Desde hace años, pero sobre todo desde hace unos meses, Michoacán es tema recurrente en las noticias, nacionales e internacionales; pero no por sus bellezas naturales, ni por su gastronomía, ni por sus ciudades coloniales y “pueblos mágicos”; se le menciona por sus aspectos negativos, pero sobre todo por la violencia generada por el crimen organizado que por años actuó en el estado con total impunidad, ante la indolente ¿o complaciente? mirada de las autoridades municipales, estatales y federales.
Pero todo tiene un límite, sabemos que un conflicto que se soslaya estalla; llegó el momento en que la ciudadanía, harta de tolerar las actividades de los criminales, que habían llegado a limites escandalosos, decidió, vista la inoperancia o complicidad de las autoridades, tomar justicia por sus propias manos. ¿Bueno? ¿Malo? ¿Justificable? ; todo depende del cristal que se use para observarlo y obviamente, de la situación particular de cada persona o familia afectada. Para el burócrata cómodamente instalado en su oficina, que mira todo desde la altura de su sillón y se informa por los canales oficiales, el que un grupo de civiles, hartos de ser amenazados y explotados, decida hacerse justicia por su propia mano, es algo inconcebible. En su estrecho criterio eso sencillamente no puede ser, debe pensar que actúan mal, fuera de la ley, que para eso están las instituciones, la policía, los jueces, etc. y en su infinita ignorancia, o candor, será incapaz de entender lo que siente un jefe de familia que continuamente vive con la tensión de ser extorsionado y amenazado, y además sin tener garantía alguna de que la integridad de sus propiedades o su propia familia sea respetada.
Y eso es lo que ha pasado en Michoacán. El problema del narcotrafico se dejo nacer y crecer, desde los 60s, ante la indolente mirada de las autoridades; total, deben haber pensado, es un asunto pequeño, regional, aquí no pasa nada y el dinero que llega sirve a la comunidad. Eso en el mejor de los casos, en otros, lamentablemente, existía pleno conocimiento de las actividades y sencillamente no se hacia nada por franca corrupción.
Finalmente se llegó a un limite insoportable; y por buenas o malas razones, totalmente comprensibles, aparecen los grupos de autodefensa como un mecanismo de sobrevida. Ya no había de otra, atrapados entre la violencia de los criminales y la inoperancia o franca colusión de algunas autoridades, decidieron poner remedio ellos mismos; recordemos, no son profesionales, son gente común y corriente, conocida en su comunidad, individuos que han sido afectados por el crimen organizado y saben perfectamente quienes son los delincuentes, pues son vecinos suyos.
Obviamente un movimiento de este calibre lastima y lastimó a gente muy importante que, recurriendo a medios afines, pusieron el grito en el cielo y a toda costa trataron, y aun tratan, de desprestigiar a estos grupos. Pero los resultados hablan por si mismos y cualquiera que se tome la molestia de investigar podrá darse cuenta de cual es la situación actual de los municipios con autodefensas.
Entendamos, el movimiento de rechazo a la delincuencia organizada no apareció de la noche a la mañana, ni se dio por inspiración divina, fue gestándose como respuesta a la ya insostenible situación en que se vivía en esas comunidades, aparece por que el Gobierno fracasó, abdicó, o de plano nunca intento, cumplir con una de sus funciones elementales, que es brindar seguridad a sus habitantes. Eso es imposible de ocultar.
Algunos han querido comparar el fenómeno de las autodefensas en Michoacán a lo sucedido en Colombia durante el periodo de mayor auge del narcotrafico. Pero aquí, la historia de guerrilleros y autodefensas ha sido diferente, por el origen, la ideología y la dimensión del fenómeno. Cuestión de leer e investigar y no hablar por que si.
Aparte de rumores y publicaciones notoriamente tendenciosas, no existen pruebas sólidas de que las policías comunitarias michoacanas tengan un origen netamente guerrillero o bien estén financiadas por el narcotráfico. Los datos apuntan a que agrupaciones de microempresarios, agraviados y lesionados por la delincuencia, son los que apoyan para tapar los vacíos de poder que las autoridades permitieron en casi todo el estado.
Se ha nombrado ya, por las autoridades centrales, un verdadero procónsul plenipotenciario para manejar el problema de Michoacán, dada la incompetencia del gobierno local. Fausto Vallejo es ya una figura decorativa, su gabinete igual. Esperemos que ahora si el problema se solucione y se llegue a los niveles que se debe llegar.

























