El poder siempre ha sentado sus pilares en el miedo para que nadie osara inmiscuirse en sus secretos. El catálogo de amenazas es tan amplio que abarca todos los estados de anulación de la persona como tal, llegando hasta la aniquilación de la dignidad y, si me lo ponen difícil, hasta la muerte, por decisión propia o por terceros.

Según la teoría de Mao Zedong, los tigres de papel son aquellos que aparentan ser una amenaza pero que en realidad no son tan poderosos. Siempre hay alguien por encima de ellos que decide sobre su futuro. Un dios poderoso que juega al quita y pon y que a su vez depende de otros dioses, que habitan en un Olimpo podrido de dinero. Dinero, sí, el que en realidad mueve todos los resortes de la felicidad e infelicidad, de la vida y la muerte. De la miseria. Los tigres de papel son los que ostentan el poder, los que le tienen miedo a todos los que pueden desvelar sus miserias.

En realidad todos somos tigres de papel. Utilizamos las cuerdas vocales para amenazar, sacamos las garras para asustar y, cuando creemos que ya lo hemos conseguido, llega otro tigre y nos sopla. Y, como somos de papel, nos vamos a donde nos lleve el viento, según la fuerza del que avienta. Según mi amigo Maksan, el hombre es efímero e hijo del instante. Somos todo lo efímero que nos permita la salud e hijos de cada relámpago que se cruza en nuestras vidas. Nos creemos inmortales y arramblamos con todo lo que podemos, pensando que lo vamos a disfrutar eternamente. Cuanto más tenemos más poderosos nos creemos.

Y el poder necesita blindarse para que ningún atrevido entre en su santuario y cuente al resto de los mortales qué ha visto allí dentro. Y si esto ocurre se pone en marcha todo un mecanismo para anular al intruso. El silencio se comprará según lo que alcance en el mercado el osado periodista, profesional de la justicia o simple ciudadano convencido de su propia honradez.

Se mata al mensajero y todo sigue igual. Los tentáculos del poder son tan extensos que consiguen derribar muros de libertad de opinión y apartar de sus atalayas de expresión a los que no les conviene. Los periodistas somos los más vulnerables. Cuando nuestra opinión resulta molesta se corta por lo sano. Aunque espero y confío en que siempre habrá quien recoja la antorcha y siga desenmascarando el miedo del poder.