar los efectos tóxicos de alto estrés en la cultura escolar y su posible papel en recientes suicidios de adolescentes.