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No todos los reyes son tan obsequiosos como los “Magos” de Oriente que la tradición ubica al lado del mágico pesebre de Belén con el Niño y la estrella que iluminaron al mundo y siguen inundando las conciencias con el imperativo de paz; hasta los fundamentalistas reposan en estas fechas invadidos por un cierto, aunque perentorio, espíritu de fraternidad. Quizá por ello jamás he podido comprender las razones de la tremenda beligerancia en la región donde nació Jesús, precisamente frente al templo en donde se conmemora el advenimiento de David en el marco de la cultura israelita. Uno al lado del otro y, sin embargo, como si estuvieran fatalmente equidistantes, separadas por los fanatismos y los rencores imposibles de solventar porque, cada día, surgen nuevos motivos para el odio y no para el amor. ¿Por qué lo permite Dios? Sus designios, bien se dice, son inescrutables.

Hoy es día, en España y Latinoamérica, de cabalgatas y regocijos entrañables al pie del árbol que genera, como frutos, kilos de envolturas multicolores que albergan los regalos de la ilusión; ¡quién no siente su corazón apretado ante la sonrisa de un niño que parece la continuidad perfecta del obsequio recibido! Sin ellos no habría esperanzas ni razones, acaso, para vivir, porque estaría agotada la posibilidad de extender nuestras propias historias hacia la eternidad de la descendencia. Pero días como hoy vindican a la humanidad y reducen los espacios a las fobias –la peor de ellas la xenofobia-, y el rechazo hacia los congéneres pertenecientes a otros pueblos con los que el nuestro ha guerreado con argumentos tan fútiles como las deudas o las ofensas a los lábaros patrios. ¡Hasta por pasteles!


Anoche, durante largas horas, en muchas ciudades d Iberoamérica, los niños se asomaron a los balcones o llenaron las tribunas colocadas sobre las principales rúas para ver pasar los cortejos de Baltasar, Melchor y Gaspar –les menciono en otro orden para romper con el anacronismo de que el “negrito” va al último-, y con ello quedaron deslumbrados ante la fastuosidad imaginativa de quienes, desde el oriente, aun sin precisar su verdadero origen, rindieron culto a la humilde cuna del Salvador, hayan estado o no presentes –la duda la sembró el Papa Ratzinger-, la mula y el burro. En cierta manera, la representación exalta la democrática idea de que aún los monarcas más poderosos son nada ante la divinidad… y la fuerza de los pueblos que, por más pobres que sean, mantienen en alto su fe y su capacidad para repeler cuanto de suntuoso, frívolo e inútil tengan en sus manos quienes poseen palacios y bienes mucho más cuantiosos que el oro, la mirra y el incienso.

Por encima de los episodios gloriosos, como el del advenimiento del Redentor, hoy en día los pueblos se debaten por las tremendas desigualdades sociales, dos milenios después de la postración de los “Magos”. Nadie entiende, en sus cinco sentidos, porqué deben mantenerse las monarquías, con heredades fabulosas, cuando las crisis no amainan y convergen a la parálisis económica. ¿Es necesario que la representatividad del Estado, y ya no el ejercicio del gobierno, sea a costa de mantener a un grupo de zánganos cuyas funciones son nimias y pueden ser substituidas por quienes desempeñan la presidencia o los primeros ministerios con las responsabilidades de dirección a cuestas?

Hace unos días, el rey de España, Juan Carlos de Borbón, último reducto dl franquismo –fue el deplorable “caudillo” quien le ungió en vida de éste para asegurar la continuidad evitando, según supuso, una nueva guerra civil-, quien reverente se postró ante el cadáver del dictador cuyos excesos –sobre todo las matanzas de “rojos” adversarios en cada población hispana-, son motivo de vergüenza, aunque haya quienes prefieran aplicar la amnesia con el pretexto de no recrudecer ni resucitar los “viejos rencores”, para una nación que no parece ver la luz al final del túnel del caos financiero, consecuencia, entre diversas causas, del espejismo del consumismo que el pueblo sintió como un oasis tras muchas décadas de ominosa postración y esclavitud simulada, para caer, de nuevo, en el oprobio de la pobreza sin satisfactores suficientes para una supervivencia digna.

Tal es el drama de los españoles pero también de los británicos, los belgas, los daneses y, en general, los pueblos nórdicos, sometidos todavía al glamour de las familias que se suponen son herencias de la voluntad divina y tienen derecho, sólo por razones de nascencia, a ser tratados como seres superiores y, como tales, intocables… hasta que baten los tambores de las insurgencias y el terror vindicador se apodera de las estancias suntuosas… como sucedió en Versalles bajo el reinado de Luis XVI y la austriaca y despilfarradora María Antonieta.

Lo mismo ahora, no pocos españoles se preguntan por qué debe permanecer la monarquía. ¿Acaso para mantener un costoso símbolo que es más superfluo que real? En el recién extinto 2012 fue evidente que la familia de los Borbones cometieron suficientes excesos para ser deplorables, desde el yerno incómodo, el ex deportista Iñaki Urdangarín, hasta la testa coronada atrapado en una cacería de elefantes con su amante, mientras el pueblo, en general, se debate entre el desempleo y la angustia. Uno de cada cuatro españoles en edad productiva están sin trabajo… además, claro, de los muy bien pagados miembros de la realeza inútil. Nunca había sido tan claro este aserto aun cuando hasta los socialistas hayan tratado de simularlo quién sabe por cuáles causa soterradas.

Alguna vez, el ex presidente “socialista” del gobierno español, Felipe González Márquez, amigo y consejero del mayor multimillonario del planeta, Carlos Slim Helú, respondió titubeante a una interrogante del político mexicano Manlio Fabio Beltrones, actualmente convertido en una suerte de contrapeso hacia dentro del presidente Peña Nieto:

–¿Cómo se puede explicar –cuestionó Beltrones- la fusión de una monarquía con la democracia?

González, el aludido, pareció cimbrarse con el cuestionamiento al que no está acostumbrado en sus territorios ibéricos y, al fin, se animó a responder con una evasiva monumental:

–Pues, la verdad, no lo sé… pero funciona.

¿Por decreto o por comodidad de una clase política que deja a los monarcas hacer su vida con tal de mantener aglutinados a los españoles? Es fama que el propio González, al asumir la presidencia del gobierno en 1982 –manteniéndose por catorce años en la misma, un poco más del tercio del periodo franquista-, le dijo a Juan Carlos:

–Usted, Majestad, diviértase… mientras nosotros hacemos nuestros deberes.

Y tomó el Borbón la invitación a rajatabla dejándose ver en su yate, llamado “El Bribón” como analogía excepcional, como reflejo de la prosperidad de una España incapaz, hasta hoy, de zanjar las tremendas heridas, todavía dolorosas porque se mantienen abiertas, de una guerra sin más sentido que los extremismos facciosos, odiosos, inútiles. ¿Liberales y conservadores?¿Será posible que la humanidad no encuentre alguna salida digna para resolver el enigma de los bandos irreconciliables? Y ya estamos muy avanzados en este tercer milenio.

Mirador

¿Qué estamos haciendo con nuestros jóvenes y niños?¿Acaso creemos que vamos bien cuando los actos vandálicos se convierten en travesuras mientras proliferan los juegos cibernéticos cuyo protagonista es la mayor violencia imaginable? Además, nadie aparece como responsable de los actos contra la paz social y el derecho general a la tranquilidad y el orden. Simplemente, basta con alegar causas de juventud –o de decrepitud en el otro extremo, por lo que echeverría, con minúscula, no fue encarcelado-, para deplorar la intervención policíaca –por desgracia muy poco eficiente y tremendamente antipopular-, y al estado de derecho.

¿Cómo explicar la argumentación de un abogado defensor, Juan de Dios Hernández, sobre que las agresiones contra camarógrafos y reporteros se deben al “mucho coraje” de los muchachos agitados por una turba de políticos irresponsables e incapaces de medir el alcance de sus bravatas verbales? Esto es, si el “coraje” es causal de inocencia, podemos justificar entonces, en la misma medida, la xenofobia que marca el comportamiento de los “minuteman” de Arizona contra los emigrantes, sobre todo mexicanos. ¿Sabían ustedes que, al año, cinco mil niños –entre meses d nacidos y diecisiete años-, son introducidos ilegalmente a los Estados Unidos para fortalecer el mercado de tratantes entre una población que se cree superior por pertenecer a la nación más poderosa del orbe?

Tampoco se ha investigado, a satisfacción, las múltiples acusaciones sobre el vergonzoso tráfico de órganos, específicamente infantiles, que sirven para salvar vidas de adultos millonarios estadounidenses a costa de la existencia de los menores tercermundistas? Cuando investigamos el hecho, en la década de los noventa -¡ya pasaron veintidós años!-, el entonces embajador estadounidense, John Dimitri Negroponte –o “negro puente” como le bautizamos-, insistió en que “ninguna clínica” del sur de su país era capaz de practicar semejantes cirugías… aunque nunca mencionó la posibilidad de centros clandestinos financiadas por los mismos “padrinos” desconocidos e intocables que velan por la “seguridad” de los cargamentos de drogas por territorio norteamericano una vez que cruzan la frontera con México. Sencillamente, desaparecen como por encanto y bajo una impunidad atroz.

¿Estamos en la vía correcta? Sólo nos falta que los adolescentes mal encaminados –espero que sean los menos- terminen por apoyar a las momias del SNTE en su cruzada por no ser evaluadas de acuerdo a la reforma educativa recién alumbrada.

Por las Alcobas

Antes de la esperada partida de calderón –minúscula-, uno de los defensores de éste, en una mesa de contertulios de distintas ideologías y siempre respetuosos bajo la moderación de Silvestre Fernández Barajas, presumió sobre las reservas que legaba la administración del personaje:

–Son las más altas de la historia: más de 150 mil millones de dólares –cerraron el ciclo con 162 mil millones de dólares-.

Reviré, entonces:

-Pero no se dice que, cuando menos, la deuda pública es tres veces mayor a las reservas.

Y el amigo insistió:

–Pero eso son dolaritos… no puede compararse con los dólares que dejaron de herencia maldita los gobiernos priístas.

En conclusión: las reservas son dólares y las deudas dolaritos. Así entienden la economía los sabios de la derecha mexicana.